"La muerte y la doncella", una obra que plantea un dilema moral
"La muerte y la doncella", una obra que plantea un dilema moral

Debo confesar que nunca me sentí atraído por “La muerte y la doncella”, de Ariel Dorfman. Más allá del tremendo dilema moral que plantea, encuentro su estructura dramática un tanto caprichosa, sobre todo al presentar un cuadro de violencia que nos conduce hacia un callejón sin salida en términos teatrales. La obra tiene grandes momentos, sobre todo cuando se desencadena el drama, pero no cierra bien su propuesta y eso la debilita.


Mi primer contacto con la obra fue el montaje de Broadway. Y luego, claro, la película de Polanski. Lo curioso en ambos casos es que pese a la universalidad del drama, el montaje teatral solo nos ofrecía a tres grandes personalidades escénicas en su mejor momento de lucimiento, sin plantear un discurso real. En cuanto a la película, se estructuraba más como un ‘thriller’ y la confrontación quedaba relegada a un segundo o tercer plano. Además, debo decir que pese a mi gran admiración por Glenn Close y Sigourney Weaver, la primera sobre el escenario y la segunda en la pantalla, nunca me parecieron las elecciones ideales para esta historia.


Hoy “La muerte y la doncella” vuelve a nuestros escenarios. Y al revisarla encuentro que el discurso de Dorfman es tan actual como en el momento en que fue escrito. Es duro y valiente. Irreprochable, si pensamos en términos políticamente correctos. Porque no solamente cubre un aspecto del horror de la guerra sucia, sino que va más allá y se enfoca en la venganza. Pone sobre el tapete la eterna discusión en la que se cierran las posiciones extremas de nuestras ideologías. El texto es claro en condenar la violencia en todas sus manifestaciones y también señala de manera inequívoca que los seres humanos no somos tan racionales. Si Paulina consuma su revancha se pone al nivel de quienes la torturaron. ¿Es el hombre verdugo de sí mismo? ¿Seguimos creyendo en la máxima ley de la antigüedad: Ojo por ojo...? La obra discute estas ideas y muchas más.


Mikhail Page acierta con una puesta en escena sobria, limpia, sin artificios. Y gracias a ello conduce a sus actores a una interpretación conjunta muy lograda. Cada uno de ellos se desprende de su propia personalidad para ofrecernos seres de carne y hueso, que hablan, respiran y, sobre todo, escuchan. Justamente por la naturalidad que ofrecen es que consiguen que el espectador se introduzca en la historia. En esa pesadilla que están viviendo. Aquí no hay muecas ni respuestas disparatadas que avivan a una audiencia. Todo lo contrario, hay una cotidianidad pasmosa.


Cécica Bernasconi y Gerardo García Frkovich interpretan a los esposos Escobar. Ellos marcan el punto de partida subrayando la intimidad de la pareja a través de una aparente discusión doméstica. Es solo la llave que abre la puerta del infierno emocional que estamos a punto de vivir. García Frkovich ofrece la nota ecuánime y gracias a ello es el receptor de los embates del drama. A Cécica Bernasconi no la conocíamos en este registro y no defrauda ni por un momento pese a que Paulina es un papel especialmente peligroso. Para interpretarlo la actriz a cargo tiene que ser consciente que de ella depende la verdad del montaje. Bernasconi nunca pasa la nota, es efectiva y controlada.


Finalmente, Hernán Romero ofrece una lectura muy interesante de su personaje. Apuesta por una debilidad aparente y consigue con ello crear las dudas que la obra requiere. Es lineal y hasta se le podría reprochar la poca exteriorización de las emociones extremas. Pero el riesgo de un Doctor Miranda muy histriónico es convertirlo en un villano de folletín.


El buen pulso de Page no se quiebra a lo largo del montaje. Tal vez debió enfatizar aspectos del suspenso que se quedan en el aire. Tampoco la iluminación ayuda mucho. Es cumplidora pero no siempre efectiva, así como la estructura de la escenografía que no me queda clara del todo. También se requiere mayor precisión en el control musical. Detalles de la producción que siempre deben estar afinados. De ellos depende que el talento humano se aprecie en toda su magnitud.


 

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