Resumen

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Francisco Miró Quesada C. en su biblioteca; detrás, la fotografía de su gran amigo.
Francisco Miró Quesada C. en su biblioteca; detrás, la fotografía de su gran amigo.
Por Rubén Quiroz Ávila

Vamos a almorzar con mi abuelo, me espetó sonriente mi hermano Paco en medio del Patio de Letras. Para los muchachos sanmarquinos que no habíamos cumplido ni los veinte años, era una invitación a entrar a una dimensión legendaria. Y así fue. La charla giró en torno a las posibilidades de una filosofía latinoamericana, también a otros temas igual de esenciales. ¿Y qué estás leyendo?, me lanzó la interrogante, mientras yo, con pasión proletaria, engullía los pancitos calientes con mantequilla que —después descubrí— eran los aperitivos. Casi caigo fulminado ante esa pregunta directa al cerebro. Era casi una cuestión existencial para mí. El axioma intelectual es evidente: dime qué lees y te diré quién eres. Es más, qué podía decirle a un hombre que lo había leído prácticamente todo. Que lo había recorrido todo. Que lo había pensado todo. Yo estaba más cerca de la nada, ciertamente. Era solo un aspirante a filósofo y estaba delante del filósofo más importante del Perú. Este encuentro era prácticamente la concreción del ser y la nada sartreano.