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En el seno de este abismo, pensemos, por Hugo Neira

“A diferencia de nuestra historia política, nuestra historia intelectual es inmensamente superior”.

Hugo Neira Sociólogo

neira

"[...] ¿adónde volver la vista? Hacia la sociedad misma. A nuestra historia intelectual".(Ilustración: Giovanni Tazza)

Hay una crisis de confianza por partida doble. De los ciudadanos a su clase política. Y entre ella, intestinalmente, ante el rival, sea quien sea. No se quiere vencerlo sino desaparecerlo. ¿Cómo podemos tolerar esa intolerancia? ¿La mañosa guerra civil de estos días? El problema no es nuestra identidad. Es un problema de alteralidad. No sabemos convivir con el “otro”. En cuanto al presente, está en manos de lo que ocurra, este mismo día.  

Estaba terminando este artículo y ocurre el escándalo de la compra de votos de congresistas a cambio de obras (los ‘kenjivideos’, así los llaman afuera) y luego la renuncia del presidente Kuczynski (¡!). Lo que sigue fue escrito antes de esos eventos pero no cambian mi reflexión.  

Así pues, si el amable lector comparte, como el redactor de esta columna, lo que Mariátegui le escribe a su amigo Samuel Glusberg, “nauseado de política criolla”, entonces, ¿adónde volver la vista? Hacia la sociedad misma. A nuestra historia intelectual. A diferencia de nuestra historia política, es inmensamente superior. Por un Castilla en el XIX, y un par de honestos y modestos presidentes en el siglo XX, hemos tenido puñados de creadores, pocos científicos pero filósofos, pensadores, novelistas, poetas, artistas, cine y teatro de calidad. Y la gastronomía como un arte. Es curioso, hemos tenido mejores arquitectos que primeros ministros. Supongamos una balanza que reciba, por un lado, la “Historia de las ideas en el Perú contemporáneo” de Augusto Salazar Bondy, y en el otro platillo, la “Historia de la República del Perú” (18 tomos) de Jorge Basadre. Supongamos una manera de medir el pensamiento libre y el poder político con el mismo rasero, la balanza se inclinaría ostensiblemente a favor de los creadores de cultura. Pienso en los que escribieron y soñaron y no robaron ni mataron a nadie. Hubo una suerte de ética laica. Generosa. No lo de hoy, quieren ser de golpe multimillonarios. ¡Hasta los alcaldes! 

Pasemos a otra cosa. Se vienen dos eventos decisivos. No hablo del bicentenario, es obvio. El 15 de junio de 1918 estalló en Córdoba, Argentina, la primera Reforma Universitaria. Lo sabemos, el activismo de los estudiantes se propagó a las otras 4 universidades argentinas, y luego a toda Latinoamérica. El Perú en 1923. El otro gran evento es Mayo del 68. Del primero se cumple un siglo. Del segundo, medio siglo. Los invito a un momento de reflexión sobre la potencia de las ideas. No del poder. El Perú repite una matriz fatal, “yo mando”.  

Lo que dice en 1918 el “Manifiesto liminar” es admirable. “Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime”. Fue el ‘fiat lux’ de una generación, la del Conservatorio Universitario. Basadre, Porras, Haya de la Torre y Mariátegui. Tiempo de César Vallejo, Sabogal en la pintura. Inventaron un nuevo actor, la juventud. Es decir, los que hicieron política, partidos, los grandes errores y los grandes aciertos. Es curioso, pero los lamentables mandatarios de los últimos años son esos que no hicieron política en las aulas. Ni Toledo, ni Ollanta, ni PPK. Esas cosas se aprenden en la juventud, o nunca. 

De ese big bang –1900 (Riva-Agüero, Belaunde) y 1923– viene nuestro mundo intelectual. Por generaciones. Walter Peñaloza, Francisco Miró Quesada. ¿Debo seguir? Los dos Salazar Bondy, Cotler. Luego, Flores Galindo, Manuel Burga Díaz, Max Hernández, Fuenzalida, Matos Mar. Y cuando vemos qué han hecho, no nos avergüenzan.  

Mayo del 68 quiso ser una revolución, y provocó otra cosa, la filosofía ganó la calle. Lo que cambió fue la vida misma. Su herencia fueron los años 70. Comunas hippies, la cuestión de la intimidad y el sexo. La palabra ‘libre’. No veo que eso haya acabado. Lo veo en la aparición del individuo como actor fundamental, la lucha contra las nuevas injusticias, la mutación de las ciencias sociales, la ciencia cognitiva, la ecología y el valor de la vida misma en el planeta. El 68 de París fue el laboratorio del siglo XXI.

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