Jaime Bedoya

La mejor respuesta a por qué no cae un gobierno corrupto, indefendible y confesamente incapaz ha quedado registrada en la estampa playera del congresista : porque la desvergüenza del congreso lo sostiene de una baba. La del desparpajo y la conchudez.

Y esto es obviando el daño que le ha infringido a un sistema de trabajo que en manos honestas es altamente productivo, así como generador de felicidad: el trabajo remoto. Debe ser reivindicado como aquél que te permite hacer tus tareas laborales y volverle ver la cara a tus hijos al mismo tiempo.

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Trabajar desde la playa o donde sea es distinto a tener que estar pendiente de una cámara apagada para que no descubran el engaño: te importa un pepino la responsabilidad. Estás tirado en la arena porque, lamentablemente, tenías que trabajar. En su próximo verano La Chira lo espera, señor congresista.

El cinismo playero de Guerra García comparte el mismo ADN que el ánimo copista y apañador de Acuña o erráticos coqueteos del almirante Montoya con el señor Castillo. Tiene la misma genética de los viajes al Taj Mahal para el selfie, la semana de representación en Cancún, o el servicio a destajo de Los Niños de Acción Popular. Por no mencionar a su correligionaria y presidenta del congreso, que ha desplegado un festival de histeria y desatino en su apetito por controlar un poder que da vergüenza antes que lustre. Todo esto ha sido UHU para el régimen Castillista.

Gracias a los anticuerpos que genera una representación congresal que se ha convertido en el peor espejo del país, un incompetente ha quedado inmunizado contra sí mismo.

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Hay algo que no está funcionando en nuestro sistema de representación democrática, que sistemáticamente cada vez baja más la valla de lo aceptable. Esta caída libre es perversa además de tragicómica. Logra, por ejemplo, que la performance parlamentaria del FREPAP – otro voto por joder- sea, por intrascendente, preferible a lo que tenemos ahora.

Nosotros somos lo que votamos por los representantes que tenemos, lo que nos convierte en parte del problema. Lo que amplía las posibilidades de crecimiento del pesimismo hasta fronteras dignas de Buzz Lightyear. El infinito puede quedar chico para un deterioro con este potencial sombrío. Nuestros congresistas del futuro ya están cometiendo ilícitos hoy mismo.

Del señor Castillo ya no tiene mucho sentido seguir abundando. Tanto por aquello de que los cadáveres no se patean como por que cualquier evaluación emitida quedará inmediatamente obsoleta tras el nuevo negociado revelado. El gobierno se ha convertido en un hueco negro de descomposición que seguimos observando como si fuera un inocuo evento metereológico. Es un meteorito, y ahora sin bancada.

Ya ni siquiera Cerrón lo quiere cerca, porque sabe que su estulticia y mañosería ya huelen a loco, además de tener un costo político. Que te boten de Perú Libre es como si Capone le dijera a Corleone que está desprestigiando el negocio. Lo tragicómico es que haya sido su propio partido, antes que la oposición, quien le haya señalado directamente la puerta de salida. Es la radiografía perfecta de la inutilidad de una fuerza opositora que ni es fuerza ni es opositora.

Lo más dramático de esa situación es que entre esos dos extremos, entre Nano y Pedro, está el futuro del país. Posibilidad que hasta el momento sigue siendo una incógnita gracias a una presunta organización criminal liderada desde Palacio de Gobierno.

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