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No soy (ni quiero ser) una mamá perfecta

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Vivimos rodeadas de imágenes que nos muestran qué es lo que se espera de nosotras como mamás: mujeres felices, bien arregladas, siempre dispuestas a cumplir con las demandas de nuestros hijos, a tener metas personales y lograr un balance entre la vida dentro y fuera de casa.  Todo esto en un entorno de comprensión y mucha, muchísima, paciencia.

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Pero la verdad es que estás cansada. Podrías quedarte dormida en donde sea que estés en este momento. Claro que ese es un lujo que tendrás que reservar únicamente para la noche; pero ya hiciste planes para después de que tu hijo se vaya a dormir; sin embargo, apenas lo hace, te das cuenta de que estás demasiado cansada y te quedas también profundamente dormida. Eso solo significa que al día siguiente tendrás aún más cosas que hacer.  La responsabilidad te pesa e incluso dudas de si realmente lo estás haciendo bien.

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“Todas estas mamás están en Pinterest haciendo su propio jabón y golosinas en forma de renos, y yo estoy como “me duché y mantuve a los niños vivos”"

 

Todos parecen tener una opinión sobre qué es lo que deberías hacer y, en este punto, es probable que estés más preocupada en satisfacer a los demás que en hacer lo que genuinamente te parece adecuado. Sin embargo, preocuparnos por lo que los otros piensen de nuestro estilo de crianza, nos lleva a experimentar una maternidad menos agradable y más estresante, lo que no es bueno para nosotras ni para nuestros hijos.

Como padres, vivimos buscando ser como nos han dicho que “deberíamos” ser. Sin embargo, lo irónico es que en la búsqueda de esta perfección, es menos probable que actuemos con eficacia, ya que cuando nos enfrentemos a estos retos que trae consigo la paternidad, las madres con menos confianza y bajo más estrés serán las que más rápido se rindan. En otras palabras, cuando dudas de ti misma y te sientes crónicamente estresada por tu método de crianza, es más difícil ser sensible, cálida y consistente. Digamos que, en esas circunstancias, estamos más propensas a gritar si se chorreó el jugo en el sillón, si nuestro hijo se comió la plastilina o si no se duerme después de haberle leído toda la colección de cuentos de Peppa Pig.

En realidad, esa falta de confianza convierte cualquier pequeña decisión en un suplicio. La autoestima se resiente y eso solo nos puede llevar a emprender acciones ineficaces y contradictorias, que retroalimentan la visión negativa que podemos tener de nosotras mismas. Y lo que en principio debía ser una gran experiencia a disfrutar, se acaba convirtiendo más bien en un sufrimiento continuo. ¿No será, entre otras cosas, que nuestras expectativas eran demasiado elevadas al inicio?

Me parece que, a veces, la creencia general es que solo hay una manera de ser buena madre, y que si te equivocas dañarás a tu hijo de forma irremediable. Culpa, culpa y más culpa.

Es con estos referentes idealizados en mente que nos enfrentamos a lo que realmente es la maternidad, un proceso único para cada una que se da bajo un constante ensayo y error, delimitado únicamente por nosotras, nuestros hijos y nuestra propia dinámica.

Hace poco pude hablar precisamente de este tema con Milagros Sáenz y Stella Santivañez, autoras del libro “Ser madre y sus dilemas”, el cual, a través de un estudio histórico, han podido dar cuenta de que el instinto materno y el amor maternal, lejos de ser características innatas de las mujeres, son una creación sociocultural que nos pone estándares muy altos para poder considerarnos “buenas madres”. Mediante una clasificación, ellas nos cuentan sobre los estilos de madres que han encontrado actualmente: las fundamentalistas, las beatas, las moderadas y las liberadas. ¿Te identificas con alguno?  ¡Les dejo el video!

Mi mejor consejo sería que no te preocupes por las cosas pequeñas. Recuerda que el panorama completo es lo que importa. Ten en cuenta que lo que otras madres publican en Facebook puede no representar la realidad de su experiencia de crianza y recuerda que el mejor regalo que te puedes dar a ti misma y a tus hijos podría ser el permiso de ser imperfectas.

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