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Radiografía de un troll: ¿Cómo lidiar con los indeseables de las redes sociales?

El troll es un término que proviene del folclor escandinavo, conocido además por designar a una popular serie de muñequitos. En el Perú, ¿quiénes son, cómo detectarlos y qué hacer contra ellos?

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La portada de Somos y el guiño a una figura que acompañó la infancia de decenas: el troll.

La mañana del pasado Día de San Valentín pintaba tranquila para la periodista Lorena Álvarez, hasta que decidió abrir sus redes sociales. Como quien destapa la pesada tapa de un desagüe atorado, apenas pudo tolerar el hedor que percibió: notó que desde varias cuentas de Twitter había recibido el mismo mensaje. Se trataba de un ‘meme’ con el rostro de su ex pareja, a quien denunció por violencia física y psicológica hace casi un año. La imagen venía con un texto de nueve palabras: “Feliz San Valentín: no te mato porque te quiero”.

Al teléfono, Álvarez recuerda lo ocurrido ese día con una cólera seca, combinada con temor –“lo sentí como una amenaza, en verdad”– y mucho de hartazgo. Lo último es comprensible: los ataques de trolls de internet no los sufre solo en ciertas fechas especiales, sino todos los días, por cualquier tema. Cuando hizo público su testimonio de violencia, la hicieron puré. Y en épocas de Copa del Mundo, si se le ocurría opinar sobre fútbol, recibía tuits de conocedores que la invitaban a callarse la boca, aunque ella dicte el curso de Periodismo Deportivo. “Eso del ‘meme’ fue una cosa orquestada entre un grupo de gente... En redes sociales hay hordas que todo el día te hostilizan. Hay personas que dicen que esto no les afecta, pero a mí sí me afecta: desalienta y de verdad que a veces logran que me provoque tuitear menos”.

¿ESTÁ PERDIDA LA BATALLA CONTRA LOS TROLLS?
El acoso de los trolls, como se conoce a las personas que entran a la red con el único fin de molestar o intimidar, no es nuevo; es casi tan antiguo como la internet. Primero estaban las listas de interés y los foros, en la prehistoria de la red de redes, que eran caldo de cultivo de especímenes de todo tipo, dispuestos a opinar de cualquier cosa y hostigar al que pensara distinto. Cuando los diarios se hicieron interactivos, los ataques se mudaron a la sección de comentarios. Y con la llegada de las redes sociales, estos se hicieron visibles para cualquiera que estuviera suscrito a uno de estos servicios y tuviera una red de amigos. Pero que el tema no sea nuevo no significa que deje de preocupar, más aun si se toma en cuenta que el despacho de basura digital no ha parado. Ha aumentado y se ha sofisticado en su poder viral, apoyado en softwares y tecnologías especiales. Hoy los trolls son parte importante de las campañas políticas, en la guerra de desinformación y hasta pueden definir elecciones.

Un artículo pesimista de The New York Times, de agosto de este año, se titula precisamente “Los trolles de internet ya ganaron y no hay mucho que puedas hacer”. Su tesis es que se ha demostrado que el usuario de la red tiene muy poca “autoridad respecto al contenido en línea que le parece dañino y ofensivo”, y no es algo que vaya a cambiar pronto. El margen de acción del usuario es limitado y los servicios proveedores no siempre muestran propensión a querer ser ‘árbitros de la verdad’. Algunas webs no moderan su sección de comentarios, pues viven del tráfico. Acabar con una polémica encendida de insultos, moderándola, equivale a sacar un programa de televisión del aire en el minuto en que está haciendo mayor rating.

