Fútbol peruanoAltas, graciosas y desenvueltas. Rubias o pelirrojas, todas ellas resultan esencialmente norteamericanas, tanto que ilustraron paredes de cuarteles y fuselajes de aviones durante la II Guerra Mundial. Puede que alguna no esté firmada, pero no importa: se trata de las resplandecientes Vargas Girls. Y el padre de aquellas criaturas fue el arequipeño Alberto Vargas (1896-1982), quien, desde su estudio en Nueva York, acarició con su pincel una numerosa feminoteca, desde ‘flappers’ en los años 20, pasando por divas como Ava Gardner o Marilyn Monroe y finalmente las ‘playmates’ reclutadas por Hugh Hefner.
Fugaces y eternas, de perenne sonrisa, las Chicas Vargas marcaron el ensueño de millones de hombres. Uno de ellos es el dibujante arequipeño Omar Zevallos, quien ha dedicado años a investigar tanto la biografía de su paisano como el paradero de sus escasísimas obras en nuestro país. El marco de sus pesquisas tiene como fecha los meses de agosto y setiembre de 1958, cuando el artista volvió al Perú con el propósito de exponer su obra en Lima y Arequipa. Un reencuentro del que se había perdido el registro y que Zevallos recupera en una investigación a la espera de editor.




Para entonces, don Alberto ya era la dibujante estrella de “Playboy”, e inauguraba su muestra en el edificio del diario “La Crónica”. “Es necesario rescatar la historia de esta exposición para recordar el impacto que tuvo la presencia de Vargas en nuestro país”, advierte el investigador.
Un impacto reflejado en cifras: según diarios de la época, más de cien mil limeños colmaron la exposición a lo largo de un mes, en el restrictivo horario de siete a nueve de la noche. Largas colas se formaban a las puertas del popular tabloide, e incluso se comenta que el exceso de visitantes amenazó la integridad del recinto. Se trataba de un suceso no libre de escándalo en una ciudad aún pacata, solo siete años después de que el cardenal Gualberto Guevara amenazara con excomulgar a los feligreses que cayeran en la tentación de bailar los mambos de Pérez Prado.
La muestra de Vargas reunía 160 figuras trabajadas en acuarela y aerógrafo, posando en atrevidos bikinis o apretados enterizos. Las trajo consigo en un viaje desde Miami en yate, financiado por su amigo, el escritor, mecenas, explorador y político peruano Emilio Delboy. Llegó al puerto de Paita el 25 de agosto y dos días después tomó el vuelo a Lima. En el aeropuerto de Limatambo fue recibido como la celebridad que era.
El presidente Prado y el alcalde Héctor García Ribeyro le impusieron medallas. Sin embargo, como más tarde Vargas le confesaría a su amigo y biógrafo Red Austin, se trató de un momento incómodo. Él esperaba de ambas autoridades el gesto de comprarle alguna obra, pero ninguna se manifestó. Por ello, se sintió obligado a regalarles una a cada uno. El mandatario volvería a contactarlo, esta vez chequera en la mano, pagando por la elegida 200 dólares, lo que corresponde a dos mil dólares actuales calculando la devaluación.
Vargas compaginaba almuerzos en el Country Club con su presencia en “La Crónica”, donde se prodigó firmando autógrafos. Se reencontró con su padre, el fotógrafo Max T. Vargas, entonces casi olvidado y bastante enfermo.
Alojado en la mansión de Delboy, en la séptima cuadra de la avenida Arequipa, Vargas recibió en sus salones a la prensa limeña. Acompañado por su esposa, Anna Mae Clift, respondió con humor a lo largo de hora y media las preguntas más diversas: sobre su oficio como jurado en el certamen de Miss Universo (Gladys Zender se había impuesto un año antes); si era millonario, qué pensaba del bikini. El dibujante se manifestó en contra de la prenda de moda, diciendo que “partía en dos” el cuerpo de la mujer. Que la ropa de baño entera le resultaba más elegante. Habló de probables proyectos en Hollywood y prometía volver al año siguiente, acompañado por sus célebres modelos.
Sin embargo, nunca más regresó.

Solo 16 chicas
En Arequipa siguieron los reconocimientos y convites. Visitó la casa familiar, en cuya planta baja funcionó el taller fotográfico de su padre, en la esquina de la calle Mercaderes y la Plaza de Armas. Expuso cuarenta de sus chicas en el paraninfo de la Universidad Nacional de San Agustín, cuyas autoridades le invitaron un chupe de camarones en la picantería Sol de Mayo. Pedro P. Díaz, reconocido empresario talabartero, le preparó un almuerzo en el Club Arequipa. Y al lado del alcalde, en su discurso tras recibir la medalla de oro de la ciudad, no pudo contener las lágrimas: “Yo nací arequipeño, viví como arequipeño y moriré como arequipeño”, exclamó. Allí donó dos obras al museo de la ciudad. Hoy nadie sabe dónde están.
Pero más allá de los aplausos, medallas y pergaminos, muy pocos sabían que don Alberto atravesaba por una profunda crisis. El juicio que perdió con la revista “Esquire”, a la que demandó para recuperar sus derechos de autor, consumió su dinero, mientras que los encargos para “Playboy” eran esporádicos.
Como explica Zevallos, con su proyecto de volver al Perú, Vargas intentaba mejorar su economía, vendiendo sus obras expuestas. Sin embargo, el interés de los coleccionistas no se alineó con la curiosidad popular. Solo llegó a colocar 16 Chicas Vargas en el mercado local, y pedir cien dólares por pieza (mil dólares actuales). Volvió a Paita con el resto de las chicas en su carpeta, con las que abordó el yate de regreso a Miami.

Inéditos por verse
Para su investigación, Zevallos se apoya en los documentos del propio artista, incluidos diarios y fotografías, resguardados por el Archivo de Arte Americano del Instituto Smithsoniano, en Washington. Un material donado por la sobrina del artista, Astrid Rossana Conte, responsable del patrimonio de Vargas tras su muerte en 1982.
Pero esta historia no termina en el propósito frustrado de un artista que esperaba por un mercado en su país natal. Por una extraña casualidad, la investigación de Zevallos llegó a oídos de Louis K. Meisel, dueño de una importante galería en el Soho de Manhattan, uno de los mayores coleccionistas de ‘pin-ups’ del mundo y amante de la obra de Vargas. Este galerista recientemente le confió al dibujante un conjunto de 130 diapositivas de su colección privada para ilustrar con ellas una futura publicación. Asimismo, le dio permiso para digitalizarlas con un propósito expositivo. Entre las imágenes, algunas de las que reproducimos en exclusiva, destacan bocetos inéditos, retratos y desnudos femeninos y masculinos, realizados en las diferentes etapas creativas del artista arequipeño.
“Tengo un compromiso con este material. No solo para hacer un libro, sino también una exposición. Es mi encargo y mi sueño para recuperar la obra de Vargas para los peruanos, y dejar de ser tan ingratos con él”, añade el colega.
NoticiasInformación basada en hechos y verificada de primera mano por el reportero, o reportada y verificada por fuentes expertas.











