La travesía

Hace 2 años y medio que vivimos en Sydney pero aún recuerdo como si fuera ayer los días previos al viaje, la triste despedida y la aventura del mismo. Ahora que miro hacia atrás me da un poco de risa todo lo que pasamos y hasta lo considero anecdótico, pero debo admitir que cuando lo vivimos no nos pareció nada divertido.
Días antes del vuelo, tanto mi esposo como yo nos enfermamos (una infección estomacal). Resulta que entre despedida y despedida comimos algo que nos cayó mal. Primero caí yo, unos 5 días antes de viajar estaba tendida en cama sin poder hacer nada y comiendo lo poco que mi organismo aguantaba; para esto debo confesar que no teníamos las maletas hechas (aunque ya teníamos la lista de cosas que llevaríamos), y mi querido esposito decidió esperar a que me sintiera mejor para hacerlas juntos (ya que me conoce tan bien que sabe que si él las hace solo, pues fácil yo las deshago y las vuelvo a hacer). En fin, cuando yo ya me sentía un poco recuperada, pero aún sin muchas fuerzas, mi esposo se enfermó, pero esta vez mucho peor que yo, estaba con fiebre, vómitos, no podía comer nada, y mucho menos hacer nada (y solo faltaban 3 días para viajar). Yo aún un poco enferma trataba de organizar las cosas que llevaríamos, labor que parecía imposible de hacer en solo 3 días, sola y débil por la enfermedad.Creo que amerita también explicar que nuestras maletas eran unas “señoras” maletas, ya que nos habían dicho q podíamos llevar 2 piezas cada uno de hasta 25 kilos cada pieza (incluso más) y 7 kilos (¿o eran 10?) de equipaje de mano cada uno. En resumen, ¡era un montón! Entonces se imaginarán que si no empacamos el televisor, la refrigeradora y otras cosas fue porque no cabían (aunque ganas no me faltaron), con decirles que me traje una plancha, juego de cubiertos, juego de sábanas y hasta un minipimer entre otros.
Pero regresemos a los días previos al viaje. Era sábado por la tarde (a menos de un día de viajar) y mi esposo seguía fatal, y por simple terquedad no quiso cancelar una despedida que teníamos organizada con varios amigos en un lugar barranquino. Como se podrán imaginar, irse a bailar un día antes de un viaje tan largo y encima enfermo no fue muy buen remedio y terminó empeorando. Temprano en la mañana fue corriendo al doctor a ver si le hacía algún milagro, pero nada de eso sucedió. Mi mamá organizó un desayuno de despedida al que fueron todos menos nosotros porque las benditas maletas aún no estaban listas y mi esposo no podía comer nada pesado.
Al final, llegó la hora de partir rumbo al aeropuerto. Mientras mi hermano conducía, yo ya sentía un nudo en la garganta, miraba por la ventana del carro a la distancia cómo desaparecía la casa en donde había vivido casi toda mi vida, y por la Costa Verde veía el mar con nostalgia y pensaba que pronto lo vería desde el otro lado del mundo. A todos estos pensamientos se sumó el hecho de que recién caía en cuenta que sabíamos muy poco del destino al que nos dirigíamos, y que tampoco teníamos amigos ni familia en esta ciudad. Solo contábamos con nosotros mismos, nuestras ganas, nuestra energía, y el correo electrónico de un amigo de un conocido de mi esposo. Es decir, a pesar de venir con visa de residentes, nos veníamos un poco a la aventura.
En fin, llegamos al aeropuerto y registramos las maletas quedándonos solo con el equipaje de mano, que consistía en una guitarra eléctrica, 2 mochilas súperpesadas, un maletín de esos de rueditas que a las justas cerraba de tantas cosas que le metimos, una bolsa de plástico con galletas de soda para el viaje, y un libro en mano. Eran un montón de cosas que íbamos cargando mientras empezábamos nuestra caminata hacia la puerta de embarque, cuando escuchamos por el altavoz nuestros nombres, era la última llamada y nosotros los últimos pasajeros, ¿se imaginan? Estábamos a punto de perder el avión, así que empezamos a correr como pudimos, arrastrando las cosas, mientras el celular no paraba sonar en todo el camino (era mi papá tratando de avisarnos lo que ya habíamos escuchado).
Finalmente entramos al avión. Ya se imaginarán la cara de todos los pasajeros al vernos llegar con tamaño equipaje de mano y encima siendo los últimos (no los culpo). Lo que siguió después fue otra odisea, tuvimos que cambiar de avión 2 veces (una en Santiago y otra en Auckland) y lo peor fue que la comadre de Lan en Chile que debía darnos los boarding tickets, se olvidó de darnos los de Auckland, y nos dijo que no teníamos que cambiar de avión allá. Lo terrible fue en Auckland, cuando dijeron que todos teníamos que bajar pero aquellos que no hacíamos cambio de avión podíamos dejar las cosas, así que nosotros confiando en la comadre de Lan nos bajamos y esperamos para embarcar. Grande fue la sorpresa cuando íbamos a embarcar y no teníamos los boarding tickets y peor cuando nos dijeron que ese no era nuestro avión. Tuvimos que sacar todas nuestras cosas, ¿se imaginan lo que es salir de un avión con un montón de maletines mientras todo el mundo esta entrando también con un montón de maletines?
Una vez terminado el viaje, fuimos a migraciones y nos dimos con la ingrata sorpresa de que necesitábamos la vacuna contra la fiebre amarilla, y es que todo aquel que venga de América del Sur o África debe traer consigo el certificado de esta. Nosotros no teníamos ni idea de esta norma (no faltará alguno que me diga que somos unos desorganizados por no saber esto, pero así pasa cuando sucede). Yo trataba de explicarle al muy amable oficial de migraciones que nosotros habíamos vivido toda nuestra vida en el Perú y nunca necesitamos de la bendita vacuna, a lo que él me respondió muy amablemente “justamente por eso, porque han vivido allá necesitan la vacuna” y muy amablemente también, lo vi llamar a 2 oficiales para que nos escoltaran a otro sitio. Ya para esto, estábamos cansadísimos, y mientras caminábamos por los pasadizos vimos un cartel que decía “Cuarentena” ¡Horror! En ese momento me vino a la mente la imagen de un cuarto enorme lleno de camillas con cientos de enfermos en ellas y nosotros allí encerrados por 40 días, ya se imaginarán cómo todas estas ideas se me iban viniendo y para colmo de males mi esposo estaba con fiebre y encima su rostro estaba medio amarillento, “ohhh noooo, nos van a encerrar” le decía, mientras caminábamos. Hasta que por fin llegamos a la bendita oficina de cuarentena donde una señora (también muy amable) nos hizo firmar un montón de documentos y comprometernos a que si sentíamos algún síntoma iríamos a un hospital de inmediato.
Después de este incidente, fuimos a recoger nuestras maletas, las cuales decidieron irse de paseo por algún país asiático ya que no las encontramos (y hasta ahora agradezco que se hayan desviado en su camino, que no tuviéramos que cargarlas hasta el hotel y que la aerolínea las llevara 2 días después) y salimos finalmente del aeropuerto. ¡Por fin! Habíamos llegado a nuestro destino, un poco maltrechos pero enteros al fin y al cabo. Desde ese momento hasta ahora ya han pasado muchos meses y varias cosas, anécdotas, historias, recuerdos muy bonitos otros no tanto, amigos nuevos, amigos que se fueron, etc. que algún día contaré con mucho gusto si así lo desean.
Y ustedes, ¿han tenido algún viaje lleno de tantos contratiempos?
Jessica Martínez A. (Sydney – Australia)
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