El 'Gordito panzón' regresa… ¡del Perú!
Por fin he llegado a mi cuna en el Medio Oriente después de unas largas vacaciones en Estados Unidos y en el Perú. Pasé dos semanas en la preciosa ciudad de mi mamá (Boston) y en la ciudad amada de mi papá: Lima. Como tengo diez meses de edad, se podría decir que he pasado diez por ciento de mi vida de vacaciones; ¡Qué bacán! Y les digo que fue el mejor mes de mi vida.

Antes de empezar, quiero decirles que estaba muy sorprendido por la cantidad de comentarios que recibí en mi anterior post y quiero darle las gracias a ustedes por compartir conmigo sus historias y sentimientos. Parece que hay muchos bebitos como yo en el mundo, ¡sería buenísimo tener una reunión algún día con todos de ustedes! Imagino que tenemos mucho en común e historias muy interesantes para compartir. Estoy seguro que uno de los temas que podríamos discutir es las comparaciones entre el Perú y el país donde vivimos o donde nacimos. Así que quiero empezar este blog con las tres razones por las que la vida en el Perú es más emocionante y divertida que la vida en los Estados Unidos (en mi humilde opinión).
1. La Hora Loca
En mi corta vida he tenido el placer de asistir dos ‘baby showers’. El primero fue el mío y el segundo fue el de la prima de mi papá. La razón por la que asistí a mi propio ‘baby shower’ fue porque nací en Estados Unidos y no llegué al Medio Oriente hasta que tenía un mes. Las esposas de los compañeros de trabajo de mi papá (mayormente americanas) prepararon una fiesta de estilo típico de los ‘baby showers’ en Estados Unidos. Solo las mujeres estuvieron presentes. Y hablando de ‘presents’, (esa palabra es en inglés), quiero decir, regalos, el clímax de la fiesta fue la apertura de los obsequios que se hizo después de conversar y comer dulces por una hora. Las mujeres tomaron fotos de cada regalo que abrió mi mamá, quien escribió lo que recibió en un cuadernito. Mi fiesta duró dos horas (la hora en que terminaba estaba indicada en la invitación). Eso fue todo. He oído que en algunas fiestas hay juegos como “Adivina el sexo o el peso del bebe”, pero ya que yo ya existía ya no hubiera sido un juego apropiado. Es fácil entender por qué me quedé dormido todo el tiempo y solo sé que asistí por las fotos que me tomaron al lado de mi mamá en mi cochecito. En cambio, el ‘baby shower’ de mi tía peruana ¡fue un fiestón! Adultos y niños fueron invitados. Había un payaso gracioso. Había una cena completa aparte de los aperitivos. Había trago. Duró seis horas. Y como debe ser en todas las fiestas: había música. Y no solo música, también baile. Fui testigo de algo que se llama “La hora loca”, un momento en el que todo el mundo bailaba, gritaba, soplaba pitos, y hacían mucha bulla. No pude dormir en ese ambiente, pero tampoco quería hacerlo—¡estaba tan divertido! No más ‘baby showers’ al estilo americano para mí!
2. Las combis
¡Mi libertaaad!…como dicen Frankie Ruiz y Jerry Rivera. Me encantaba la manera en que pude viajar por la ciudad—en taxi, en combi (muy emocionante, especialmente en las que tocaban música), o “a pie” (en mi stroller). Cuando estoy en el carro de mis padres necesito sentarme en una silla con muchos cinturones, muy incómodos y restrictivos. Pero en Lima no había espacio para mi silla en los carros chiquitos ni en las combis. Le molestaba mucho a mi mamá tenerme libre así, pero yo disfrutaba. Me hubiera gustado estar aun más libre, como los bebes en el Medio Oriente que se sientan en el regazo de sus padres detrás del volante o en la silla al lado del conductor, sueltos, y sacando la cabeza por la ventana, pero mis padres hicieron que me sentara muy al fondo, envuelto en un abrazo estrecho. Eso era mucho mejor que los cinturones de mi silla de máxima seguridad.
3. El supermercado
El supermercado en el Perú es fantástico— ¡qué alegría! Hay música y chicas bonitas ofreciendo pruebas de comida (desgraciadamente no pude aprovecharme de la comida porque solo tengo 6 dientes, pero espero hacerlo el próximo año cuando pueda comer más). Los supermercados en el Medio Oriente son aburridos. Los de los EE.UU. no son malos y, de hecho, ofrecen muchos productos orgánicos que me gustan, pero no tienen la emoción del supermercado peruano—y en el Perú la comida, generalmente es más rica y fresca que en los otros dos países que conozco. Quizás ahora es un buen momento para contarles sobre las nuevas comidas que he comido durante mis vacaciones:
1. Granadilla: ¡Mi nueva fruta favorita—le gana a la manzana!
2. Plátano de la isla: ¡Rico!
3. Carne al pimiento: ¡Sabrosa!
4. Macatrigo: Perfecto para sostenerme hasta la próxima comida.
5. Kiwicha: Va bien con mi avena como la quinua.
6. Tamal: Me gustó pero solo me dieron un poquito debido a la manteca que contiene.
7. Sopa de hígado: ¡Asquerosa! Pero preparado con amor por mi madrina—gracias, pero, ¡no gracias!
Probé más cosas pero estas son las comidas que más destacan en mi memoria.
