Mis amigos y mi barrio

Ya no nos vemos tan seguido como quisiéramos, pero cuando lo hacemos retomamos la conversación donde la dejamos y nos ponemos al día sobre lo que pasa en el barrio que dejamos ya hace muchos años.
Somos como treinta familias -solo en Los Ángeles- que en la década del 80 emigramos hacia el norte. Todos nacimos y crecimos en un populoso barrio en el corazón de La Victoria. Todos hijos de obreros y pequeños comerciantes provincianos que por más empeño que ponían en el trabajo, les era muy difícil sacar a la familia adelante. Nuestra historia cambió cuando un antiguo vecino del barrio que tuvo la suerte de viajar de muy joven por muchos países de América como cocinero de un embajador, ayudó a uno de los habitantes del barrio a llegar a México. Él, por experiencia, sabía dónde, cómo y a quién solicitar una visa en los países del norte. Lo primero que debíamos hacer era ir a Ecuador y de allí seguir, por tierra, aire o mar, país por país, hasta llegar a México, la meta para todos nosotros. El viaje nos tomaba entre dos y cuatro semanas a comienzos de los ochenta. Pero debido a la falta de dinero, extravíos y conflicto en Centroamérica, llegó a tomarnos entre tres y seis meses a finales de la década. Esta aventura la realizábamos casi siempre en parejas, éramos todos jóvenes y solteros y salíamos con la esperanza, la bendición y los ahorros de nuestras familias. En esos tiempos, todo el viaje costaba entre mil y mil quinientos dólares, todo incluido. Y es que tratábamos de economizar en todo, comíamos en los mercados de cada ciudad, nos hospedábamos en las posadas más baratas y siempre tratábamos de hacer amigos en cada país. Tengo que reconocer que la gente de nuestra América Latina generalmente brinda amistad y hospitalidad al viajero. Yo estudié en el Senati de Lima. Egresé en 1975 con el título de Mecánico Matricero, o sea, un técnico con la capacidad de diseñar y construir moldes para la producción metalmecánica usando todo tipo de maquinarias industriales. Por aquellas épocas, en el Senati no le pedían secundaria completa a sus postulantes, pero ello no quiere decir que por ese motivo la enseñanza era mediocre. Tuvimos instructores dignos del reto. Cada egresado era un ejemplo de conocimiento tecnológico y destreza manual. Muchos, alentados por los profesores, decidimos terminar nuestra educación secundaria y aspirar a la universidad. Mientras trabajaba en fábricas terminé la secundaria en la GUE Alfonso Ugarte y luego ingresé a la universidad a comienzos de los ochenta. Mientras trabajaba y estudiaba tuve poco apoyo de mis jefes en el trabajo y un día, después de un reclamo laboral, me despidieron. Mi compensación después de cuatro años de trabajo fue de 700 dólares que tuve que pelear con mi ex patrón en el Ministerio de Trabajo. Los continuos apagones y ataques terroristas en Lima, la falta de trabajo y las cancelaciones de clases en la universidad me convencieron de emigrar.
Es así que a mediados de los ochenta, con el anhelo de trabajar y ver el mundo, mi primo y yo iniciamos la aventura que nos llevaría hasta el norte. Nos tomó dos semanas llegar a “México lindo y querido”. Lastimosamente, llegamos después del terremoto del 85 y la capital lucía muy mal, había mucha gente viviendo en carpas en plena ciudad. Nuestros contactos y amigos se habían mudado después del terremoto. Casi no teníamos dinero, así que buscamos trabajo por todas partes pero con muy pocos resultados. La cuestión laboral estaba muy baja en el México post terremoto. Una noche llamé al Perú para saludar a mi madre. Ella me puso en contacto con unos amigos que se habían mudado de México a Los Ángeles. Ellos me ayudaron a llegar a Estados Unidos cruzando la frontera de manera ilegal.
Después de dos días de viaje en autobús llegamos de noche a la frontera con Estados Unidos. Desde que salimos del DF conocí a la policía de caminos, unos tipos muy estrictos a la hora de hacer cumplir las leyes pero también muy comprensivos con los viajeros que van al norte (desean suerte en tu aventura, aunque todo esto, previa “mordida”). A la mañana siguiente contactamos al “coyote” que nos pasaría al otro lado esa misma noche. Éramos un grupo de diez, y a excepción de mi primo y yo, todos eran mexicanos, incluido señoras y niños. Antes de la medianoche estábamos frente al muro de metal que separa ambos países. Yo andaba muy calmado, pero al descubrir que el “coyote” llevaba pistola a la cintura me dije “¡carajo! esto es muy serio”. Hasta ese momento yo creía que iba a ser como en los otros países en que pagábamos a alguien en la frontera para que nos dieran visa de entrada. ! Qué inocente! Empecé a temblar de pies a cabeza y así me deslice debajo del muro hacia un nuevo capítulo en mi vida.
