"Un Estado que realmente funciona promueve ese círculo virtuoso. Los que no lo logran, se pierden en un laberinto, lleno de ideologías, divisionismos, falta de identidad y objetivos", precisa Tuesta.
"Un Estado que realmente funciona promueve ese círculo virtuoso. Los que no lo logran, se pierden en un laberinto, lleno de ideologías, divisionismos, falta de identidad y objetivos", precisa Tuesta.
David Tuesta

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Podemos definir al como el ente que permite alinear los intereses individuales con los objetivos de sociedad, propiciando que ambos se retroalimenten y conlleve al progreso. Este círculo virtuoso entre ambos componentes es el objetivo detrás del famoso “contrato social” que concretaban los ilustrados del siglo XVIII y que hoy se constituye en la base de las sociedades modernas. Estado, individuos y sociedad.

Un Estado que realmente funciona promueve ese círculo virtuoso. Los que no lo logran, se pierden en un laberinto, lleno de ideologías, divisionismos, falta de identidad y objetivos. El resultado de ello: un estado amorfo e ineficiente; derrochador de recursos a mansalva; y, lo peor de todo, con mínima efectividad. En el Perú, esa amorfia es un drama que empeora año a año. La crisis de la pandemia ha sido una cruda confirmación de su inoperancia.

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Y si bien, todo el mundo dice querer un mejor Estado, paradójicamente se viene propugnando visiones que apuntan al lado equivocado. En medio de una campaña electoral y lineamientos programáticos, el próximo gobierno debiera canalizar correctamente las expectativas de un mejor Estado que por fin ayude a salir del hoyo en que estamos. Y la mejor forma de hacerlo es comenzar por plantearse las preguntas correctas.

Necesitamos un Estado que permita cerrar las brechas o fallas que el mercado por si solo no puede resolver y que son claves para la cohesión como sociedad y desarrollo: educación, seguridad, minimizar los riesgos de caer en pobreza de nuestros conciudadanos ante la perdida de empleo, enfermedad, vejez y muerte.
Necesitamos un Estado que permita cerrar las brechas o fallas que el mercado por si solo no puede resolver y que son claves para la cohesión como sociedad y desarrollo: educación, seguridad, minimizar los riesgos de caer en pobreza de nuestros conciudadanos ante la perdida de empleo, enfermedad, vejez y muerte.

¿Para qué queremos un Estado? Para que el país funcione, claro está. Hasta ahí vamos bien. Pero las divisiones empiezan cuando las ideologías alejan las piezas que debieran estar unidas; cuando alguien piensa que un Estado debe “construir” lo social aplastando a la iniciativa privada; o más aún, cuando absurdamente se piensa que el Estado, como burocracia, puede reemplazar el dinamismo individual que debiera retroalimentar la búsqueda del objetivo como sociedad.

Creo que un ejercicio fundamental que los políticos y los electores debieran realizar es el plantearse una lista de objetivos prioritarios para lo que quisiéramos un Estado que funcione. Por ejemplo, desearíamos un Estado para impartir justicia y para defender los derechos de propiedad necesarios para que el impulso individual florezca y promueva el progreso.

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Necesitamos un Estado que permita cerrar las brechas o fallas que el mercado por si solo no puede resolver y que son claves para la cohesión como sociedad y desarrollo: educación, seguridad, minimizar los riesgos de caer en pobreza de nuestros conciudadanos ante la perdida de empleo, enfermedad, vejez y muerte. Y necesitamos atender a los vulnerables y poner a su alcance las oportunidades para salir y prosperar.

El Estado debe construir y amalgamar el individualismo necesario que requiere el progreso, así como la necesaria conciencia para alcanzar un país socialmente cohesionado. Y claro está, se necesita un Estado que recaude con justicia, y que gaste con responsabilidad y transparencia. Se necesita un ente que regule bien el funcionamiento de los mercados sin entorpecerlo.

Sunat. (Foto: Leandro Britto / GEC)
Sunat. (Foto: Leandro Britto / GEC)

¿Y cómo vamos en esa lista de prioridades que debiera cumplir nuestro Estado deseado? El peruano siente que el sistema judicial no funciona; que el sistema educativo es penoso; que la seguridad ciudadana es inexistente; que no se ayuda a los más desfavorecidos; que no se pueden salvar vidas y, es más, que el Estado nos mata. Los agentes económicos enfrentan regulaciones absurdas que distorsionan los mercados en exceso; que atascan la inversión privada, lastrando con ello el desarrollo productivo y la generación de empleo.

Tenemos un Estado que expulsa a más gente a la informalidad; gastando, invirtiendo, regulando y recaudando mal. El Estado peruano es todo lo contrario al círculo virtuoso hacia la prosperidad que debiera propiciar.

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Esas debieran ser más o menos nuestra lista amplia de prioridades y problemas que el Estado debe solucionar. Pero si esto es así, ¿cómo lo anterior se puede solucionar ampliando el rol empresarial del Estado como pregonan varios candidatos? ¿Cómo ello nos ayuda a solucionar la ausencia de seguridad ciudadana y de justicia? ¿Cómo un cambio en la Constitución nos permitirá superar nuestra mega informalidad? ¿Cómo un control estatal de precios similar al que aplican algunos países del vecindario regional puede traer desarrollo? ¿Cómo, me pregunto?

El Perú necesita Estado, pero no cualquier Estado. Se necesita reconstruir con cuidado el contrato social que potencie la iniciativa privada, que se alinee y retroalimente con los objetivos como sociedad, y que nos permita trascender. Pero pretender construir ese nuevo contrato social a partir de mayor estatismo, rompiendo el equilibrio entre sus componentes, y minimizando el necesario protagonismo que debe tener la actividad privada, no es ir para adelante. Por el contrario, significa el camino directo al fracaso.

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