Soy peruana por convicción

Foto: Archivo El Comercio
Vine al país cuando tenía 7 años. Apenas llegamos, en febrero, mi padre nos preparó para el comienzo de clases. ¿Cómo? Simple: durante todo el verano nos llevó todas las semanas a recorrer un museo diferente, el Museo de Antropología, el Museo del Oro, la Inquisición, etc. Cuando empezamos clases en abril, ya conocíamos más historia peruana que los peruanos y se los garantizo: conocíamos más museos que los peruanos (lástima, ¿no?).
El primer año no fue fácil, pero nos adaptamos cual camaleones. Cuando pasé a media (llegué en segundo de primaria) nadie, a no ser que yo les dijera de dónde era, podía decir que yo no era peruana. Yo era mazamorrera y anticuchera. Después del primer año de clases, mi papá nos llevo a recorrer el Perú durante el verano. Salimos de Lima y no paramos hasta llegar a Puerto Pizarro, haciendo un pequeño desvió hacia la selva. Curiosamente cuando volví a clases y la primera lección fue redactar lo que habíamos hecho durante las vacaciones, yo no solo conocía los museos sino también conocía más el país que muchos de mis compañeros.Así, el Perú se fue metiendo en mi corazoncito y así lo defiendo. Pero claro está, soy consciente de nuestros defectos como dejar todo para mañana o pasado, nuestra terrible impuntualidad, nuestros “sí, pasa por la casa”, “sí, paso por la tuya” y “mañana de todas maneras lo tengo listo”. Nunca dicen (y no me incluyo porque esa mala costumbre no la aprendí) qué mañana será, tranquilamente puede ser la mañana de la semana que viene o del año que viene. Siendo mis padres extranjeros y viniendo de un país donde la puntualidad es un ‘MUST’, no me acostumbré nunca a ese ‘mañana’ o a que si me decían ven a las 7 p.m., era en realidad a las 9 p.m. Yo siempre llegaba primero a todas las fiestas y reuniones, solo llegaba tarde cuando la mamá de mi amiga me llevaba. Pero a pesar de todo esto, me adapté.
Graciosamente nunca pude obtener la nacionalidad peruana. Me fui antes de poder hacerlo y luego perdí hasta mi residencia. Irónicamente me volví americana y curiosamente el señor que me tomó el examen de residencia era peruano.
-El pisco es peruano-, me dijo
-Efectivamente, el pisco es peruano-, le respondí
-Pero ¿tú eres peruana?
-Sí, claro. No oficialmente, pero sí-. Miró mi pasaporte y se rió.
-Hablas como peruana, los defiendes.
-El nacer en un país u otro es solo cosa de un accidente. Yo elegí ser peruana.
Hoy por hoy mi hija me salió más peruana que mandada a hacer. Tiene 17 años y su plato favorito es el lomo saltado, muere por la papa a la huancaína y adora el helado de lúcuma, los besos de moza y las Doñas Pepas. Y siempre dice con mucho orgullo: “Mi papá es francés y mi mamá es peruana”. Aunque ella sabe que yo no nací en el Perú, también sabe que lo adopté y por eso puedo decir orgullosamente Yo también me llamo Perú.
El Perú es un país que podría vivir solo del turismo. Es el único país que puede sobrevivir solo por sus recursos naturales. Tiene costa, sierra y selva. Éramos y podríamos volver ser los primeros productores de harina de pescado, de algodón y de pisco. Despertemos y gritemos orgullosos ¡¡Yo también me llamo PERÚ!! Y no porque nací allí, sino porque me siento orgullosa de ser peruana.
Carolina C.
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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