Esperanza de volverte a ver, Perú
Miles de peruanos emigran buscando construirse un futuro mejor. Sin embargo, por más que las condiciones de vida cambien para mejor, partir, dejar atrás tu ciudad, tus costumbres y a tus seres queridos, te envuelve en la melancolía, sobre todo cuando quieres volver… y te das cuenta de que no puedes.

Foto: Milagros Rodríguez
Desde muy pequeña tuve la contradicción dentro de mi: quería saber si era super dichosa o super miserable. Por un lado, tenía (mejor dicho, tengo) una mamá luchadora y trabajadora, que pasó desde ser ejecutiva de ventas de BellSouth y maestra hasta camarera de hotel y vendedora ambulante para que a mi hermano y a mí no nos faltara nada. Pero por otro lado, sentía que nuestra situación económica cada vez era peor, mi papá nunca se preocupó por nosotros y cada día recibía los comentarios de mi abuelita, quien, a pesar de que nos apoyaba mucho y nos daba un techo, no perdía la oportunidad de restregarnos en la cara todos y cada uno de los favores que nos hacía. Asi crecí y llegué a los 15 años, cuando mi mamá, cansada de todo, decidió buscar nuevos rumbos. Se empezaron a hacer los trámites y en poco menos de medio año ya teníamos lo principal—la visa hacia EE.UU. A partir de ese momento todo cambió, empezamos a hacer planes de cómo sería nuestra vida aquí y a ultimar detalles y pagar deudas antes de partir hacia el país de las oportunidades.
Así llegó el 28 de febrero del 2003. Recuerdo todas y cada una de las caras de mis amigos, las lágrimas, los abrazos de los abuelitos del barrio deseándonos lo mejor y el clásico sermón de cuatro horas de todos los tíos y demás familiares para que nos cuidáramos. A pesar de que mi mamá se mostraba muy optimista y mi hermano trataba de dar la imagen de hombre fuerte, los tres sabíamos perfectamente que no volveríamos a ver a nuestra patria ni a nuestra gente en mucho tiempo, y que allí se quedaban nuestro corazón criollo y todas las vivencias de nuestra niñez y adolescencia.
Al llegar a Florida nada fue como lo habíamos planeado, los trabajos eran pocos y se ganaba poco, el alquiler de un pequeño cuarto era como pagar por una mansión. No pude empezar a estudiar como mi mamá había soñado, y nos tocó vivir la carencia y la soledad en la forma más triste que jamás hubiéramos imaginado. Tratar de vender botellas de agua o repartir volantes en los semáforos, lavar carros y caminar horas de horas bajo la lluvia por no tener un par de monedas para el bus fueron solo algunas de las cosas que nos hicieron valorar lo poco que teníamos allá, hasta que, con la gracia de Dios, las cosas empezaron a cambiar.
Cambiamos de Estado, llegamos a un lugar en el medio oeste donde, si bien no existe la vida social, el costo de vida es mucho más bajo y los trabajos mucho mejor pagados. Por fin puede empezar a estudiar, mi hermano consiguió trabajo y mi mamá también. En mayo del 2005 logré graduarme de la secundaria y empecé a trabajar.
Nuestra calidad de vida cambió drásticamente. Logramos vivir en un lugar en el que ni siquiera nos atrevimos a soñar en tiempos anteriores, mi hermano logró muchas de sus metas, desde comprarse un carro hasta pagar su carrera, y yo, a pesar de ser madre soltera, estoy saliendo adelante con mi hija y le puedo dar muchas comodidades que yo nunca disfruté.
Si bien cuando miramos hacia atrás nos sentimos muy orgullosos de todo lo que hemos logrado partiendo literalmente de cero, nos queda muy claro que, por motivos legales, nada de lo que tenemos es seguro. Es difícil imaginar la vida de vuelta en el Perú, volver a las deudas y al pan duro con té cuando no había para la cena, y se me hace un nudo en la garganta pensar que mi hija perdería todo lo que tiene aquí.
Sin embargo, el solo pensar que volveríamos a ver todos aquellos rostros con una sonrisa de oreja a oreja en lugar de aquellas lágrimas, poder darle un abrazo eterno a la abuelita y agradecerle por todo el apoyo brindado, y tomarnos el tiempo de admirar cada centímetro del paisaje en el que crecimos, nos hace sentir un calor delicioso dentro del corazón, y la alegría y la ilusión invaden nuestros corazones.
Es por eso que no nos cansamos de orar para poder regresar sin tener que ser esposados, poder llevar una maleta de sonrisas en vez de lágrimas de deportados, y tener la oportunidad de seguir trabajando en este país al cual le debemos tanto, donde; a pesar de ser difíciles de encontrar, existen las oportunidades.
Somos muchos quienes ansiamos una reforma, desde aquí con nerviosismo y con muchísima fe, y rogamos que se haga todo lo que se pueda para que nuestra voz sea oída, y se nos de la oportunidad de volver a ver a nuestro adorado Perú.
Kathy Martínez, Estados Unidos
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