El fuego transgresor

Las claves de la narrativa de Vargas Llosa

Por Alonso Cueto

A Gonzalo Bustamante

Mario Vargas Llosa es el gran explorador de la maldad del poder. Ningún otro escritor ha hurgado con más minuciosidad y potencia en los contextos sociales que informan a los dictadores y los autoritarios del mundo. Nadie ha mostrado los extremos de humillación a los que llegan quienes se someten a los poderosos. Y nadie ha descrito como él la tensión que impulsa al rebelde, al insurgente, al contestatario frente al poder. Su obra es una meditación narrativa sobre la conducta de los seres humanos, enfrentados a los maleficios de la autoridad.

Es un tema apropiado para un escritor que busca romper los límites de lo real. Como la de sus personajes, la vida de Vargas Llosa ha estado signada por el movimiento. La casa donde nació el 28 de marzo de 1936, tiene rejas de madera, un jardincito delantero y una puerta flanqueada de columnas blancas. Cualquier turista puede verla hoy (Boulevard Parra, 101), relativamente cerca de la Plaza de Armas de Arequipa. Fue allí donde vivieron sus abuelos, don Pedro Llosa y doña Carmen Ureta, y de donde partió a la iglesia su madre Dora el día de su boda. Sin embargo, Vargas Llosa, quien ha visitado la casa varias veces, no tiene un recuerdo consciente de ella. Cuando tenía solo un año de edad, su familia viajó con él a Cochabamba donde iba a vivir durante los siguientes nueve años. En 1946 volvió al Perú, pero no a Lima sino al colegio de los Salesianos en Piura. Iría a Lima en 1947 solo para volver a Piura en 1952 y de regreso a Lima al año siguiente.

Antes de cumplir los doce años, ya ha vivido en cuatro ciudades y en dos países. A los veintidós años parte para radicarse en Europa. Los cambios de ciudades, de países, de lenguas en su vida anticipan los cambios de géneros y oficios. Aunque es un novelista de raza (quizá porque la novela es el género más esencialmente híbrido, el que más acepta las intrusiones de los otros), Vargas Llosa ha escrito numerosos y notables ensayos (sin duda es uno de los mejores ensayistas que conozco), libros canónicos de crítica literaria, y piezas de teatro. Ha incursionado también en un proyecto propio de las personas con vocación por el alto riesgo, el de ser candidato a la presidencia del Perú. El desafío y el peligro lo atraen porque suponen romper los límites, son vías de acceso al otro lado. Es por ello que su paleta como escritor es infinita. Todos los personajes de la galería de lo humano (desde Fonchito hasta el Jaguar) aparecen en sus libros. Otra señal de su vocación por el riesgo es su experimentación con el lenguaje. Es uno de los pocos escritores en el mundo que domina estilos diversos que con frecuencia fusiona y contrasta en sus novelas. No parece haber una zona de la vida o una forma del lenguaje cuyo interés le sea ajeno. Lo atrae la grandeza del espectáculo de la vida pero también las pequeñas miserias y los detalles conmovedores de la rutina. Es un cronista apasionado de los movimientos de multitudes y también de las dudas del gusano de la conciencia.

"Antes de escribir mis novelas trazo un itinerario para los personajes. Sin embargo, cuando empiezo a escribirlas, los personajes toman su rumbo propio y alteran el trazo previsto", contó en una entrevista. Sus personajes, como él, hacen un camino propio. La novela es un viaje sin ruta prevista. El novelista no es un viajero sino un explorador que entra en una selva o viaja por un río hacia el corazón de la oscuridad.

Como él, sus personajes se sienten bien cuando están al aire libre. A lo largo de su obra, hay grandes escenas en exteriores; las vastas llanuras por donde marchan los desposeídos dirigidos por el Conseilhero; las selvas y ríos de zancudos por los que navega Tushía; la noche de junio en la que un grupo de conspiradores espera el Chevrolet de Trujillo. El confinamiento físico es una señal perversa para sus personajes. Su primera gran novela La ciudad y los perros empieza en un interior sombrío (bajo el "resplandor vacilante" de un "globo de luz") y su relato es el de los sueños de los cadetes por salir del encierro. Luego descubrirán que la ciudad (y el destino que tienen en ella) es también una prisión.

