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Juan José Padilla: el torero con treinta y nueve cornadas y un ojo menos se retira en Lima

El español regresa a Lima para despedirse de los ruedos. Veinticinco años, 1.400 corridas y más de 50 cirugías después, el torero mira cara a cara a la muerte, como a un toro, y se encomienda –desde la basílica y el convento de Santo Domingo– a San Martín de Porres.

Ha caído una y otra vez. Ha sido revolcado, golpeado, arrastrado, atropellado, desangrado, enceguecido, fracturado, rebanado, atravesado. Se le ha visto desorientado, vulnerable, titubeante, aplaudido por la multitud. Ha compartido sus temores, ha cuestionado su destino, ha vivido eterno ese momento en el que un descuido se convierte en herida, corte, provocación a continuar con una lucha desigual. ¿Hablamos del toro o del torero? ¿Quién es la víctima? ¿Quién es el valiente? Hombre y toro, toro y hombre, viven su propia épica en el ruedo como herederos de un inescrutable pacto ancestral, aunque afuera de las plazas la indignación azote con su propia furia. Los que están adentro lo llaman arte, a pesar de que para muchos otros no sea más que la justificación de un salvaje linchamiento.

Esta historia trata acerca de jugarse la vida. Trata de vivir rápido, aunque sea en la cámara lenta del permanente suspenso; trata de trajes luminosos, de arena, de plaza, de aplausos, de fervor y de tensión, sí, pero también de sangre, de dolor, de violencia. Unos viven la tradición, fieles a todo lo que implica; otros consideran que es solo un rezago medieval que debería ser prohibido. Son el sol y la sombra, la sombra y el sol de este espectáculo.

Quizás solo la política, la religión o el fútbol desaten polémicas semejantes, enciendan similares fuegos y dividan tan marcadamente a dos bandos distintos. Juan José Padilla, el torero gaditano nacido en Jerez de la Frontera un 23 de mayo de 1973, lo sabe muy bien. “Yo respeto a todo aquel que no pueda ver que un animal sufra. Pero quiero que entendáis también que esto es una cultura forjada a través de los tiempos y que se mueve un sector socioeconómico muy importante del que vive muchísima gente. Además, con nuestra profesión estamos salvando algo importantísimo, que es el toro bravo”, ha dicho. Dice ser un hombre positivo, aun sabiendo que la situación de la tauromaquia es difícil. “Es un debate en el que no quiero entrar”, confiesa, al revelar a Somos su pena por no poder despedirse ni en Cataluña ni en Palma de Mallorca, donde hoy están prohibidas las corridas de toros.

Él piensa que no tiene nada de qué quejarse. Que Dios es el ojo que le falta. Que el verdadero valor no está en ponerse delante de un toro, sino en afrontar la vida como viene. Que el sufrimiento forma parte de la gloria. Que los mensajes de aplauso a las cornadas son una falta de humanidad, de sensibilidad y de respeto. “Yo no pienso realmente en la muerte. Sobre todo, cuando la he tenido tan cerca. Yo creo que estamos al filo de la navaja todas las personas, no solo los toreros. No tengo miedo a la muerte. Forma parte de este espectáculo y no todas las batallas las ganamos los hombres”. Muchos defensores de los animales, al ver los impactantes videos en los que su traje de luces es besado furiosamente por la sangre, dirán que se lo merece. Quizás él mismo también, aunque por distintas razones. Parece que los toros supieran todo eso y no le dieran tregua. “Ser torero o sentirse torero –ha dicho Padilla– es un anhelo, es un sueño, es un reto. Una forma de vivir, de sentir, de amar, de aprender”.

