Pasajes de una cinefilia crónica

El impacto del séptimo arte en MVLL

Por Guillermo Niño de Guzmán

Como todo hombre del siglo XX, Mario Vargas Llosa creció bajo el impacto maravilloso del cine. Para los niños de entonces -me refiero a los años cuarenta y cincuenta-, cuando aún no existía la televisión, la posibilidad de ver una película era una vía privilegiada para materializar los sueños. Y, a la par que descubría la literatura, el futuro escritor se dejó arrastrar por la ilusión de la pantalla. Dada la época dorada de Hollywood, resulta fácil suponer que se deleitó con cintas de aventuras, westerns, la saga de Tarzán, comedias o las seriales que se proyectaban domingo tras domingo. Como él mismo ha referido, esta afición se originó cuando su madre lo llevó a ver una película de Stan Laurel y Oliver Hardy a los cinco años. Más tarde se convertiría en una verdadera pasión, en un acicate constante para su imaginación, y llegaría a cumplir un rol decisivo en su vida creativa.

Desde sus primeras novelas, Vargas Llosa se reveló como un innovador de las técnicas narrativas. En ese sentido, se ha hablado mucho de la influencia de Faulkner y de otros autores que se empeñaron en romper las formas tradicionales de contar una historia, pero creemos que el novelista peruano también asimiló los procedimientos característicos del cine. Recordemos que en la década del sesenta, cuando escribe La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros y Conversación en La Catedral, es decir, sus novelas más arriesgadas desde el punto de vista técnico, Vargas Llosa residía en París y Londres. Y fue en ese tiempo en que emergió en Europa un cine nuevo, fresco, irreverente, que rompía las estructuras clásicas y experimentaba con el lenguaje de la imagen, en un saludable afán por apartarse de las fórmulas establecidas por la industria norteamericana.

El diseño arquitectónico de las primeras novelas del escritor peruano, su peculiar manera de ensamblar las historias y ligar las escenas, revelan que su creador estaba atento a lo que se hacía en el cine (antes de emigrar a Europa había escrito, bajo el seudónimo de Vincent N., varias notas sobre films de Wyler, Preminger, Chaplin, Hitchcock, Fellini, Bardem, Aldrich, Fuller, Ray, Clouzot y Hawks). Más aún, se podría argüir que la narrativa de Vargas Llosa debe bastante a la técnica del montaje cinematográfico. No hay que olvidar que él vivía en el barrio latino cuando se estrenaron películas tan transgresoras como El año pasado en Marienbad de Resnais y que pudo seguir de cerca la evolución de la 'nouvelle vague' y la escuela del cine de autor, con Godard a la cabeza. A esas alturas, era un cinéfilo irredimible, tal como lo testimonian los artículos en los que comentaba las películas que le fascinaban o irritaban.

En un texto fechado en julio de 1964, el escritor nos transmite sus impresiones sobre las películas de Ingmar Bergman, donde "oscuras fuerzas mueven a los individuos, esos solitarios que tratan desesperadamente de franquear las misteriosas barreras que los separan. Este mundo inexorable, donde no hay otra redención que la muerte, es la patria del mal. Todos lo encarnan de alguna manera; tanto los que lo combaten como los que lo asumen, se nutren de él y a la vez lo alimentan. Territorio hermético, sin amistad y sin amor, paraíso de humillación y de incomunicación, los seres que lo pueblan viven para expiar una atroz, desconocida culpa que es su patrimonio común, y su único diálogo profundo es el de la carne. En 'El silencio', su último film, Bergman ilustra sus convicciones con más claridad que otras veces y rara vez en su obra, creo, ha habido tanta belleza junto a tanto horror".

Otro cineasta que provoca su entusiasmo, así como también su disgusto, es Jean-Luc Godard. Si bien desdeña los juegos formales gratuitos que percibe en algunas de sus películas, admira sin reservas Al final de la escapada, Pierrot el loco y Una mujer casada. "No creo que ninguna otra película haya mostrado con tanta sabiduría la alienación de la mujer de clase media en una sociedad desarrollada de nuestros días", expresa sobre esta última en un artículo de enero de 1965. Sin embargo, observa con agudeza que, más allá del aspecto social, el film posee un significado profundo "difícil de atrapar", que "se halla oculto tras un estilo engañoso y cautivante, que multiplica los fuegos de artificio, las exhibiciones de pura destreza, las provocaciones y las burlas, como si quisiera desorientar al espectador, encantarlo con juegos de forma e impedirle el ingreso al interior de ese mundo cuya epidermis le es mostrada con lujo de detalles. Pero, aunque emboscado y remoto, ese contenido existe y es lo que perdura en el espíritu del espectador cuando acaba el hechizo en que lo tuvo sumido una hora y media, en una butaca de cinema, el lenguaje precioso, risueño, exasperante de Godard".

