El carnaval

“Las mujeres y los muchachos todos volvieron a mojarnos aún con más crueldad; nos pintaron de mil colores, nos embarraron”.
Personas celebrando los carnavales en las calles de Lima el 18 de febrero de 1958. (Foto: Archivo histórico de El Comercio)

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Esta inolvidable descripción de Manuel Ascencio Segura, nuestro gran escritor costumbrista del siglo pasado, es un verdadero documento histórico sobre el carnaval. En ella podrán apreciar nuestros lectores lo que fue el carnaval de antaño, lo que todavía nos queda de él, y lo que el tiempo se ha llevado...


Me disponía a dar principio a mis tareas editoriales, cuando se me encajó de improviso mi amigo don Serafín, vestido como de campo, con un gran levita de drill crudo con enormes bolsos llenos de botellas y un sombrero de paja de Italia. “Prepárese para salir conmigo ahora mismo”, dijo.

Partimos, él y yo, a nuestra expedición, y se nos unieron en la calle dos jóvenes más que nos esperaban ya. Llegamos, pues, a la casa consabida. El corazón me latía fuertemente, y no sabré decir si era de gusto o de temor.

Venían hermosas mujeres armadas de jarros y otras vasijas semejantes, de bacinillas de loza, jofainas y cacerolas; pero había una que traía una gran jeringa. Maldecía entre mí la hora menguada en que había accedido a las instancias de don Serafín, pero ya era tarde para hacer reflexiones y para arrepentirse. Era menester dejarse bañar el cuerpo con bacinillas, con cacerolas y con jeringas.

Dio principio el combate con un aguacero que sostuvimos, por nuestra parte, mientras nos duraron las municiones, y, por la otra, se hacía cada vez más y más mortífero y destructor, a causa de hallarse tan abundantemente provistos de agua, que no podía faltarles por algunas horas. Nuestra situación se fue complicando por momentos; estábamos calados de agua desde la punta de los pies hasta la coronilla, ¡nosotros éramos los que habíamos ido a mojar a aquellas mujeres! Don Serafín dio la orden de quitarles las armas.

Logramos apoderarnos, aunque con algún trabajo de las cacerolas; pero la dificultad estaba en que no tenían agua para renovar nuestros tiros, quedándonos solo el recurso de huir el cuerpo por dondequiera que veíamos venir el peligro, y variar de posición a cada momento para ir entreteniendo de este modo al enemigo. A pesar de todos nuestros ardides y maniobras, nos encontramos rodeados de repente de todas aquellas mujeres, que fueron hacia don Serafín y, suspendiéndolo entre las tres por la mitad del cuerpo y por los pies, lo condujeron al extremo del callejón y lo zamparon hasta las orejas en una tina de agua que había allí, y de la que nosotros quisimos apoderarnos varias veces, pero en vano.

Muerto ya nuestro general (porque lo mismo es, para el caso, estar enterrado en una tina que estarlo en una sepultura) todo se volvió una escuela de danzantes. Varios muchachillos que salieron de adentro, al ruido del combate, vociferaban y gritaban.

Entonces las mujeres y los muchachos todos, dueños en lo absoluto de nuestras personas, volvieron a mojarnos aún con más crueldad; nos pintaron de mil colores, nos embarraron con cuanto se les vino a las manos y, por último, ¡ay, Dios mío!, nos emplumaron y nos pasearon en triunfo por toda la casa... ¡Váyase usted con esto a jugar carnaval con unas niñas porque son bonitas!


–Glosado y editado–

Texto originalmente publicado el 28 de febrero de 1954.

*El Comercio abre sus páginas al intercambio de ideas y reflexiones. En este marco plural, el Diario no necesariamente coincide con las opiniones de los articulistas que las firman, aunque siempre las respeta.

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