Los duelos de la historia

La guerra del fin del mundo, de Mario Vargas Llosa. Es una de las novelas más ambiciosas de Mario Vargas Llosa y un desafío literario extremo solo comparable a las grandes novelas históricas del siglo XIX. El crítico Angel Rama la comparó -y razón no le faltó- con La guerra y la paz, de Tolstoi.

Por Peter Elmore

De la lucha a muerte que libran dos bandos de enemigos nacidos en un mismo país trata La guerra del fin del mundo (1981), la primera entre las novelas de Mario Vargas Llosa que no se sitúa en el Perú contemporáneo, pero que desde su publicación reverbera en éste con intensa pertinencia. Un conflicto armado en el Brasil de fines del siglo XIX es la materia densa y turbia de una de las novelas más ambiciosas de su autor: el escenario y la época, que a primera vista pueden parecer distantes, son en verdad el teatro de un drama inconcluso -el de la viabilidad de los estados nacionales latinoamericanos- y la ocasión de un desafío literario extremo -el de intervenir, con las armas de la ficción, en un terreno ya poblado de textos, entre los cuales resalta un libro crucial del canon brasileño moderno: Os sertões (1902), de Euclides da Cunha.

La acción de La guerra del fin del mundo discurre, fascinante y perturbadora, a lo largo de las cuatro campañas que entre noviembre de 1896 y octubre de 1897 lanzó, con encarnizada insistencia, la joven República del Brasil contra los rebeldes que en el interior bahiano seguían al profeta Antonio Mendes Maciel, llamado el Consejero. El pueblo de Canudos -al que, famosamente, Euclides da Cunha llamó "Troya de adobe"- se convirtió en el epicentro de una disputa entre visiones del mundo e idiosincrasias radicalmente opuestas. Fue, también, la fosa común de unas treinta mil personas. En un lado de la brega se hallaban los militares nacionalistas y revolucionarios, empeñados en transformar al Brasil de acuerdo a un credo secular, racionalista y moderno. En el otro, estaban los yagunzos de Antonio Conselheiro, devotos acérrimos de un catolicismo popular y arcaico, alimentado por leyendas mesiánicas y esperanzas milenaristas. La guerra del fin del mundo muestra, con diestros cambios del punto de vista y del foco de la representación, cómo los miembros de cada bando imaginan a sus adversarios. Incorpora también, mediante la narración escénica y la focalización interna, la perspectiva de aquellos que -por sensibilidad, convicciones o situación personal- se niegan a la intolerancia y ponen en cuestión las certezas absolutas de los contrincantes. Entre esos personajes insulares, que hacen más plural y complejo al mundo representado, están tanto el esperpéntico periodista miope como el escéptico y elegante barón de Cañabrava: no en vano el diálogo entre el intelectual y el aristócrata abre cada uno de los seis capítulos de la cuarta y última parte de la novela, pues esos interlocutores polémicos intentan explicar el sentido y la naturaleza de la guerra interna. Por motivos diferentes y de maneras distintas, ninguno de los dos acepta las simplificaciones letales de las facciones enemigas. Según los defensores de la nueva República, las huestes raídas de los rebeldes están al servicio del imperialismo inglés y de conspiradores reaccionarios. Por su parte, los yagunzos y su líder espiritual no dudan del origen satánico del nuevo régimen, a cuya fuerza armada llaman "El Ejército del Can". Un fuego cruzado de malentendidos y distorsiones precede al derramamiento de sangre y lo provoca: de un modo perverso, las ideas no sólo se hacen carne, sino que exigen una carnicería.

