Enrique Planas

Las memorias suelen ser un género literario tramposo. Obliga a dar coherencia y conciencia a una vida que suele ser dispersa e inconsciente. ¿Cómo no traicionar la experiencia? ¿Cómo relatarla sin exagerar? Para una intérprete como Susana Baca, la respuesta es clara: se necesita honestidad para decir las cosas. Y la edad en que se puede decir todo, algo que aprendió de su querida Chabuca Granda.

¿Cuándo es el momento en que una persona decide escribirlas? Para la artista, la vida se cuenta cuando habiendo hecho mucho, se corre el riesgo de olvidarlo. “Las escribes para recuperarlas”, nos confía nuestra mayor intérprete. Por supuesto, “Yo vengo a ofrecer mi corazón”, libro que la cantante presentó el sábado 6 de agosto en la Feria Internacional del Libro de Lima, no solo reúne recuerdos gratos. Muchos de ellos, confiesa, implican sufrimiento. La separación de sus padres, por ejemplo.

Ella no olvida ese instante, en su casa en Chorrillos: Ernesto, su padre, sale por el corredor y le acaricia la cabeza antes de irse. Al fondo, los observa Carmen, su madre, que lloraba. La pequeña Susana solo contaba con su hermano como refugio. Poco después ella enfermó, pequeñas heridas aparecieron por todo su cuerpo. El médico que la trataba le diría a doña Carmen: “Cuando [la niña] tenga 13 años, la alergia en la piel se va a convertir en un problema de bronquios”. Y así sucedió.

Muchos años después, ella entendió que sus dolencias eran producto del sufrimiento por la ausencia de su padre. Le enfermaba no verlo en casa, tocando su guitarra. Curiosamente, el asma que hasta hoy la acompaña desaparece cuando canta. “Esa sensación de ahogo es algo que está en el inconsciente. Un amigo psicoanalista me decía que el canto me libera del asma porque me abstrae de mis problemas”, comenta.

Es algo que nunca resolví”, confiesa la artista a propósito de la ausencia paterna. Es una herida que no cierra, aunque la cantante respalda la decisión de su madre: “Ella no pudo perdonar su afrenta”, dice. “Mi padre la había engañado con una pariente muy cercana. Eso lo supe después. Cada vez que le preguntaba a mamá por él, ella no me contaba. Solo lloraba. Y no quise preguntarle más”, recuerda.

Él nunca fue a escucharla cantar. Su madre, por el contrario, lo hizo siempre. Por eso, buena parte del libro resulta un homenaje para ella, destacando su carácter, fuerza y buena sazón. Para doña Carmen, la comida formaba parte de su educación sentimental. Es ella quien enseña a su hija a bailar, que la lleva a ver las películas que entonces escandalizaban a una Lima conservadora. Pero también Susana Baca sabe tomar distancia y analizar los defectos del círculo familiar. Por ejemplo, la baja autoestima de sus tías, vestidas siempre de negro, repitiéndole que una niña como ella no debía vestir de blanco o de rojo para no llamar la atención.Cuando ingresé a la universidad, descubrí la libertad. Me iba de viaje, me sentía dueña de mi vida. Cuando empecé mis clases, lo primero que hice fue comprarme un abrigo rojo, ponérmelo y salir por la calle feliz”.

/ Juan Ponce

Palabra de maestra

Si bien su vocación artística se reveló muy temprano, Susana Baca entró a la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle con la decisión de convertirse en maestra. Son los años sesenta, tiempos de efervescencia política y bohemia, y sus primeras participaciones musicales coinciden con su vinculación con poetas y narradores. Allí conoce a José María Arguedas, a Oswaldo Reynoso, a Juan Gonzalo Rose, a Alejandro Romualdo, a los poetas del Movimiento Hora Zero, a cuyos recitales llevó a Chabuca Granda.

Sus estudios le permiten recorrer el país y descubrir las enormes carencias del mundo rural. Fue profesora en una escuelita unidocente en el pueblo de Ochonga, en Junín, pero su asma la obligó a abandonar a sus alumnos. Enseñó luego en un colegio en El Agustino, donde se sirvió del arte y la música para enfrentar la violencia que campeaba. Ya mayores, algunos de ellos han ido a verla a sus conciertos, agradeciendo sus lecciones. Si bien la música le haría abandonar las aulas, para Susana Baca la música es una forma de docencia, sobre todo cuando se dice lo que se siente.

En sus memorias, da cuenta de aquellos conciertos animados por el espíritu de la revolución cubana, un movimiento disuelto tras el fin de la Guerra Fría. En su caso, su desencanto del sistema cubano fue progresivo. “Viví experiencias muy tristes. Encontraba en algunos pueblos de la isla artistas fabulosos, pero nadie los valoraba porque no tenían carnet del partido”, señala.

Soy una mujer que nació con suerte”, repite Susana Baca en sus memorias. Justamente este primer tomo se cierra con su encuentro con el líder de los Talking Heads, David Byrne, músico escocés que significó un hito en su carrera al publicar sus discos y patrocinarla con entusiasmo. “Yo he llegado a ser una artista escuchada en el mundo por él”, señala.

¿Qué deja Susana Baca en el segundo tomo de sus memorias? Además de la consolidación de su éxito internacional, lo que ella considera el mayor de sus retos, pero también decepciones: su paso por el Ministerio de Cultura. “Hay cosas muy duras, pero que tienen que decirse. Por lo menos para que no se repitan, para que la gente esté enterada”, anuncia. “Fue muy frustrante, pero a la vez me siento orgullosa de haber tenido esa oportunidad. Tengo que exorcizar la memoria”, añade.

La ficha
“Yo vengo a ofrecer mi corazón”

Autor: Susana Baca

Páginas: 346

Editorial: Plaza y Janés