Una historia de perseverancia

Mi historia comienza en Lima, y los héroes de ella son mis padres. Ellos solo lograron ir a la escuela primaria, pero a pesar de ello entendían muy bien el valor de una buena educación. Cuando yo era niña, escuchaba a mi padre decir “con tal que mi hija pise un buen colegio, soy capaz de vender hasta la camisa que tengo puesta“. Y así fue. Ellos se privaron de muchas cosas para darme una buena educación. Mi padre murrio, y sin más hijos que yo, mi madre, una señora dulce y tímida, se convirtió en un genuino modelo de valor, perseverancia y esfuerzo. Los años pasaron, terminé la universidad (¡gran logro!) y me llegó la hora de buscar trabajo. Repartí mi curriculum y nada…hasta que una tarde recibí la llamada de una empresa muy importante en el Perú. Me querían para hacer prácticas. No importaba, el hecho de entrar a esa gran empresa era más que suficiente. Tuve la oportunidad de trabajar en dos empresas de alimentos en el Perú, quizá las más importantes en ese momento. Al principio el trabajo era fascinante, sin embargo, poco a poco se fue convirtiendo todo en rutina y con el tiempo me di cuenta que no crecería profesionalmente si no seguía estudiando. Una maestría era la solución. La mayoría de los gerentes tenía maestría y si era en el extranjero, mucho mejor. Así se me ocurrió la locura de hacer una maestría en Estados Unidos. No tenía ni la menor idea de todo lo que ello significaba. Al principio me pasaba horas en las cabinas de Internet del barrio buscando universidades donde postular. No fue fácil. Me negaron la visa dos veces. Me sentí tan desanimada que pensé que nunca podría llevar a cabo mi sueño. Insistí con el apoyo de mi mama. Me preparé más y me aceptaron en una universidad. No era Harvard ni mucho menos, era una universidad pequeña en el estado de Mississippi en el corazón del sur de EE.UU.. Fui por tercera vez a pedir la visa y, ¡oh sorpresa!, me la dieron. Sentí una mezcla de alegría y temor. Dejar a mi mamá, dejar mi país, mi mundo y enfrentarme a lo desconocido. Noté en la mirada de mi madre una sombra de tristeza, pero igual me animó a seguir adelante y su única recomendación fue “cuídate mucho y te quiero mucho”.
Llegué a Estados Unidos el 29 de diciembre del 2002. No conocía a nadie, no tenía un tío lejano, primo, o vecino de barrio esperando por mí. Más aun, llegué a un pueblo donde la universidad lo es todo y, obvio, a fines de diciembre no hay ni un alma. Tenía algo de dinero ahorrado, me pagué el tuition por un semestre, pagué por el dormitorio más barato que encontré y con las justas comía. Recuerdo que me privaba hasta de una Coca Cola, hasta eso era un lujo. Debí haber buscado trabajo, pero mi enfoqué era sacar buenas calificaciones para conseguirme una beca, un ‘assistantship’. No quería que nada me distrajera y necesitaba esforzarme puesto que mi inglés, a pesar de mi Toefl de 600 puntos, no era bueno. No entendía el acento sureño de los profesores y se me hacía muy difícil asimilar las clases. Para pedir la beca tuve que presentarme con cada profesor de la facultad, explicarles mi situación, las ganas que tenía de continuar con la maestría y mi necesidad de contar con el ‘assistantship’ para continuar. Las respuestas que recibía iban desde “lo siento, ahora no tengo nada” hasta “tus credenciales del Perú no son suficientes para mí, no te conocemos y no queremos arriesgar un proyecto con una desconocida”. Tenía a mi favor las calificaciones que con gran esfuerzo estaba logrando y el desmedido interés que demostré por aprender. Después de mucho insistir, y con mucha desconfianza, me dieron la beca. ¡Lo había logrado! ¡Por fin!
Así terminé la maestría. Y con el respeto que logré tener de mis profesores decidí, luego de pensarlo mucho, seguir en la carrera académica y continuar con el doctorado. Eran 3 o 4 años más estudiando, ¡la estudiante eterna! ¡Qué pesado! Pero era lo que tenía que hacer. Me aceptaron con beca completa en otra universidad y en otro Estado, esta vez en el centro de Estados Unidos. Era un logro más, y una vez más una mudanza a otro lugar en el que no conocía a nadie. Pasaron los años y, ya terminando el doctorado, me tocó buscar trabajo otra vez. De los gringos aprendí a planificar, a analizar y examinar los pros y los contras de todas las oportunidades, a adelantarme a los acontecimientos. Ellos empiezan a buscar trabajo dos semestres antes de graduarse, y así lo hice. No fue fácil. Encontrar trabajo en el medio académico en Estados Unidos es un gran reto. Los extranjeros estamos en desventaja puesto que no es nuestro país y el inglés no lo hablamos perfecto. Pero no es imposible. Me pasó de todo y tuve decenas y decenas de negativas y decepciones. Si no conseguía trabajo, no me quedaba otra que regresarme al Perú, lo cual no era del todo malo para mí.
Un 27 de febrero a las 4 p.m. recibí la llamada que cambió mi vida. Era el Decano de la facultad de Economía de una universidad en el noreste de Estados Unidos. Me dijo que el comité de catedráticos había decidido por unanimidad ofrecerme el trabajo de catedrático en la facultad (en inglés es un tenure-track assistant professor). Yo no podía creerlo, estaba en ‘shock’. Al colgar el teléfono llamé a mi mamá al Perú para contarle la noticia. No hicimos más que llorar.
Yo no era mejor que nadie en el Perú. Soy una peruana promedio, con pinta de cholita, chancona y terca como una mula. Tomaba el Covida, me quedaba dormida en las combis de la Javier Prado y más de una vez me quedé sin plata para el pasaje y tuve que rogarle al cobrador para que me llevara con 50 céntimos a Jesús María.
Mi historia no termina aquí, sino comienza aquí. Cada vez que me pasa un “lo logré, por fin” se abren muchas puertas que traen regocijo pero también retos y responsabilidades. No se imaginan el orgullo que siento al decir que soy del Perú y al demostrar que en el Perú somos gente inteligente, luchadora, con sueños, con ganas de salir adelante. ¿Qué nos falta? Quizá un empujón, mentalidad ganadora, no dejarnos derrumbar por las dificultades, valentía para enfrentar todo tipo de situaciones con trabajo, esfuerzo y, sobre todo, honradez.
Siento un compromiso enorme con mi Perú y yo voy a regresar a aplicar lo que he aprendido aquí. Recién en ese momento diré mi definitivo “lo logre” Yo absolutamente me llamo y me llamaré Perú, y si tuviera que elegir, volvería a nacer en el Perú mil veces más.
Karina Gallardo, Estados Unidos
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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