Aventuras de una limeñita engreída
Cientos de jóvenes peruanos dejan anualmente el país para cumplir su sueño de estudiar un posgrado en el extranjero. Pero esas ganas de crecer profesionalmente obligan también a dejar la comodidad del hogar y a enfrentar un mundo desconocido. ¿Cómo reaccionar ante esa nueva vida?
Siempre quise hacer un doctorado gratis. Por eso decidí venir a Estados Unidos para que me paguen por estudiar. Otros amigos ya estaban acá y todo parecía fácil. Das los exámenes Gre y Toefl, mandas tus papeles, le rezas a la Virgen del Carmen, a San Judas Tadeo o a quien más te convenga y esperas unos mesesillos hasta que llegan las cartas de aceptación o chote. Mi primer intento no fue exitoso. Ninguna de las cinco universidades a las que apliqué me aceptó. Casi sin ganas intente el año siguiente. Mandé los mismos documentos a otras universidades y logré ser aceptada en dos. El doctorado se veía venir.

En el frontis de la U. de Cincinnatti
Cuando llegué a EE.UU. todo era felicidad. Un amigo me ayudó a instalarme en Cincinnati, el que sería mi hogar por los próximos 5 años. Me instalé con más facilidad que muchos ya que venía con ahorros y sabiendo que recibiría un sueldo que, si bien no sería grande, me alcanzaría para vivir tranquila como una estudiante. Parecía un sueño hecho realidad, trabajar en investigación de enfermedades infecciosas para mí es más emocionante que hacer puenting. Ya tenía experiencia trabajando con bartonella, peste, dengue, TBC, vibrio y salmonella, y ahora se me presentaba la oportunidad de poder aprender más de otras enfermedades infecciosas. En realidad me sentía extremadamente afortunada.
Muchos cuentan sobre lo difícil que es el vivir en EE.UU., lo arduo que tienes que trabajar en más de una chamba, lo difícil que es llegar sin papeles y las injusticias que deben aguantar por quedarse aquí. Yo no tuve que vivir eso. Yo vine con un ‘scholarship’, con los papeles en regla y con sueldo asegurado. Sin embargo, también fue difícil para mí. Tuve que quemarme las pestañas para poder sacar la nota mínima que me pedían y así, mantener mi beca. Entender los cambios moleculares de la hemoglobina con ‘carbon dioxide’ y ‘oxygen’, memorizar los aminoácidos implicados en este ‘binding’ y las diferentes mutaciones puntuales que generan el ‘sickle cell’, o comprender las diferentes aplicaciones de la transformación de Fourier para la determinación de la estructura tridimensional de una proteína (y eso que no menciono los diferentes ‘clusters’ de diferenciación implicados en la respuesta inmunológica) no me fue nada fácil.
Fue un año de noches de desvelo, de varias horas de estudio. Yo no tuve que hacer taxi ni trabajar en construcción, pero tuve que esforzar mi cerebro al máximo y volverme casi un robot. Te levantas, te bañas, vas a clases, almuerzas, estudias, cenas mientras estudias, duermes unas cuantas horitas y te vuelves a levantar para comenzar un nuevo día. A pesar de todo el primer año sobreviví, logré sacar las notas que me pedían y conservé mi beca. Pero eso solo es una pequeña muestra de las cosas difíciles que tuve que pasar, pues también debí aprender a cocinar, y eso que no menciono las situaciones en las que te mete el clima de aquí.
Yo crecí en una casa donde mi mami me hacia mi almuerzito todos los días y lavaba mi ropa y mi papi me tendía la cama y arreglaba mi cuarto cada día mientras yo me iba a trabajar. Cuando llegue acá tenía la esperanza de encontrar algún restaurante peruano cerca, y con eso y a punta de McDonald’s, Subway y KFC pensé que sería suficiente.
Pero no fue así, la comida de acá era peor que pésima. ¡Una estafa! Solo la comida china es digerible, pero cara. Yo no puedo pagar todos los días 8 dólares por almuerzo, y para mi mal suerte, el restaurante peruano más cercano a mi universidad está a una hora y no tengo carro, así que me vi obligada a soportar la tortura de almorzar en la cafetería de universidad, donde la comida es barata pero fea, aunque por lo menos tenía un vaso con agua para poder enjuagar mi boca cada vez que masticaba un bocado del menú.
Es así que tuve que aprender a cocinar, comida peruana por supuesto. Ahora soy una experta en preparar lomo saltado, ají de pollo, arroz con pollo, manjarblanco, mazamorra morada, asado de res, chancho amarillo, agua de piña y estofado de res. Cuando me da ganas comparto mi comida con los americanos de mi laboratorio, que no se cansan de elogiar cualquier comida que llevo. Incluso algunos gringos piensan que estudie para ser chef antes de venir, no me creen que aprendí a cocinar solo porque no me gusto la comida de acá.
Otra cosa difícil que tuve que pasar es aceptar el hecho de ser la única peruana y una de los casi 5 latinos que estudian en el colegio de medicina en el que yo estoy. Me fue difícil verme como figura exótica proveniente de la tierra de los incas y acostumbrarme a esas miradas de los gringos, que parecieran decir: ¿Y esta de dónde se ha caído y cómo fue que la llegaron a aceptarla acá?” Esta ciudad no es como otras de Estados Unidos. Aquí los latino son pocos y la mayoría viene a trabajar, no a estudiar, y mucho menos un doctorado.
Dejé de ser una limeñita engreída y me convertí en una peruana engreída. Me engrío con mi comida, que tiene que ser gourmet y la mejor del mundo, no esas tonterías que comen los americanos: un burger, un wrap, un pedazo de pizza o un montón de snacks, eso no es un almuerzo para mí.
Aunque aún no tiendo mi cama, ahora arreglo mi cuarto, aspiro mi departamento, limpio mi baño, lavo mi ropa y cocino mi almuerzo. Yo me siento orgullosa de ser peruana. Si bien tuve que venir a Estados Unidos para hacer investigación, lo que no pude hacer en el Perú, valoro mucho lo que nos deja el crecer en una tierra llena de riquezas culturales y naturales, no como otras naciones que están solo llenas de dinero y casi vacías por dentro.
Karen Gallegos, Estados Unidos
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