MÁS SANGRE QUE ARENA

Viernes 7 de octubre del 2011. Es otoño en Zaragoza, que vive a pleno su Feria del Pilar, fiesta patronal y jolgorio religioso tradicional en esta ciudad aragonesa. La Plaza de la Misericordia está repleta, esperando una nueva corrida. El sol tiene paso lento. Los fantasmas de la tarde son polvo, son viento, son silencio. No parece olerse espacio para la piedad. ‘Marqués’, de la ganadería de Ana Romero, pesa 500 kilos y lo sabe bien. Está frente a Padilla en un duelo que parece extraído de un spaghetti western. Solo falta la música de Ennio Morricone. Cualquier error podría ser fatal… y Padilla lo cometió. Tras un traspié, el toro fue por él y lo cogió como si vengara la memoria de sus hermanos caídos. El pitón entró por el cuello, bajo el maxilar izquierdo, y destrozó el oído y el globo ocular del diestro. Sus gritos de dolor se combinaron con la angustia de sus hijos, Paloma –quien va usualmente a las plazas y constantemente le transmite valor y fuerza– y Martín, que trata de no ir. Para mayor ironía su esposa, el gran amor de su vida a la que conoció cuando era un joven panadero en Jerez, se llama Lidia, como la raza de los toros que él enfrenta. Cuando abandonó el hospital, tras más de 20 operaciones, nació para hacerse eterna la leyenda de ‘El Pirata’.

Treinta años antes de este incidente terrible, con solo ocho de edad, el pequeño Juan José Padilla se puso por primera vez delante de una becerra y sintió, de inmediato, la sensación de querer lograr un sueño. El 18 de junio de 1994 tomó la alternativa en la Plaza de Toros de las Palomas, en Algecira, Cádiz, aunque no sería hasta julio del 2001 cuando sufriría su primera cogida grave, cuando un toro miura lo corneó en el cuello. Hoy, asegura, es el único torero de la historia que enfrenta a un toro llevando parche en un ojo. Hubo gente que se opuso. No sabían realmente si con la pérdida de parte de la visión, de la orientación, del oído, podría dificultarse su reaparición. Pero él tranquilizó a sus seres queridos –si cabe usar ese verbo en una circunstancia semejante–, convencido de que estaba ante un nuevo reto que iba a cumplir contra todo pronóstico. “Yo le pregunté al doctor García-Perla, una eminencia en su materia, si podría volver a torear y me dijo que eso estaba en mis manos, no en las suyas. Tras recuperarme, empecé mi preparación para volver. El torero salvó al hombre”.

Ha participado en 500 corridas desde que regresó, ya con el parche, en marzo del 2012. Después de todo, había sobrevivido antes a otra cornada más grave, cuando en 1999, en Huesca, un toro le reventó el duodeno contra la columna vertebral. Probablemente fue cuando más cerca estuvo de no contarla. Y es que se dice de algunos hombres que tienen mil rostros. Padilla tiene mil rastros. En la piel, en los músculos, en los trémulos bordes de sus órganos, en la cabeza. Treinta y nueve veces lo han corneado toros y lo escribo así, con letras, porque el dolor queda más claro en seis sílabas que en dos dígitos. Semejante dolor es necesario pronunciarlo lentamente y con cuidado. No hay muestra mayor de su sacrificio que haberlo visto ofrecer, durante 25 años, su propio cuerpo como tributo. En nuestra capital aprovechará para dedicarle su tarde a San Martín de Porres, el santo del que es un gran devoto. “Yo no concibo mi vida sin la presencia del altísimo y San Martín es a quien me encomiendo para que sea él quien interceda por mí ante Dios. Gracias a él salvé la vida en las siete ocasiones en las que más de cerca he visto la muerte”. Cuando torea, Padilla lleva una estampita del santo, y la ubica cerca del hígado y el páncreas.

Vista así la historia, no confundamos las cosas. Padilla es un hombre valiente, por supuesto. Uno que ha sabido sobreponerse a la adversidad, superar sus temores y tener la entereza de continuar con su oficio para satisfacer una pasión que solo otros como él viven y entienden. Es un testarudo que muchos pueden admirar o respetar, quizás, como se admira y respeta al gran soldado de un bando opositor. Pero el héroe, el verdadero héroe de esta historia –que trata acerca de jugarse la vida–, es el toro. Ya lo ha dicho el mismo Padilla: “No soy ningún héroe, no hago nada que no pueda hacer otra persona. Aunque, claro, no concibo la vida sin ese compromiso. Ya Dios me dirá en qué otros ruedos de la vida actuaré en el futuro”. //


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