Juan Paredes Castro

Los dos más altos mandos políticos del país, la y la , han dejado de funcionar.

Este solo hecho podría hacer sonar las alarmas de cualquier país mínimamente preocupado por su destino.

Sin embargo, sepultados como estamos en la anomia total, fuera de la realidad y fuera de la ley, sencillamente, ¡aquí no pasa nada!

Si sumamos a esta parálisis las metas y los objetivos dejados de lado, la situación resulta más grave.

El Perú ya no puede ir a ninguna parte, porque los encargados de conducir el y el Estado, y Aníbal Torres, se han autodescalificado para hacerlo: el uno declarándose no estar preparado y el otro entregándose al reino de la fantasía política.

Ambos, como quienes arrojan las llaves del automóvil que no pueden manejar, han apagado el motor de sus funciones reales, las de gobernar, y han encendido el motor de funciones para las que no han sido elegidos ni convocados, al pretender insistir una y más veces en una innecesaria asamblea constituyente.

En consecuencia, Gobierno y Estado han pasado a operar en piloto automático, como ha sucedido en cada prolongado vacío de poder a lo largo de la historia.

Tenemos así a una presidencia y a un presidente ficticios y a un ‘primer ministro’ (cargo inexistente como tal) viviendo la fantasía de estar por encima de la organización política del país.

La ineptitud de Castillo le ha permitido a Torres llenarse de todas las ínfulas de un monarca criollo. Probablemente sueñe despierto, mirándose al espejo, diciéndole a la nación entera: “el Gobierno y el Estado soy yo”.

Cuánta mentira, cuánto cinismo, cuánta hipocresía, cuánto doble discurso, cuánta codicia presupuestal han traído Castillo y Vladimir Cerrón a la administración nacional, por encima y por debajo de la mesa servida por un proceso electoral cuestionable.

El mínimo sentido de futuro que abrigábamos los peruanos hasta hace diez meses, en salud, educación, democracia, libertades, igualdad, empleo, inversiones, industria, producción, comercio, transportes, tecnología, jubilación, no solo se ha borrado del horizonte, ¡ha volado por los aires!

¿Quién responderá por los daños causados a las arcas fiscales en miles de millones de dólares en los últimos diez meses en empleo improductivo, políticas antimineras y alejamiento de las inversiones?

¿Quién? ¡Por Dios!

Cerrón le echará la culpa a Castillo y Castillo a los 200 años de vida republicana.

Una densa niebla cubre las expectativas hechas añicos de quienes, incluso, votaron por Castillo y Perú Libre, a sabiendas de que la democracia, las libertades, el modelo económico y el crecimiento obtenidos en los últimos treinta años, serían destruidos. Pues allí está la moledora de carne política e ideológica del Socialismo del Siglo XXI, haciendo su trabajo, mientras el profesor Castillo y el abogado Torres producen intensos discursos, aparentemente convencidos de que la gente que los escucha vive en perfecto estado de idiotez.

No es la primera vez en el Perú que un segundo de a bordo toma de facto el lugar del primero de a bordo. Siempre hemos tenido poder y poderes detrás del trono y delante del trono. Pero nunca en niveles tan bajos y contradictorios como ahora.

El presidente abandona a diario sus prerrogativas presidenciales para convertirse en orador de plazuela pública alzado en voz tronante en nombre de un pueblo al que el Gobierno y el Estado no le sirven para nada. Y el “primer ministro” no tiene el menor escrúpulo en tratar de rellenar ese vacío de poder, arrogándose la voz y el mando de un Ejecutivo al que quiere llevar a un enfrentamiento fulminante con el Congreso, en el mismo grotesco papel que desempeñaron los ‘primeros ministros’ del expresidente Martín Vizcarra.

La Presidencia del Consejo de Ministros ha devenido la perfecta isla política de la fantasía, en la que cada nombrado en el cargo suele ser, con escasísimas excepciones, lo que no ha llegado a ser: ni líder político ni gestor de Gobierno y Estado ni personalidad honesta e incorruptible ni ciudadano consciente de su misión de hacer gobierno en lugar de desgobierno, de hacer Estado en lugar de convertirlo en uno fallido.

Muchos de los equivocadamente llamados “primeros ministros” de los últimos 20 años estuvieron más preocupados por brillar sobre las carencias de los presidentes de turno o descender a gusto en el trabajo de mayordomía palaciega que por contribuir a hacer lo que ingratamente le falta al Perú: hacer Gobierno y Estado, como el más grande de los servicios públicos en manos de los elegidos.

Debemos, finalmente, alejar del destino político del país aquello de que cualquiera puede ser presidente y cualquiera ‘primer ministro’. Así podremos alejar la ficción y la fantasía que rodean todo el tiempo a ambos altos cargos.

Juan Paredes Castro Analista político

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