Dice Montaigne, en su Ensayos, que “la costumbre es una maestra violenta y traidora. Establece en nosotros poco a poco, a hurtadillas, el pie de su autoridad, pero, por medio de este suave y humilde inicio, una vez asentada e implantada con la ayuda del tiempo, nos descubre luego un rostro furioso y tiránico, contra el cual no nos resta siquiera la libertad de alzar los ojos”. En efecto, la costumbre restringe nuestra visión del mundo, y nos induce a pensar y actuar de acuerdo a un estrecho punto de vista, declarando como incivilizado todo aquello que es diferente. De este modo, sesga nuestros juicios y valoraciones, y nos impide entender al otro. Montaigne sabe que es difícil oponerse a la inercia de la costumbre. Sin embargo, sostiene que la frecuencia con la que repetimos ciertos comportamientos, costumbres y creencias no nos autoriza a extraer de ello principios morales de carácter universal, ni a establecer una correlación necesaria entre costumbre y naturaleza.
Ya se sabe que los hábitos varían notablemente dependiendo del contexto o de la tradición dentro de los que se inscriben dichas prácticas. No existe, pues, ninguna razón para afirmar que nuestra forma de vivir sea mejor o más verdadera que las de otros individuos, pueblos o culturas. Como sostiene Manuel Tizziani en un texto incluido en el libro Lenguaje, voluntad e igualdad en la sociedad moderna, “Montaigne no propone una verdad única; no ofrece la luz cegadora de las esencias inmutables, sino justo lo contrario: la inabarcable multiplicidad, la diversidad del mundo, de las costumbres, de los hábitos. No pretende conducir al sujeto de un dogma a otro, ni ceñir el juicio mediante la adopción de una nueva verdad”.
El influjo de la costumbre nos tiene, así, constreñidos en nuestra forma de actuar, pensar y relacionarnos con los otros, es decir, con aquellos que tienen una manera distinta de estar en el mundo. Es necesario, señala Montaigne, ser conscientes de la relatividad propia de cada modo de ser. Por ello, subraya el carácter arbitrario de los límites que pretenden establecer la diferencia específica entre lo normal y lo anormal, lo bello y lo monstruoso, lo posible y lo imposible, etc. Su objetivo no es otro que el de expandir los puntos de vista respecto de los diferentes aspectos científicos, estéticos y morales de la realidad. De esta manera, intenta promover, como refiere Tizziani, “una ética que, más allá de cualquier principio faccioso o reivindicación chauvinista, ofrezca, al menos a los hombres de entendimiento, la posibilidad de experimentar la alegría de vivir con otros”.