Alonso Cueto

La como estrategia tiene efectos entre nosotros. Puede pensarse en dos razones. Una es que ocurre en una sociedad fragmentada, con años de divisiones sociales y culturales. La violencia causada por estas divisiones forma una tradición de la desgracia en nuestro país. Es el motivo principal por el que no hemos podido formar una sociedad. Ha sido la causa de muchas muertes y abusos, y lo sigue siendo. Y la discriminación de la gente de la costa hacia el mundo andino tiene un papel protagónico en esta desgracia nacional. La desigualdad, ese mal endémico que nos afecta, es una de las consecuencias. No hay nada más estúpido y cruel que el racismo, que evidentemente no ha desaparecido.

Tocar la cuerda de la victimización por ser “un hombre del Ande” es, por lo tanto, dar en el clavo de una vivencia nacional extendida, y con razón. Sin embargo, el hecho de que quien lo haga sea el es una paradoja. Su elección es precisamente la prueba de que sí era posible que un hombre de su condición llegara a la presidencia. Su vida política es un ejemplo de lo contrario de lo que afirma. Sus discursos denuncian todos los problemas desde un puesto en el que debería haber hecho algo por resolverlos. No dice que él mismo ha contribuido a esos problemas con su presidencia plagada de corrupción e ineptitud, basándose en amarres con familiares y amigos. Por otro lado, también incurre en los problemas que él mismo denuncia. Parte de su discurso se traduce en una actitud racista y discriminatoria contra sus adversarios. Su huida hacia adelante parece un modo de buscar su inmolación.

La otra razón por la que la victimización da resultado es que hay una parte de la cultura nacional que se identifica con una víctima. Hay muchos ejemplos. “Solito he de sufrir. Solito he de llorar”, dice la letra de una popular cumbia peruana cantada por el Grupo Néctar. En la tradición peruana los muy valerosos héroes muertos en combate (Bolognesi y Grau, por ejemplo) son más valorados que los que en la misma guerra dieron lucha hasta el final y vivieron para contarlo, como es el caso del general Andrés Avelino Cáceres, “el Brujo de los Andes”. Cáceres participó en todas las batallas decisivas del ejército peruano, desde Tarapacá en adelante, hasta la campaña de Breña. Pero logró sobrevivir y triunfar, lo que a ojos de parte de nuestra cultura lo coloca por debajo de los otros héroes.

Otras figuras de la historia peruana, como Antonio Ruiz de Montoya, no han sido difundidas como merecen. Ruiz de Montoya, sacerdote jesuita peruano, lideró a un grupo de 12 mil guaraníes en una marcha de mil kilómetros desde Guayra (Brasil de hoy) hasta Misiones (Argentina) para huir de los “bandeirantes”. También escribió una gramática, un diccionario y un catecismo del guaraní. Fue por eso que cuando murió en Lima, en 1652, un grupo de misioneros guaraníes buscaron llevarse los restos.

Al igual que Ruiz de Montoya y Andrés Avelino Cáceres, hay personajes en nuestra historia con trayectorias de éxito y de triunfo. Sin embargo, por algún motivo, preferimos a los muertos y derrotados, que, por supuesto, como en el caso de María Parado de Bellido y José Olaya, también merecen nuestra admiración.

El racismo y el culto al sufrimiento son cuerdas fáciles de activar en la sociedad peruana. Pero no son eternas. El presidente podrá hacer uso de ellas hasta que, bajo la evidencia de los hechos, suenen a pretexto y cantaleta. Hay que recordar el final de la canción del Grupo Néctar: “Solito yo me tengo que acabar”.

Alonso Cueto es escritor

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