Renato Cisneros

La especulación contrafáctica –imaginar cuál sería el estado de las cosas si sucedía todo lo contrario de lo que sucedió– supone un juego de discrepancia con la realidad. En materia de política peruana se han propuesto ensayos interesantes (pienso en el muy recomendable Contrahistoria del Perú, Mitin, 2012), no así en el ámbito futbolístico nacional, al menos ninguno de corte editorial que recuerde. En YouTube hay apuestas singulares: el usuario Luis06, por ejemplo, dedica una serie de videos a fantasear con una clasificación de Perú a los mundiales de 1934, 1938, 1950 y 1998 (en este último caso, según sus deducciones, le habríamos ganado a Austria 2-0 en primera ronda con goles del Chorri y Flavio Maestri).

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La pregunta contrafactual aplicada al presente nos lleva a divagar en qué país viviríamos hoy si Perú hubiese derrotado en los penales a Australia en el repechaje de junio y alcanzado un cupo a Qatar. El ambiente general, para empezar, sería más respirable. Con Gareca aún entre nosotros, tendríamos siquiera una figura pública de consenso, alguien a quien admirar sin ser etiquetados. La resentida economía obtendría un respirador artificial (recuerdo a un economista en RPP hablar de ingresos superiores a los 500 millones de dólares si Perú clasificaba). Como ocurrió durante Rusia 2018, Gamarra movería millones de soles con camisetas, vinchas y todo tipo de merchandising blanquirrojo y catarí. Miles de compatriotas ganarían unos soles disfrazándose de La’eeb, la mascota oficial del Mundial, ese turbante que muchos confunden con una versión árabe de Gasparín. La venta y posterior llenado del álbum Panini habría merecido sendos reportajes dominicales, con sesudos invitados discutiendo la dificultad de conseguir la figurita de Lapadula.

En términos de coyuntura política, no es difícil presagiar el clima de ese noviembre hipotético. Si ya durante las Eliminatorias la gente encontraba en el fútbol el bálsamo o pretexto ideal para desentenderse de la mediocridad reinante, con un Mundial de por medio nadie prestaría atención a las cansinas escaramuzas entre Gobierno y oposición. Las marchas Reacciona Perú ni siquiera habrían podido convocarse: el grueso de sus simpatizantes estaría allá, en Doha, tiktokeando desde las afueras de la concentración peruana. Las nuevas denuncias por los pésimos nombramientos en el Estado, así como los exabruptos seniles de Aníbal Torres pasarían tan desapercibidos como el ridículo intento de vacancia presidencial por traición a la patria. El único que se habría reunido con la misión de la OEA sería Pedro Castillo (y solo porque el Congreso le habría negado el viaje a Qatar). En el Hemiciclo, se habría colocado una pantalla gigante para el debut ante Francia (con señal de Directv; Latina no transmitiría ni los partidos de la selección) y frente a ella congresistas fujimoristas y perulibristas se abrazarían para cantar el himno con los ojos cerrados, dejando los pullazos performáticos para el entretiempo.

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Y ya en la competición, si estuviésemos ahora mismo disputando el Mundial, quizá no habríamos encajado ante Francia los cuatro goles que se comieron los australianos, pero nos ganaban seguro. Los hinchas habríamos pasado los días siguientes sopesando probabilidades, agotando cálculos, prendiéndoles velitas a los santos que tan desprotegidos nos tienen. Hoy sábado habríamos madrugado para ver el triunfo frente a Túnez y esperaríamos el miércoles, mordiéndonos las uñas, para la revancha con Dinamarca, donde quizá el árbitro cobraría un agónico y decisivo penal a nuestro favor, penal que Christian Cueva convertiría para felicidad de los peruanos que colmarían las tribunas del estadio Al Janoub y de los millones que lo verían desde casa, y a lo mejor en octavos chocaríamos con Argentina o México, y en una actuación inolvidable pasaríamos de fase, tal como ocurrió en los Mundiales del 70 y del 78, y acaso, gracias al imparable envión de esa racha imaginada, podríamos llegar hasta la final, y entonces viajaría el gabinete entero junto con la Mesa Directiva, en el mismo vuelo, felices de la vida, gastándose miles de viáticos en representación del pueblo. Y si por ventura, Perú consiguiera… no, mejor ni pensarlo, ni de juego. No somos ese país. No hemos ido al Mundial. No tenemos una alegría como esa. Solo aguardamos la Navidad para distraernos e intercambiar los abrazos que nos hemos olvidado de dar. //

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