Una cosa que no me gustó sobre mi visita al Perú fue el frío. O mejor dicho, la falta de calefacción en las casas. Viniendo del Medio Oriente, donde la temperatura alcanzaba 50 grados, era de suponerse que iba a tener un choque al sentir el aire de 10 grados—aunque, en realidad, me encantaba el cambio y me gustó mucho sentir el viento contra mi cara. Pero no soportaba el frío dentro de la casa, especialmente por la noche. Tenía tanto frío que aun con ropa y cuatro colchas no pude dormir bien. Bueno, quizás no solo por el frío sino por la incomodidad, porque a mí me gusta dormir casi calato. Otra molestia fue que llevaba medias. En mi casa gateo sin medias, muchas veces llevando nada más que mi pañal, pero en Lima llevaba medias que no permitían que me pare sin resbalar. Al final, todos los cambios del tiempo me vencieron y me enfermé durante una visita a la casa de mi tío/padrino en Trujillo, donde hacía menos frío que en Lima. La cosa que más me molestaba de estar enfermo (aparte de perder la oportunidad de ver a mi tío pedir la mano de su novia) fue que no pude controlar bien mis ganas de ir al baño. No quiero ser grosero pero estoy muy orgulloso del hecho de que a mi poca edad uso la bacinica para hacer mi negocio. Por eso uno de mis apodos es ‘Poop Dogg’. Mi mamá empezó a ponerme encima de la bacinica cuando tenía apenas tres meses. Ahora yo puedo mantenerme sentado en ella sin ayuda y estoy aprendiendo a señalar cuando es el momento que alguien debe sentarme sobre ella, ya que todavía no puedo hacerlo por mí mismo. Después de mi llegada, por cuatro días corridos, señalaba cada vez que necesitaba defecar u orinar, probando a todos que puedo hacerlo, pero con el frío y toda la ropa que necesitaban quitar de mí, y, luego, con mi enfermedad, no valía la pena lucirme más y así dejé de señalar y solo usaba la bacinica de vez en cuando. Al fin y al cabo, llevo pañales y necesito aprovecharme de este lujo lo más que pueda, ¿no?
La última cosa que quiero contarles es sobre mi bautizo. Mis padres querían que me bautizara en Las Nazarenas pero no fue posible. Sin embargo, fuimos por allá para recibir una bendición la semana antes de mi bautizo y para el día de mi bautizo llevé mi hábito morado y detente del Señor de los Milagros sobre mi traje blanco que compramos en el Mercado Central. El cura era gringo y parecía buena gente. Había muchos bebitos siendo bautizados ese día. La experiencia fue interesante, aunque no entiendo mucho de lo que pasó. Me gustaron la iglesia, la atención de muchas personas—a la mayoría no los conocía, y me encantó la vela que mis padrinos pasaron por mí, pero no me gustó para nada la parte en la que me inundaron con agua. Generalmente me gusta el agua, pero me sorprendió tener de la nada un balde sobre mi cabeza. No sé qué clase de broma es esa, aunque sea deberían avisar. Después de la iglesia, fuimos a Pardo’s Chicken para la recepción, donde encontré más gente que no conozco—y creo que mis padres no conocían a todos tampoco. Fue bonito y conocí a algunos de mis parientes—primitos, por ejemplo, con quienes puedo jugar algún día. Por fin regresamos a la casa—me gusta socializar pero en los restaurantes no tengo la libertad de moverme y de gatear y por eso me aburro rápido. Tuve otro momento de aburrimiento en un bautizo cuando fuimos a Boston. La hija de la mejor amiga de mi mamá fue bautizada también. Ella es más joven que yo (solo tiene 3 meses). No parece que hay mucha diferencia entre los bautizos del Perú y de EE.UU., más allá del idioma hablado por los curas. La única diferencia que destaco fue el número de desconocidos que asistieron a mi bautizo. En Boston solo los amigos y los miembros muy cercanos de la familia fueron invitados, en cambio, amigos de amigos de parientes asistieron el mío. ¡Otro ejemplo de cómo los peruanos son más chongueros que los americanos!
¿Me siento más peruano ahora que he visitado el país de mi padre? Creo que sí. Me encantó mi visita a la tierra de mi papá y yo sé que algún día voy a vivir allá. Por ahora pasaré una parte de cada año con mis abuelos, tíos, primos, y amigos en Lima y en otros pueblos y ciudades del Perú, así que con el paso del tiempo me volveré más peruano. Estoy orgulloso de llamarme Perú y muy contento de que ustedes me llamen Perú también.
El ‘Gordito panzón’
* Todos los interesados en publicar una historia en “Yo también me llamo Perú” pueden enviar sus artículos y fotos a los siguientes correos: editorweb@comercio.com.pe y jortiz@comercio.com.pe

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