Por Pedro Ortiz Bisso

Hace 20 años asistía al Monumental con la misma sonrisa con que recibí mi primera bicicleta, una Mister comprada por mis padres en Sears de Paseo de la República, una inolvidable Navidad ochentera. La tarde del 2 de julio del 2000 era otra vez un niño -canoso, barrigón y de 31 años-, acudiendo a hacer realidad un sueño. Mi equipo, Universitario de Deportes, inauguraba no un estadio, sino un coloso. El más hermoso del país y uno de los mejores de Sudamérica.