Hubo un tiempo en que no existía Google: el conocimiento se hallaba en unas viejas casonas de puertas de madera y pasadizos con baldosas, silenciosos como conventos, que se llamaban bibliotecas. Entre sus libros y su archivo hemerográfico se contaba la historia del Perú, día por día, año por año, y para quienes queríamos ser periodistas deportivos, la verdad sobre las hazañas que surgían de la voz noble de los abuelos en los almuerzos, dormía allí: así jugaba Cubillas, así era la patada de Lolo Fernández, así fue el día en que el Bayern Múnich llegó al Estadio Nacional en 1971 y Franz Beckenbauer supo a qué olían los anticuchos.

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