"Canudos no es una historia, sino un árbol de historias", sentencia el periodista miope. La guerra del fin del mundo, fecunda en peripecias y amplia en el registro de trayectorias humanas, confirma plenamente esa observación. La escala épica de los acontecimientos, la inquisición en una encrucijada del destino nacional y la profusión de biografías extremas e insólitas remiten a las grandes novelas históricas del siglo XIX: no temía exagerar el crítico uruguayo Angel Rama cuando señaló que La guerra del fin del mundo era comparable a La guerra y la paz, de Tolstoi. También el relato caballeresco y de aventuras, con sus vertiginosos cambios de fortuna y sus héroes audaces, deja sentir su impronta en la novela: esa presencia puede ser al mismo tiempo irónica y dramática, como en la extraordinaria escena del duelo entre el pistero Rufino y Galileo Gall, el anarquista y frenólogo escocés que confunde a Canudos con una utopía libertaria (anoto, de paso, un dato curioso: en 1898 Afonso Arinos opinó, en la novela Los yagunzos, que la sociedad autárquica de Canudos se parecía al supuesto "comunismo teocrático" de los incas).

A la seducción de las ficciones, a su capacidad de esclarecer la existencia propia y transportar a realidades alternativas, son sensibles seres tan disímiles como el periodista miope -que admira, con fervor, a Victor Hugo- o el fiero João Abade, conocedor apasionado de romances medievales -entre ellos, "La Terrible y Ejemplar Historia de Roberto el Diablo" -que la voz de los troveros mantiene vivos en el sertão de Bahia. El arte de contar se ilustra y celebra en las páginas de La guerra del fin del mundo, donde se conjugan la invención y el documento para recrear persuasivamente las vidas y los hechos de quienes -como vencedores, vencidos o testigos activos- participaron en el bautismo de sangre del nuevo estado. Paradójicamente, la ficción -que Vargas Llosa define como "mentira verdadera"- reivindica sus fueros en un texto que, por un lado, impugna las invenciones de la ideología y, por el otro, se cimenta en la relectura intensa de la vasta bibliografía sobre un episodio real del pasado brasileño.

En La guerra del fin del mundo, el narrador en tercera persona podría -como Dios o como sucede en numerosas novelas realistas del siglo XIX- saberlo todo acerca de todos sus personajes. El novelista, aunque le otorga amplios poderes, decide no concederle el privilegio de la omnisciencia: significativamente, un manto de silencio cubre los deseos íntimos, las emociones y los recuerdos de Antonio Conselheiro. La violencia organizada del estado borra del mapa a Canudos, pero la mente del fanático es un reducto enigmático, inquietante. Euclides da Cunha, a quien turbó también el misterio del predicador, escribió en Os sertões, que éste se había quedado "en las fronteras oscilantes de la locura, en esa zona mental donde se confunden héroes y criminales, reformadores brillantes y monstruos mezquinos, y se codean genios con degenerados". La guerra del fin del mundo no ofrece un diagnóstico sobre el líder de los yagunzos. En cambio, muestra con sobrecogedora nitidez la influencia de éste: el iluminado que profetiza batallas apocalípticas es, sin duda, uno de los causantes de que corran ríos de sangre.

En la trama, una simetría fatal acerca a los adversarios. Así, por ejemplo, el militar revolucionario Moreira César no es menos inflexible ni está menos convencido de poseer la verdad absoluta que Antonio Conselheiro. El fanatismo engendra gemelos inesperados. En otro plano, que abarca tanto al pasado y al presente como a la historia y la escritura, el Consejero tiene su contraparte en el novelista: el instrumento de ambos, la fuente de su autoridad, es la palabra. Esa condición no los iguala, pero sí los vincula en un duelo tácito sobre los usos y abusos de los signos, sobre la responsabilidad de quien se dirige a otros o interpreta sus mensajes. El profeta se expresa en sermones: su palabra es siempre la última y no admite la duda. El autor de la novela, en contraste, dialoga con las versiones previas del drama de Canudos y, para averiguar el sentido del conflicto, pone en escena las voces múltiples y las posiciones encontradas de los actores. Con maestría e intensidad, La guerra del fin del mundo recuerda en un tiempo de crisis que los fantasmas del pasado latinoamericano no callan y que la historia es todavía -como dice Stephen Dedalus en el Ulises, de Joyce- una pesadilla de la que no podemos despertar.