“Y oiréis de guerras y rumores de guerras”

“Nuestro pasado estuvo lleno de guerras, pero no hallamos en ello un consuelo cuando coexistimos hoy en día con una”.
(Ilustración: Giovanni Tazza)

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Desde el principio, la ha manchado y compuesto la de la humanidad. Sin embargo, tal y como ocurre con la muerte, nuestra naturaleza parece incapaz de acostumbrarse a ella. Por instinto, la rechaza y, por instinto también, la condena. Es demasiada incertidumbre para el hombre e inconmensurable su peso en nuestra consciencia.

Nuestro pasado estuvo lleno de guerras, pero no hallamos en ello un consuelo cuando coexistimos hoy en día con una. Al contrario: así como quien se ha enfermado muchas veces aún teme por sus nuevos malestares y le preocupan tanto como la primera vez, así también los conflictos y las guerras contemporáneas son para nosotros y nuestras perspectivas una bomba de tiempo; el inminente caos, la muerte misma… el colapso que persigue a nuestra especie, desde el principio.

A diferencia de quienes las propician y de ellas maliciosamente se enseñorean; quienes las sufren, les temen; quienes las oyen, se inquietan; y quienes las observan, también se ven a sí mismos vulnerables, minúsculos. Causante de temores y principio de dolores es oír su nombre. Después de todo, el hombre le ha enseñado al hombre a asustarse de él.

Armenia, Azerbaiyán, Rusia, Ucrania, Israel, Palestina… Oímos de guerras y rumores de guerras, y nuestros corazones se turban, mas ¿quién de nosotros podría siquiera atreverse a adelantar o postergar aquel fin inaplazable, inminente, escrito? Siria, Yemen, Afganistán, China, Taiwán, India, Estados Unidos, Irán… Oímos de guerras y rumores de guerras, y la mente intuye, discierne, sospecha.

El mundo permanece en constante amenaza. Tanto que se oye por herencia, en el inconsciente de quienes estamos aquí y ahora aquel tenue movimiento de unas manijas de reloj en cuenta regresiva. Porque el poder siempre está dispuesto a desbordarse. Porque el caos se vanagloria en el desorden. Y porque lo inevitable, tarde o temprano, termina haciéndose real ante los ojos de quien pueda o no pueda ver.

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