Las mujeres, la igualdad de género y mi vida en Bangladesh
Durante varios años, gracias a mi papá, yo creí que ser mujer era una ventaja en este mundo. No recuerdo exactamente cómo se formó esa idea en mi cabeza pero me queda claro que él tuvo harto que ver. Y para ser sincera, fue bastante tarde que descubrí las inmensas injusticias que se han cometido, se cometen y se seguirán cometiendo con la mitad del mundo (nosotras).
Nunca he sido particularmente fan de las feministas, pero siempre he reconocido que muchas de las cosas que yo puedo hacer sin ningún problema son fruto de años de trabajo de muchas personas (mujeres y hombres) que decidieron no aceptar las reglas, rebelarse y pelear. Sin embargo, mi interés en los temas de género ha cambiado desde que llegué hace dos meses a hacer unas prácticas a Bangladesh y me fui dando cuenta, poco a poco, de cómo las mujeres somos sistemáticamente ignoradas y, en algunos casos, maltratadas. Algunos ejemplos:
Foto: Leah Sanderson
Seis amigos estamos viajando desde Chittagong a Cox’s Bazar, hemos alquilado una camioneta y contratado un chofer. Luego de unas horas de viaje llegamos a Cox’s Bazar y el chofer pide instrucciones sobre cómo llegar a la casa a la que vamos. Sophie le explica (en bengalí) la ruta. El chofer no se inmuta y se queda mirando a Luke y Brett, los únicos hombres del grupo, esperando que validen o repitan lo que Sophie acaba de decir. No es que el chofer tenga algo en contra de Sophie, sencillamente para él ella es invisible.
Estoy en un restaurant con Randolph, mi amigo bengalí, me percato que todo se lo dan a él primero, no me importa, en verdad es irrelevante si le sirven primero a los hombres, a las mujeres, a los niños o a los ancianos. Era nuestra cuarta cena juntos y yo había prometido pagar, terminamos de comer, le pido al mozo la cuenta, el mozo la trae e intenta entregársela a Randolph, yo estiro la mano para que me la de a mí, el mozo mira a Randolph y persiste en intentar que agarre la cuenta, Randolph lo mira y le dice que me la de a mí, el mozo no sabe qué hacer, yo estiro mi mano y agarro la cuenta. Pago, le dejo 10% de propina (que aparentemente es un montón acá) y nos vamos. Al día siguiente Randolph y yo vamos al mismo restaurante a tomar una cerveza antes de ir a un matrimonio, los mozos me saludan con extrema amabilidad y cuando traen la cuenta se quedan parados sin saber qué hacer. Randolph agarra la cuenta, paga y no les deja propina. Los mozos están tristes, son machistas pero les gusta la plata.
Estoy caminando en la calle, voy a cruzar la pista y veo un auto que viene por la derecha y va a doblar hacia la calle que yo quiero cruzar. Me detengo. El auto también se detiene. Espero un momento y el auto sigue parado. Miro dentro del auto para hacer contacto visual con el chofer y decidir quién va a pasar primero. El tipo me enseña su pene, me río en su cara y le hago saber con una seña que su pene es muy chiquito como para impresionarme o asustarme. Luego pienso ‘felizmente tengo 33 años y no 12’ y deseo en el fondo de mi corazón que el tipo nunca le haga lo mismo a una niña chiquita.
Estoy en mi casa, la temperatura es de 35 grados centígrados (sensación térmica 38), y me doy cuenta que tengo que ir al supermercado (a media cuadra) a comprar comida. Me tengo que poner pantalón largo y una blusa larga que deja “todo a la imaginación” y una especie de bufanda que me cubra el pecho (por si acaso la blusa no es lo suficientemente suelta), sudo como atleta profesional. Decido nunca más ponerme bufanda (a menos que la necesite por frío). Felizmente en este barrio puedo darme esos lujos, la mayoría de mujeres en este país no tiene elección.
Son las 4.30 pm, mi día de trabajo ha terminado. Salgo de mi oficina y Mr. Wasin (mi chofer de rickshaw) me está esperando, subo al rickshaw, me pongo mi iPod y voy camino a mi casa contando cuántos hombres y mujeres veo en el camino. Es un recorrido de unos 10-15 minutos. Cuento 500 personas, 12 son mujeres. Las mujeres decentes no salen de su casa.
Leo el periódico mientras tomo desayuno, dos de cada cinco noticias son sobre mujeres violadas, golpeadas, abusadas, asesinadas, etc. Un concepto en especial llama mi atención “honor killing” (que podría ser traducido como “asesinato por honor”), la definición es “practica por la cual una persona asesina a una pariente mujer por haber traído ‘deshonor’ a la familia, por lo general los deshonores son de índole sexual e incluye los casos en que la mujer ha sido violada”.
El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, tomando desayuno leo en el periódico de Bangladesh que un grupo de hombres ha hecho una manifestación pacífica en contra de la costumbre local de tirarle ácido en la cara a las mujeres. No sé si me da alegría que haya hombres en contra de esa aberración o si me da tristeza que exista la práctica. Igual lloro esa mañana. Llego a mi oficina y leo en El Comercio que el 70% de las mujeres asesinadas en el Peru el año 2009 fueron asesinadas por sus parejas o ex parejas (en teoría los hombres que más las quieren o que más las han querido), en el caso de los hombres el porcentaje es menor al 2%. No me estaba gustando el día de la mujer, hasta que encontré algo que escribió mi amiga Wendy en su blog y decidí que mejor sigo creyendo lo que mi papá me hizo creer de chica, dejo de mirar lo que hacen los hombres y empiezo a mirar lo que hago yo.
Wendy escribió:
Deseo que hoy día empiece y termine con una sonrisa que salga desde el alma,
Deseo que hoy todas puedan mirar de frente
Deseo que hoy saquemos por fin esa cita para el examen de mamas
Deseo que hoy ninguna mujer permita que se le levante la mano
…creo que con eso sería suficiente por hoy….
Diana Castañeda, Bangladesh
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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