La presentación de Obama desde adentro y la seguridad alrededor
La presentación de Obama desde adentro y la seguridad alrededor
Renzo Giner Vásquez

Coordinador digital de la Zona General de El Comercio

renzo.giner@comercio.com.pe

No todos los días el hombre más importante del mundo viene a Lima. Cuadras antes de llegar a la puerta principal de la Pontificia Universidad Católica del Perú (PUCP) dos helicópteros permitían que uno se diera cuenta de ello. Eran las 11 de la mañana y la temperatura bordeaba los 23°C; sin embargo, la fila de ingreso se extendía por cerca de 250 metros. Todos querían ver al presidente de Estados Unidos, Barack Obama.

Apresuré el paso porque, de acuerdo la invitación enviada por la embajada de EE.UU., el ingreso solo era permitido hasta las 11:30 a.m. Dos voluntarios –según el inmenso carné que colgaba de sus cuellos– recorrían la fila de un extremo al otro. La mayoría de personas formadas no pasaban los 30 años.

La gente seguía llegando y la fila seguía creciendo. “Yo llegué acá a las 10 de la mañana y ya había bastante gente formada”, me cuenta un agente de la Policía Nacional. “Al menos llevaban una media hora”.

El acceso al campus era limitado a quienes contábamos con una invitación. Dos grupos, de cinco policías cada uno, estaban apostados en el ingreso vehicular de la universidad. Al menos cuatro más rondaban la calle de la entrada principal. En la puerta, tres agentes, por lo menos uno de ellos extranjero, verificaban las invitaciones y DNI de los asistentes. Detrás de ellos, tres mujeres, de un servicio de seguridad particular, completaban el filtro.

Una vez dentro del campus universitario la gente iniciaba otra larga cola. Pero eso no parecía importarles. Tras pocos minutos caminando un grupo de funcionarios de la embajada estaba encargado de revisar que tu nombre estuviera registrado en la lista oficial.

El sol seguía radiante pero, una vez más, a la gente parecía no importarle. Barack Obama es uno de los presidentes más carismáticos que ha tenido EE.UU. y su conexión con los jóvenes, sin importar la nacionalidad, es indiscutible. Ya sea diciéndole a los británicos que rechacen el pesimismo o explicándoles a los mexicanos en el 2013 que en las nuevas generaciones estaba la clave para ganar el futuro, las charlas con la gente joven se convirtieron en uno de los pilares en la política Obama y prioridad en cada visita oficial.

Era mediodía y había llegado al último filtro de seguridad. Dos arcos detectores de metales, una mesa y cinco guardias –todos extranjeros– hacían pensar que uno estaba en un aeropuerto y no en una universidad. El proceso era simple y rápido pero el despliegue de agentes volvía a recordarme datos sobre seguridad presidencial que había leído un día antes.

Por ejemplo, al famoso Air Force One, ultra equipado Boeing 747 en el que viaja el presidente de los EE.U.U., y que cuenta con oficinas, baños especiales, una sala de cirugía y un ambiente de prensa en su interior; lo que en total suma un gasto de US$180 mil por cada hora en funcionamiento.

O a ‘La Bestia’, el increíble automóvil presidencial -presentado hasta el hartazgo en los noticieros locales- blindado para todo tipo de ataques, que cuenta con tres unidades de sangre especiales para el presidente, entre otras cosas, y que en realidad tiene más piezas de un Chevrolet Kodiak que de un Cadillac.  

Tras pasar los arcos podía verse a un grupo de agentes peruanos de Seguridad del Estado desplegados al interior del Coliseo Polideportivo,  en el cual, calculo, habían entre 1.500 y 2.000 personas. Las tribunas estaban repletas y el escenario armado bajo los estándares de cada presentación del mandatario.

Una barrera separaba al público del espacio central y al menos dos agentes de seguridad resguardaban cada esquina de esa separación.

Tras la presentación de dos becarias de la Iniciativa de Jóvenes Líderes de las Américas (YLAI, por sus siglas en inglés), una de Brasil y la otra de Jamaica, y el baile del grupo de música afroperuana encabezado por Juan Medrano Cotito, el público estalló en júbilo.

Conforme pasaban los minutos la expectativa aumentaba ante la llegada del mandatario.

Fue entonces, bordeando las 2:30 p.m. y presentado por la peruana Cyntia Paytan, que ingresó Barack Obama. El recibimiento –como es usual– se asemejaba más al que recibiría una estrella de rock que un presidente. Las palmas no pararon durante un minuto aproximadamente.

Sin embargo, el presidente no llegó solo. Mientras el público aplaudía al mandatario y este saludaba sonriente, cerca de 15 agentes del Servicio Secreto se desplegaron en los alrededores del escenario. Intercalaban miradas hacia todas las tribunas.

Jeffrey Robinson, coautor de “Parado al lado de la historia: la vida de un agente dentro del Servicio Secreto”, contó hace un año al portal Oregon Live que los agentes del Servicio Secreto estadounidense llegan tres meses antes de la visita oficial, trabajan junto a las autoridades locales y en caso de detectarse amenazas clase 3 (individuos que han amenazado al presidente en el pasado) les avisan que serán vigilados durante la visita oficial en la ciudad. Entre otras cosas. 

Cada frase de Obama era recibida con una ovación. Durante la hora que se tomó para dirigirse a los jóvenes y responder algunas preguntas tuvo tiempo de sacarse el saco, remangarse la camisa y responder al frenético grito de “¡Te amo!” lanzado por una joven con un rápido “Y yo a ti”.

Cada vez que una pregunta terminaba uno de los agentes le indicaba cuánto tiempo quedaba. Finalizado esto, el presidente se dirigió a los becarios de YLAI para estrechar sus manos. Luego a la tribuna izquierda, la frontal y finalmente la que estaba a la derecha del estrado. Siempre rodeado de los agentes, quienes pedían al público no abalanzarse sobre las barreras.

El contraste era genial, por un lado el rostro sonriente de Obama y por el otro la alerta máxima en los de los agentes. Selfies, abrazos, todo era bien recibido por el presidente. Sin embargo, durante su saludo a la tribuna derecha, un joven intentó entregarle un libro, acto impedido por un agente de seguridad que tomó el artículo y lo arrojó al suelo.

Finalmente, es el hombre más importante del mundo.