Las "otras" novelas de Vargas Llosa

Por Melvin Ledgard

Si Mario Vargas Llosa hubiera publicado solamente sus libros de los años sesenta, aquellos aparecidos entre cuando tenía 26 y 33 años, sería suficiente para que hoy sea considerado un clásico. Los finales de obras como La ciudad y los perros, La casa verde, Los cachorros y Conversación en La Catedral terminaban por moverle el piso a cualquier lector peruano sensible a partir de una literatura que le cuestionaba, sin concesiones, el orden de las cosas en un Perú en el que terminaba por sentirse incómodamente inserto. Justamente por eso, en un principio, resultó extraño, a los lectores que ya había conquistado, dar el salto al humor y los aspectos caricaturescos que respondían al espíritu socarrón y lúdico de Pantaleón y las visitadoras (1973) y La tia Julia y el escribidor (1977). En Pantaleón. la voluntad de encontrarle un rol al humor y "tomarse menos en serio", no evitaba que la obra interactuara de algún modo con la coyuntura histórica: ridiculizar el lenguaje castrense utilizado para comunicarse entre soldados de diferente rango o para hacer informes logísticos no podía ser un acto inocente cuando el Perú vivía la primera y más radical fase de un gobierno militar donde todos estaban familiarizados con el tono severo del cuartel a nivel de "comunicados a la nación". La tía Julia y el escribidor, entonces, fue otro paso adelante en el camino de hacer literatura por hacer literatura. Esta novela es la predilecta de muchos lectores extranjeros, al punto que hay quienes conocen al autor sobre todo por ese libro. La tía Julia. utiliza elementos autobiográficos sin drama o sin contexto de trascendencia nacional y apunta sobre todo a una reflexión sobre el poder de imaginar y el talento para relatar, a pesar de que los mencionados elementos autobiográficos le otorgan al personaje el propio apellido y vivencias inspiradas en algunos hechos muy concretos de unas vidas muy reales.

De su producción novelística posterior es recurrente que haya críticos que destaquen sobre todo La guerra del fin del mundo (1981) y La fiesta del chivo (2000), cada una publicada al inicio de una década y dos novelas que ya desde su laborioso ensamblaje en base al punto de vista de múltiples personajes y el alcance de sus temas, verdaderos tours de force por la historia de Brasil y República Dominicana, apuntaban a materializarse en textos de gran envergadura. Sin embargo, entre ambas hay una media docena de novelas publicadas en la década de los ochenta y los noventa, todas con protagonistas peruanos y ambientadas, por lo menos para una parte sustancial de la acción, en alguna parte del Perú, pero donde las teorías sobre los demonios del escritor, "la verdad de las mentiras" y el atribuir a la imaginación el poder de trastocar vidas, son los temas verdaderamente centrales.

Quizá esto se note menos en las novelas vinculadas, vía los escenarios regionales o el personaje de Lituma, al "magma" de La casa verde, ciertamente la más imaginativa y más alejada de la experiencia vivida, pero en ningún sentido menos admirable, de todas sus novelas de los años sesenta. En ¿Quién mató a Palomino Molero? (1986) , El hablador (1987) y Lituma en los Andes (1993), la costa norte, la selva y la sierra, no se limitan a proveer una ambientación útil para ahondar en cuestionar aspectos criticables de la sociedad peruana, sino que, en todas ellas hay, más bien, un cuestionamiento al hecho de juzgar todo bajo los parámetros de la crítica social: un crimen aparentemente político puede tener una causa patológica (¿Quién mató a Palomino Molero?), crear una red de cuentistas entre pueblos nómadas puede darles razones para sobrevivir y renovarse (El hablador) y el amor es también una alternativa válida a las inclinaciones tanáticas que de pronto descubren un lado inimaginablemente oscuro de nuestras comunidades indígenas de las alturas (Lituma en los Andes).

Sin tantos rodeos y suspenso con detalles ocultos, el rol central de la imaginación se expone de manera más abierta en el díptico, que aparentemente no tardará en convertirse en tríptico, de Elogio de la madrastra (1988) y Los cuadernos de don Rigoberto (1997). Vale señalar aquí que, sin embargo, más que los juegos de Rigoberto y Lucrecia que dominan ambos libros, nada se compara al potente contraste entre Rigoberto y su hijo Fonchito en el primer libro, donde la dinámica establecida entre los dos personajes supera ampliamente al recurso de comentar pinturas famosas que más que la fiesta de erotismo e imaginación que intenta ser, deja notar las costuras con las que se quiere ir armando la estructura de una novela de forma menos tradicional. Más bien es donde la trama fluye de manera trepidante, en las escenas en que Fonchito destruye todo lo que su padre busca preservar o construir, a través de un perverso juego de seducción, donde se impone el buen oficio del narrador, así como el carácter amoralmente travieso del libro. Es cuando Vargas Llosa se deja llevar por el contar una trama en base a la acción que sus excentricidades surgen de manera espontánea, atrapándolo a él mismo en el ritmo acelerado de un argumento. Entonces es difícil pensar en otro escritor peruano que sepa dosificar tan bien la intriga y contar bien una historia.

Si uno toma Historia de Mayta (1984) -un libro muy cargado de ideología y melodrama, donde el mensaje que debería desprenderse de la acción está más bien expuesto y subrayado- uno se introduce al tono ensayístico de Los cuadernos de don Rigoberto o a el de El paraíso en la otra esquina (2003). Son siempre los pasajes narrativos más puros, bien ilustrados por el capítulo inicial y el final de Historia de Mayta, donde aún resplandece el Vargas Llosa de las novelas llamadas "menores", aquel que nos cuenta una historia cuya intriga hace que uno no pueda interrumpir la lectura, sin sentir que el autor juzga a cada momento a su personaje. Así nos podemos interesar en el masoquista que persigue a una arribista que no lo merece, el de Travesuras de la niña mala (2006). Ese eficiente fabricante de tramas que nos seducen es el Vargas Llosa que prefiero celebrar.