Historias vivas

El teatro de Mario Vargas Llosa

Por Luis Peirano

"No quiero ya ser escritor
ni poeta ni gran doctor
ahora quiero ser actor..."
Mario. Vargas Ll. 2º "A".

Mario Vargas Llosa está cumpliendo sus deseos de niño, expresados en el quinto terceto de su poema Locuras, que escribiera cuando cursaba el segundo año de media en el Colegio La Salle. Lo ha hecho actuando en varios escenarios, teatralizando en el espectáculo La verdad de las mentiras algunas piezas maestras de la narrativa universal. Más recientemente ha ampliado su trayectoria encarnando el papel de Odiseo, acompañado otra vez de la actriz Aitana Sánchez Gijón en el papel de Penélope, en su propia versión del poema homérico que narra las aventuras de Ulises en su camino de vuelta a Ithaca. Y tiene varios proyectos más para la escena.

La relación de MVLL con el teatro es muy antigua en su historia personal y así nos lo ha hecho saber cada vez con mayor desenfado. En las primeras líneas del breve pero contundente prólogo que reúne sus primeras cinco obras de teatro nos dice: "Si en la Lima de los años cincuenta, donde comencé a escribir, hubiera habido un movimiento teatral, es probable que, en vez de novelista, hubiera sido dramaturgo. Porque el teatro fue mi primer amor.".

Prueba de su vocación adolescente había sido sin duda La huida del Inca, escrita nada menos que en el Colegio Militar y que se estrena poco tiempo después en Piura con gran movimiento de gentes e instituciones. "Viajé con La huida del Inca bajo el brazo", recuerda el autor, para poner mayor énfasis en su interés por su opera prima.

Durante muchos años, sin embargo, no se le conoce ninguna otra actividad vinculada con el teatro, salvo la de entusiasta espectador. A propósito de sus estrenos, MVLl ha confesado, verbalmente y por escrito, el impacto que le causó ver en el Teatro Segura de Lima La muerte de un viajante de Arthur Miller hecha por la compañía argentina de Francisco Petrone. La posibilidad de mezclar tiempos y espacios en un solo relato vital directo e inmediato debe haber sido importante estímulo a su creatividad narrativa. Su amistad y admiración por Sebastián Salazar Bondy fue también importante, porque SSB decía también que hubiese querido ser actor y, de hecho, fue no solo dramaturgo sino un amador cabal del teatro, sorprendente en los gestos y manifestaciones de su amor.

Estrenos en el mundo

Su aparición formal como autor de un texto puesto en escena fue con la versión de Los cachorros, que hicimos en el Teatro de la Universidad Católica con Alonso Alegría en 1970. La versión tuvo tanto éxito que el TNP repitió la experiencia en un nuevo montaje y el Teatro del Sol hizo su propia versión con los lamentablemente desaparecidos Pipo Ormeño y Beto Montalvo. Suficiente estímulo para que siguiera escribiendo para la escena. A los pocos años nos leyó La señorita de Tacna, que era una pieza que combinaba la fuerte presencia de un narrador con exigencias mayores para la actriz que tomara el rol protagónico. La estrenó en Buenos Aires Miguel Alfaro, protagonizada por Norma Aleandro, y giró por muchos escenarios hasta llegar a Lima donde se presentó en el Teatro Marsano. Le siguió Kathie y el hipopótamo estrenada en el Festival del Teatro de las Naciones en Caracas, siempre con la dirección de Miguel Alfaro. En cada caso discutimos con los amigos de ENSAYO nuestro interés por montar sus obras pero no fue sino hasta 1986 que pudimos hacerlo con el estreno mundial de La Chunga, muy pocos días antes de que sucediera lo mismo en Nueva York, con el grupo INTAR. A los pocos años estrenó en Londres El loco de los balcones y en Lima más recientemente bajo la dirección de Alonso Alegría. La última obra incluida en el volumen de su Teatro Completo es Ojos bonitos, cuadros feos que fuera escrita originalmente para la radio y tuvo su estreno teatral por ENSAYO en 1997. Todas estas obras se han dado en escenarios diversos a lo largo de los últimos años.

Adaptaciones y balance

Soy testigo privilegiado del interés, el gusto y el vínculo visceral y protagónico de MVLL con el teatro. Como quiera que el centro de su creación está en el arte de contar historias y en ellas produce situaciones muy bien definidas y con frecuente uso del diálogo, buena parte de sus relatos y novelas han merecido también la atención de gente de teatro, y de cine, para hacer adaptaciones. La ciudad y los perros y Pantaleón y las visitadoras tienen varias adaptaciones teatrales y muy pronto se verá en Lima la versión hecha por Jorge Alí Triana de La fiesta del Chivo que viene precedida de estupendas críticas.

Cuando en plena madurez Vargas Llosa vuelve a sus orígenes teatrales lo hace obteniendo un resultado distinto y en ocasiones controvertido. Hay quienes cuestionan su eficiencia como dramaturgo, comparándola con la del novelista. Es cuestión tanto de gusto como de conocimiento, pero sus propuestas teatrales tienen siempre la carga feliz de quien quiere contar una historia relevante y ofrece elementos vitales para la experiencia teatral que el público recoge con interés y apasionamiento. Muy pocos dramaturgos pueden exhibir tantos títulos estrenados con éxito en tan poco tiempo.

La memoria y la manipulación creativa de los recuerdos, de los sueños, de las pulsiones de todo tipo que nos agobian y entretienen en la vida son parte sustancial de su trabajo creativo. El impulso de síntesis -de presente continuo- que exige el escenario, es el resultado de un oficio que el autor ha ido puliendo detenidamente, primero como lector y espectador de teatro, luego como escritor, y más recientemente como actor. Ya se anunció su interés en un espectáculo teatral inspirado en Las mil y una noches. Y es de esperar que no se detenga en su vocación por entrar cada vez más en el mundo cautivante y maravilloso del teatro.