La arqueóloga alemana, María Reiche, dedicó sesenta años de su vida en la conservación de las impresionantes líneas de Nazca. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
La arqueóloga alemana, María Reiche, dedicó sesenta años de su vida en la conservación de las impresionantes líneas de Nazca. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
/ EL COMERCIO
Por Czar Gutiérrez

Probablemente no exista imagen más conmovedora que la de una mujer barriendo 50 kilómetros de desierto durante sesenta años. Enigma sobre enigma, la figura de María Reiche limpiando con una escoba los geoglifos más grandes del planeta se recorta nítida entre ese ejército de ciudadanos notables que, habiendo nacido en la vieja Germania, terminaron subyugados por la indómita tierra del Sol. De los jesuitas Samuel Fritz y Heinrich Richter —que en 1685 se internaron en nuestra selva— a los también misioneros Wolfgang Bayer, quien llegó a Puno en 1752, y Franz Xavier Eder, al Alto Perú en 1760. Lingüistas, etnólogos y exploradores adelantados, abrieron la trocha por la que en 1802 transitaría la egregia figura del astrónomo, humanista, naturalista, explorador y geógrafo polímata Alexander von Humboldt.

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