La frontera en territorio de Estados Unidos consta de grandes campos de sembradíos fuertemente resguardados por agentes de la patrulla fronteriza. Como a los veinte minutos de camino nos detuvimos. El “coyote”, al verme muy nervioso, me alcanzó una botella de licor que llevaba en su mochila. Desde ese momento me convertí en un buen “pollo”, ayudaba a las señoras a subir y bajar cercas y a jalar a los niños que se retrasaban. En un momento dado, el “coyote” nos ordenó que no nos moviéramos y que nos quedáramos callados. “¡La migra!”, exclamó. En un segundo todos nos dispersamos y escondimos. Luego de unos pocos minutos, que parecieron horas, nos reagrupamos. Ahora solo éramos ocho. Como a la hora de camino ya estábamos en un pueblo. De allí nos recogió una camioneta y comenzó el reparto de “pollos”. A mi primo y a mí nos dejaron para el final. Ya amanecía cuando llegamos a Los Ángeles. Era un día feriado y había sido cumpleaños de mi amigo la noche anterior. Se sorprendieron al vernos. No pensaron que nos pasarían tan pronto. Como no tenían el efectivo a la mano y el “coyote” no tenia intención de volver por su dinero, mis amigos acudieron en mi ayuda y en menos de media hora ya se había reunido los 400 dólares que nos cobraban en esos tiempos por la pasada. Luego de resuelto ese problema me bañé, me puse unas ropas que me regalaron (porque mi maletín jamás llegó como el “coyote” me había prometido) y dormí hasta el mediodía. Ya estaba en EE.UU. y me sentía muy a gusto de ver a la gente de mi barrio. “Mañana me pongo a trabajar”, dije.
A la mañana siguiente vinieron todos mis amigos a verme y a averiguar cómo estaban las cosas en el Perú, cómo estaba el barrio y cómo estaban sus familiares. Hay que recordar que para mediados de la década del 80 las comunicaciones estaban caras y eran más lentas. La tarifa telefónica era más de un dólar por un minuto de comunicación con el Perú y las cartas llegaban con una o dos semanas de retraso, por eso, cuando alguien llegaba del Perú, era interrogado hasta el mínimo detalle, en especial en lo referente al barrio.
Tres días después de mi arribo a Los Ángeles, un amigo me llevó a trabajar a un taller de maquinarias. Yo estaba entusiasmado por trabajar. Me entrevistaron y me defendí bien con el inglés del Icpna. Me ofrecieron $5 la hora. Saque mi cuenta: 5×8=40 y son 30 días al mes, entonces son $1.200. Yo estaba feliz. En Lima ganaba $5 al día, o sea, $150 al mes. Pero la realidad vino después con el primer cheque porque me descontaban $10 diarios por concepto de seguro de salud, seguro de desempleo y de jubilación. Al final, obtenía como ganancia $600 mensuales. No estaba mal para empezar.
Eso me pasó hace más de veinte años, y así como yo llegué, llegaron muchos más a esta gran tierra del norte, y así como me ayudaron, me tocó ayudar a otros. Tuvimos la suerte de legalizarnos con la amnistía de 1986 y acceder a mejores empleos. La mayoría de nosotros nos casamos con la enamorada que dejamos en el Perú, vamos regularmente al país y nos ocupamos de nuestros padres. Hemos ayudado a mejorar el barrio, las casas de adobe han dado paso a las de ladrillo y cemento, los callejones de un solo caño ya son solo recuerdos, seguimos usando las mismas jergas de hace dos o tres décadas atrás, seguimos llamando luna a las ventanas del carro, y seguimos preguntando en las tiendas latinas si tienen chompas Jorge Chávez.
La idea de escribir estas líneas es que sean aprovechadas por algún compatriota que desee salir y ver el mundo, que se prepare antes de salir, que estudie todo lo que pueda y que no tenga miedo de emprender la gran aventura. El mundo es nuestro, salgamos a conocerlo, enriquezcámonos con otras culturas, otras comidas, otra música. Luego, de una u otra manera, todos podrán volcar esas experiencias en nuestro país. Cada vez que voy a Lima me reúno con mis amigos de promoción del Senati y doy y recibo experiencias laborales. No me creo la gran cosa, pero no me ha ido mal en este país. Cada dos años regreso a la escuela a ponerme al día con lo nuevo en tecnología y esto hace que este en mejor posición en mi empleo.
Hernando Pérez, Estados Unidos
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