La realidad es un encierro porque es la expresión del padre. En su autobiografía El Pez en el agua y en La Tía Julia y el Escribidor, Vargas Llosa ha relatado extensamente los abusos del padre durante toda su infancia y su adolescencia. El descubrimiento del padre supone la intrusión de la realidad en un mundo hecho de imaginación y fantasía. Puesto que la realidad bajo la forma autoritaria del padre es inaceptable, la subversión contra esa realidad, es decir la literatura, la novela, la creación de otra realidad, es urgente. La vocación que surge así de un acto íntimo de rebeldía; no solo es un acto de rebelión contra el padre sino contra la paternidad, la autoridad de la realidad. Para que la rebelión tenga sentido, deberá abarcar un territorio tan vasto como el de la realidad contra la cual se rebela. La novela por lo tanto debe ser una novela total.

El poder (político, social, familiar) puede ser definido como un exceso de realidad. Sus habitantes solo pueden definirse en relación con él. Lo detentan como Odría y Cayo o se someten a él como "Cerebrito" Cabral o son sus víctimas como Zavalita y Urania o lo manipulan como Balaguer. Algunos (Jaguar, el Conseilhero, Pantaleón) lo transgreden para formar a su vez su propio reino de poder. Todos están definidos por su relación con él. El poderoso es un creador. Fabrica un espacio y un tiempo suyos que se impone a sus súbditos. Solo otro creador, el artista, se le puede oponer creando una realidad y un tiempo alternativos.

El padre es el pecado original de la realidad y puede, como ella, tomar muchas formas. Trujillo, Odría, el Jaguar son figuras del padre. Pero la figura del padre es inseparable de la percepción del hijo. Antonio Imbert, Santiago Zavala, el poeta Alberto son representaciones del hijo. El hijo es precisamente un combatiente que busca reformular la realidad, desasirla de su pecado original, para rehacerla. Toda reformulación sin embargo es también una evasión. Todo acto de creación es un deicidio. Dios, el supremo padre, es el creador de la realidad, el gran rival. La narración no es un reflejo sino una impugnación de la vida.

Alberto y Zavalita albergan lo que Vargas Llosa en un artículo sobre Camus, llama el "vicio de la verdad". Quieren que se sepa que el Jaguar mató al Esclavo y que Ambrosio mató a Queca por orden de su padre. Como Flora Tristán, como Pantaleón, no aceptan las mentiras de las instituciones de la historia colectiva. El culto a la verdad es una característica del rebelde, del transgresor, es decir del individuo. El poderoso, como las instituciones sociales, oculta la verdad. Afirmación del individuo y negación de la realidad circundante, la transgresión es parte de la identidad moral del individuo.

Vargas Llosa siente una complicidad natural con los transgresores: Alberto, Fonchito, Antonio Imbert, Flora Tristán. Algunos de sus escritores preferidos como Sade, Bataille y personajes como Madame Bovary y Jean Valjean pertenecen a la raza de los transgresores. Los transgresores tienen el instinto del deicidio, son impugnadores naturales de la realidad. El transgresor niega la realidad al impugnar su forma más extrema, el poder. Pero la transgresión no es una identidad simple o unívoca. Si bien el Jaguar es un transgresor frente a las autoridades del colegio también es un ostentador del poder que se ve amenazado a su vez por otro transgresor, el poeta Alberto Fernández. El sargento Gamboa pasa de ostentar a cuestionar el poder. A diferencia de los cadetes, al igual que Pantaleón, Gamboa no conoce otro destino que el de la institución militar. Está atado a la institución que lo destruye. No tiene a donde ir.

Solo escapar del poder, como para Gauguin, es lograr el paraíso. La transgresión como paraíso es una de las ecuaciones de las historias de esta magistral obra narrativa.