El sueño de la luna, 40 años después

Segundo de secundaria en el Colegio Nacional Jorge Chávez de Surco. Una fría mañana de mediados de julio el maestro de Historia Universal nos pidió que nos pusiéramos de pie y rezáramos “por esos tres hombres que en nombre de toda la humanidad parten hacia un lugar lejano e inexplorado”. Hasta ese momento no me había dado cuenta de la importancia de ese evento. Al llegar a casa esa tarde encontré a mis hermanos mayores viendo ese hecho histórico con el emocionante relato de Humberto Martínez Morosini. Fue la primera transmisión en vivo y en directo y mantuvo a todo el Perú pegado a la televisión (la segunda vendría un mes después, desde Argentina, pero ese ya es otro tema). Fue una maratónica jornada de tres días seguidos dedicados a la epopeya más grande del ser humano: la conquista de la luna.El Perú del 69 era un país de novedades. El gobierno militar tenía pocos meses de instalado y las obras del anterior gobierno recién se estaban viendo, Se inauguró la estación terrena de Lurín, haciendo posible la transmisión vía satélite en vivo y en directo, el Zanjón ya era una realidad, en la base aérea de Las Palmas los nuevos Mirage eran las vedettes de nuestra Fuerza Aérea y el dolor de cabeza de los residentes de Surco pues eran supersónicos y cada vez que volaban rompían la barrera del sonido.
Los diarios El Comercio y La Prensa nos aleccionaban con artículos técnicos y científicos acerca del viaje histórico, mientras que Expreso, Extra, La Crónica y Última Hora nos hacían reflexionar acerca de las consecuencias de mancillar a la luna. Ya los poetas no tendrían a su musa virgen, los amantes ya no confiarían en su única testigo, confidente y aliada nocturna, y ya no se harían más canciones de amor inspiradas en ella. A partir de ese momento y de una vez por todas ya no creeríamos que la luna estaba hecha de queso. Para poner el toque cómico apareció un chiste muy popular acerca de los soviéticos: que ellos, para no quedarse atrás, iban a ir al sol, y que para no tener problemas con el calor irían de noche.
El 20 de julio fue el día del alunizaje y la pisada del primer hombre en nuestro satélite. Cómo olvidarlo, si estábamos empapados de aventuras espaciales en la TV, teníamos “Viaje a las estrellas”, “Mi marciano favorito” y “Los Supersónicos”. Los periódicos nos regalaban figuritas para recortar y armar las naves espaciales, mi favorita fue el módulo lunar que recorté y pegué en cartulina y cuando lo armé me quedó sinceramente fantástico, era a colores y a todo detalle. Ese año se inauguró una nueva urbanización en La Victoria, la Urbanización Apolo.
Hago estos recuerdos porque después de la conquista de la luna todos los niños queríamos ser astronautas o por lo menos trabajar en la NASA. Ahora, 40 años después, me encuentro en Estados Unidos trabajando como técnico para una compañía del gobierno donde se fabrican los cohetes que propulsionan a las naves espaciales. Soy el único peruano que trabaja aquí, pero antes hubo 2 que ya se jubilaron y que dejaron cátedra por su alto nivel técnico. En EE.UU. se reconoce y se busca la experiencia de un técnico o cualquier profesional de edad madura, pues con esa cantidad de experiencia, prácticamente no hay trabajo que no puedas realizar o problema que no puedas resolver. Para entrar a trabajar aquí tuve el gusto de hacer valer mi certificado técnico que recibiera en mi querido Perú allá por los 70 en mi alma mater, el Senati.
Pido respeto y trabajo en el Perú para los técnicos y su experiencia. Aquí el 80% de los técnicos son nacidos en el extranjero y las compañías los prefieren, no porque no haya técnicos oriundos ni porque tengan bajo nivel, sino porque un técnico y en general un trabajador inmigrante tiene la ventaja que trae el entusiasmo consigo, las ganas de sobresalir en un país que no es el suyo, y porque si nos dan una oportunidad, no la desaprovechamos.
El 20 de julio tiene otro gran significado para mí pues ese día hace 18 años nació mi primer hijo y que ahora, al terminar su secundaria, me llenó de orgullo al ser aceptado a una excelente universidad de ingeniería en California. Ojalá que él viaje a otros mundos y así el espíritu de aventura, ese que llevó a sus padres a otras tierras, jamás muera.
Hernando Pérez, Estados Unidos
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