Si consideramos el hecho de que cuando escribe estas líneas se hallaba en plena concepción de La casa verde es comprensible que le llame la atención el estilo audaz e insólito de Godard. "La arquitectura de 'Una mujer casada' es discontinua y desalentará a los espectadores perezosos -advierte Vargas Llosa-.

En 1966 entrevistó a Luis Buñuel, quien se encontraba en París con motivo del rodaje de Belle de jour. Su reportaje consigue trazar un magnífico retrato del viejo surrealista, quien, a instancias del joven periodista, evoca sus años de juventud en los cafés de Montparnasse y la osadía subversiva de sus primeros films. Un año después, Vargas Llosa cayó bajo el sortilegio de Blow-Up de Antonioni. "A lo largo de todo el film -anota-, sin salir del todo de ese estado de hipnosis en que mantiene al espectador una buena película, yo tenía una vaga conciencia de que este género de mudanzas, de insensibles transmutaciones, de saltos "cualitativos" diría un dialéctico, de idas y regresos de un nivel a otro de la realidad, se sucedían sin que fuera posible determinar con precisión el instante de ruptura, debido a la sutileza con que la cámara iba graduando sus efectos, trasladando la historia del fotógrafo "pop" de un plano de realidad cotidiano, objetivo, casi verídico, a otro, puramente subjetivo, y onírico y regresándolo luego al primero. Estos viajes, tan rápidos y engañosos que son casi imperceptibles durante el transcurso del film, culminan, al final, en una secuencia que ya no deja lugar a dudas; en las últimas imágenes el espectador sabe que ha abandonado el mundo real, que está sumergido en un dominio puramente fantástico".

El deslumbramiento y la pasión que afloran en estas críticas parecen indicar que Vargas Llosa considera al cine un arte mayor. Pero no es así. En un texto sobre John Huston, que publicó en la revista Cinemanía en 1997, señala que su afición "sigue intacta, y ha crecido, pues ahora veo tres o cuatro películas por semana, algo que no podía hacer de chico. Sin embargo, el cine no me ha parecido nunca algo demasiado 'serio', como me lo parecen los libros, sino un entretenimiento, que, aunque en algunos casos llega a ser genial, lo es siempre de manera efímera, como los grandes espectáculos de ilusionismo, en una pista de circo. Creo que los mejores cineastas son aquellos que, como John Huston, aceptan esta condición y ponen su talento al servicio de este modesto (pero muy difícil de alcanzar) empeño: contar bien una historia. (...) Lo típico del entretenimiento es que hace pasar un excelente rato y luego se eclipsa, sin inquietar la conciencia. Las películas que son eso, me gustan mucho, pero no toleraría una novela que se contentara con ser sólo eso. Así, no podría leer un western, pese a que, en la pantalla, es uno de mis géneros preferidos (¡viva John Ford!)".

Evidentemente, una opinión controvertida, difícil de compartir (de ahí que probablemente no se haya animado a leer a Cormac McCarthy, un excelente autor de westerns, en cuyas novelas se respira la épica de Ford y Peckinpah, así como el aliento mítico de Melville y Faulkner). Más aún, Vargas Llosa llega a decir en el mismo artículo: "En general, no soporto a los cineastas que se toman demasiado en serio y no se resignan, como John Huston o John Ford, a entretener y pretenden ser 'trascendentes', valerse de la cámara para revolucionar la moral, interpretar la historia o trastocar los valores. Eso está fuera del alcance del cine, género compuesto y mediatizado por su naturaleza industrial -su dependencia de la técnica y del presupuesto-, que merma su libertad, y sólo produce aburridas imposturas, como los engendros de Oliver Stone."

Este juicio nos causa extrañeza, sobre todo después de haber leído sus penetrantes y elogiosos comentarios cinematográficos, algunos de los cuales hemos rescatado líneas arriba. Después de todo, si Vargas Llosa se ha esmerado en resaltar los valores de El silencio de Bergman, Furtivos de Borau o Dantón de Wadja, ello se debe a que estas películas superan el nivel del mero espectáculo y se adentran en el misterio del alma humana con una fuerza y hondura semejantes a las que distinguen a las mejores novelas.