Objetivo: periodistas y mujeres de prensa
Mientras tanto, el aluvión de insultos parece estar bastante lejos de terminar. Algunos han optado por cancelar su vida virtual, como hizo el periodista Augusto Thorndike hace un tiempo, cansado del acoso y de tener que tragar insultos. Otros han preferido visibilizar la bajeza de estos ataques, volverlos públicos, como hizo el mes pasado el actor Carlos Alcántara, que denunció un ataque troll dirigido contra su hijo, un joven con autismo. El comentario era tan salvaje y sociopático que el comediante no pudo responder con las pinceladas de humor que despacha a sus haters: “Estoy indignado y con un dolor en el corazón que no puedo creer que un peruano pueda escribir esto, solo quiero llegar a mi casa y abrazar a mi hijo Lorenzo y decirle lo mucho que lo amo”, fue lo que escribió y y generó una ola de solidaridad.

Un estudio de la Universidad de Texas, citado por el diario El Mundo (España), indicaba el año pasado que el 38% de los tuits que se escriben en internet se hacen con la intención de molestar, amenazar o insultar a alguien. La Comisión Europea, por su lado, publicó un informe en donde se señala que el 40% de los periodistas de Europa manifiesta haber sido víctima de esta forma de acoso. Reporteros sin Fronteras incluye otro dato no menos importante: que las dos terceras partes de estos ataques están dirigidas a las mujeres de prensa.

La periodista Patricia del Río puede dar perfecta cuenta de lo último. Ella ha recibido notorios ataques de trolls que la obligaron a cerrar su muro de Facebook para comentarios públicos. Hoy solo admite a los que son sus contactos y amigos. “Me acuerdo de que hace algún tiempo nos reunimos [las periodistas] Sol Carreño, Rosa María Palacios, Rocío Silva Santisteban y yo en mi casa, desesperadas y para desahogarnos, porque estábamos hartas de ese tema. Empezamos a notar que hay un patrón en la gente que nos insulta y en la calidad de los insultos, aludiendo siempre a la vida personal, a la sexualidad, a tus características de mujer. Se agrede a cierto tipo de mujer, con poder e independencia. Yo no soy infalible y a veces puedo meter la pata, tolero las discrepancias ideológicas, pero ya no tengo paciencia para que me digan ‘puta’ o ‘prostiperiodista’ cuando les da la gana”.

Ese mismo patrón machista en las agresiones se extiende a las personas homosexuales. Las pruebas más claras son el catálogo de insultos que comparte con nosotros el congresista Alberto de Belaunde, para esta nota. De escalofrío todos. Cuenta que un 70% de los comentarios que recibe son de tinte homofóbico, desde las diatribas más salvajes hasta ese mensaje que un día le escribieron: “Señor homosexual, por qué usted defiende que…”. “Oye, al menos este me dijo señor, por lo menos me trató de usted”, dice entre risas, “pero ¿por qué mencionar mi orientación sexual? ¿Te das cuenta cómo operan?”.

En la mente del troll
Investigaciones como la que hizo la cuenta de Twitter @fujitrolls en el 2016 permitieron develar la identidad de varios de estos personajes que atosigaban en las redes sociales. Algunos, cuando les pusieron la cámara, dejaron de ser los furibundos agresores para convertirse en tipos balbuceantes que solo atinaban a pedir perdón. Desde luego fueron unos cuantos de miles, entre usuarios reales y cuentas falsas o bots. El psicoanalista Jorge Bruce considera que los trolls no son exclusivamente personas antisociales o con tendencias sociopáticas o psicopáticas, como se podría creer en primer lugar. “Las redes funcionan como un espacio de apertura donde no están presentes los frenos que nos ponemos en la interacción diaria. Por eso se da lugar a los impulsos agresivos y también a los eróticos. En la vida real no te puedes arrojar sobre una mujer ni insultar a un tipo, pero el anonimato te permite eso. La red saca esa parte antisocial y psicopática que está en todos nosotros y hace que gente que no es lumpen se convierta en lumpen”.

Lorena Álvarez piensa que hay un problema de salud mental, relacionado a la nula tolerancia a la frustración y la ausencia de reglas de juego. “En un país en donde a una mujer la pueden quemar viva y al agresor no le pasa nada, por qué pensar que va a ocurrir algo por una amenaza de violación a una mujer en redes”, reflexiona. No va a pasar nada, dice, porque la impunidad es la misma. En la redes, en la vida. //


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