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El sueño de un Woodstock criollo

<strong> Uno de los pasajes más negros de la música en el Perú ocurrió un 10 de diciembre de 1971 cuando el gobierno militar de Velasco censuró el concierto que iba a ofrecer Santana en el estadio de San Marcos. Entre los jóvenes de la época había gran expectativa por escuchar en vivo al grupo que conquistó Woodstock y venía con seis toneladas de instrumentos y vestuario en 91 cajas. Un espectáculo que a todas luces prometía ser inolvidable. </strong> <img alt="santana4.JPG" src="http://blogs.elcomercio.pe/huellasdigitales/santana4.JPG" width="480" height="284" class="mt-image-center" style="text-align: center; display: block; margin: 0 auto 20px;"/>

Uno de los pasajes más negros de la música en el Perú ocurrió un 10 de diciembre de 1971 cuando el gobierno militar de Velasco censuró el concierto que iba a ofrecer Santana en el estadio de San Marcos. Entre los jóvenes de la época había gran expectativa por escuchar en vivo al grupo que conquistó Woodstock y venía con seis toneladas de instrumentos y vestuario en 91 cajas. Un espectáculo que a todas luces prometía ser inolvidable.

santana4.JPGSi alguien revisa lo que era en 1971 el grupo Santana Blues Band, o sencillamente Santana, descubrirá que estaba en una etapa de máxima creatividad.

Los veinteañeros se habían presentado en el mítico festival de Woodstock en 1969, y ese mismo año lanzaron el disco “Santana” con hits como “Soul Sacrifice”, “Jingo” o “Evil Ways”. En 1970 entregaron “Abraxas”, álbum que acentuaba la fusión del rock y los ritmos afrolatinos.

En 1971 ya tenían en sus manos “Santana III”, cuyos temas “Everybody’s Everything” y “Everything’s Coming Our Way” los convirtieron en ídolos del momento. Así, Carlos Santana y su gente llegaron al aeropuerto Jorge Chávez el miércoles 8 de diciembre. El 11 debían tocar en el estadio de San Marcos.

Primeros pleitos

Días antes, en el estadio sanmarquino, una protesta de miembros de la Federación Universitaria de San Marcos (FUSM) repudiaba el espectáculo, que ya estaba confirmado. Las entradas estaban agotadas cuando los músicos pisaron tierra peruana.

Los medios de prensa anunciaron que eran 5 millones de soles lo recaudado. Todo parecía bien, pero una mala señal fue que, para el jueves 9, la Prefectura de Lima aún no daba el permiso definitivo.

El prefecto, coronel Guido Benza, admitía que tenía la solicitud, pero que esperaba órdenes superiores del Ministerio del Interior. El comunicado de censura no se haría esperar. En tanto, el grupo en pleno tuvo que ir de ‘invitado’, ese mismo jueves, a las instalaciones de Seguridad del Estado de la Policía de Investigaciones del Perú (PIP).

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Pero esa visita duró todo el día. Era obviamente una detención. Las versiones más alentadoras insinuaban que Santana tocaría ya no en San Marcos, sino en el Estadio Municipal de San Isidro.

La presión provenía por un lado del Gobierno y, por el otro, de los radicales de izquierda sanmarquinos, que atacaron las instalaciones de su propio estadio, quemaron un auto y abrieron los grifos de la cancha para inundarla.

La universidad publicó, el viernes 10 en el diario El Comercio, un comunicado en el que responsabilizaba de los actos vandálicos a “un pequeño grupo de pseudodirigentes de la llamada FUSM”, y señalaba que la mayoría de sanmarquinos aprobaba el espectáculo.

La censura

Nunca se supo si los radicales de entonces y el Gobierno militar confabularon concertadamente, pero lo cierto fue que el viernes 10 ya todo estaba consumado. En las arengas de censura cundía una rara mezcla de nacionalismo y apelación a las ‘buenas costumbres’, y hasta el vals criollo fue argumento para oponerse a la música de Santana.

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Los jóvenes empresarios que se arriesgaron a traer a los músicos, los hermanos Jorge y Peter Koechlin, fueron detenidos también en la PIP, y nada pudieron hacer frente a un comunicado oficial del Ministerio del Interior que, repleto de autoritarismo, confirmaba que el viernes 10 toda la banda fue conducida desde la prefectura hacia el aeropuerto para que tomara el primer avión de regreso.

Carlos Santana no declaró nada y su paradero final sería Los Ángeles. El grupo recién recibió una explicación de los organizadores cuando estaban de paso por Miami. Los hermanos Koechlin informaron que perdieron 2’800.000 soles con la cancelación del concierto y remarcaron que la banda no había venido a hacer política, sino música.

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El espectáculo tenía los permisos de la Municipalidad de Lima, el Ministerio de Educación y el Instituto Nacional de Cultura, pero de nada sirvió. El dinero fue devuelto a los fans a partir del martes 14.

Algunos románticos no pidieron la devolución y prefirieron quedarse con la entrada de un concierto que no pudo ser.

Los peruanos debimos esperar hasta el 21 de julio de 1995 para ver tocar a Santana, pero no en el estadio de San Marcos, sino en el querido Estadio Nacional. Fue apoteósico.

(Carlos Batalla)
Fotos: Archivo Histórico El Comercio

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