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Día de la Mujer: estos peruanos hicieron el ejercicio de imaginarse en el lugar de ellas

A una semana del Día Internacional de la Mujer, Somos les planteó la idea de que por un instante pensaran si sus vidas habrían podido ser las mismas, teniendo que enfrentar obstáculos como el machismo, los prejuicios o el temor. Aquí un adelanto.

Jhovan Tomasevich
Músico, vocalista de la banda Zen
​Por mi personalidad necia y terca, lo más probable es que habría elegido la misma carrera, pese a que siempre he percibido que la música ha sido una industria mucho más difícil para la mujer. Yo he visto muchos buenos proyectos, muchas buenas cantantes e instrumentistas abandonar sus carreras porque el mercado o el negocio en sí no toma en serio sus propuestas. Habría tenido que hacer maletas e ir a buscar un país en el que la escena musical no esté cerrada para las mujeres. Yo comencé a hacer música en 1994 y en esa
movida la única mujer que estaba en una banda era Pierina Less. Lo irónico de todo esto es que, por el trabajo que hago ahora, veo constantemente nuevos proyectos y en los últimos dos o tres años los más interesantes han sido liderados por mujeres. Por otro lado, ni siquiera como hombre me siento seguro. Pero veo los feminicidios, veo las respuestas en Internet culpando siempre a la mujer por cómo se vistió, que por qué se maquilló, que por qué estuvo a tal hora en tal sitio y me pongo a pensar: yo tengo dos hijos hombres. ¿Qué haría si tuviera una hija mujer? Creo que es un tema cultural. Siempre he visto a mis abuelos y a mis padres sostener que la mujer antes tenía “otro papel”. Existía la idea de que debía dedicarse a la casa, lo cual es un trabajo físicamente más demandante que cualquier otro. Me molesta, finalmente, que en el aspecto político y social sean hombres quienes toman decisiones referidas a la mujer. ¿Cuál es el punto de que los hombres, que nunca vamos a poder experimentar lo que viven las mujeres, tomemos decisiones por ellas?

​Alejandro Neyra
Ex ministra de Cultura, escritor y diplomático

Si fuera mujer, quizás habría ido al pequeño colegio de monjas al que fueron mis hermanas. De niña, casi seguro que no me habrían dejado participar en las conversaciones sobre política que tenían los mayores en los almuerzos familiares (ser niño me permitió ganar un espacio en esas discusiones en los años 80, mientras mis primas permanecían en el comedor de la cocina de la casa de la abuela, inventando coreografías y jugando con muñecas). Probablemente, habría ido a las mismas universidades, pero con un mayor control, con muchas más reglas sobre mi forma de vestir y sobre mis salidas. Casi seguramente habría dudado al encontrar mis propios referentes literarios. Pero no sé si habría hecho las mismas elecciones en mis lecturas y me habría tardado mucho más en siquiera plantearme la posibilidad de ser escritora. Y seguramente también habría dudado muchísimo en convertirme en una diplomática (una carrera que antes era pensada casi exclusivamente para hombres). ¿Me sentiría segura? Quizás haría el esfuerzo de demostrar que sí, pero posiblemente sentiría el mismo temor que sienten tantas (o todas) las mujeres al salir a la calle. Y me sentiría igualmente indignada por esa violencia que viven las mujeres a diario, por la incapacidad que tenemos como sociedad de luchar contra los prejuicios, contra la discriminación, y estaría quizás en la misma lucha que muchas de mis amigas escritoras y mis amigas diplomáticas. Estaría trabajando, como mi esposa, y buscando que mis hijas pequeñas tengan hoy una educación que las haga sentir que no hay nada que no puedan hacer, que estará muy bien si quieren ser escritoras, artistas, diplomáticas o aquello que se propongan. Porque esa sería la única forma de sentirme segura, de sentirme que puedo ser mujer en el Perú.

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