Canto a mí mismo

Como su estatua, César Acuña tiene los ojos puestos en el futuro.

Mario Ghibellini
Por

Periodista

“En unos dos mil años, un grupo de arqueólogos podría toparse en una excavación con la estatua del líder de APP y llegar a la conclusión de que fue un hombre sabio, justo y prudente”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).
“En unos dos mil años, un grupo de arqueólogos podría toparse en una excavación con la estatua del líder de APP y llegar a la conclusión de que fue un hombre sabio, justo y prudente”. (Ilustración: Víctor Aguilar Rúa).

A los ejecutivos se los reconoce por su determinación para hacer las cosas. Cuando sus subordinados dudan o remolonean frente a un reto importante, el verdadero ejecutivo toma la responsabilidad en sus manos y convierte en realidad aquello que originalmente vislumbró solo entre sueños. Pensemos, por ejemplo, en César Acuña, el actual gobernador regional de La Libertad. ¿Qué es lo que explica la existencia del partido Alianza para el Progreso (APP) y la de esos contenedores de estudiantes que él insiste en llamar universidades? Pues la decisión y el empuje que lo caracterizan. Y a nuestro parecer, es en esa misma línea de comportamiento que deberíamos ubicar el controvertido episodio de la estatua recientemente develada en su honor en Trujillo. Según ha declarado él, la pieza escultórica “viene de personas” que lo conocieron años atrás. Pero si eso fuera cierto, habría seguramente una plaquita con los nombres de los fulanos empeñados en agasajarlo incrustada en el bloque marmóreo que le sirve de base. Y sucede que no la hay.

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