Subjetividad, individualismo y dispersión son la nueva forma de producir sentido en el mundo entre las nuevas generaciones. (Images: Getty Images)
Subjetividad, individualismo y dispersión son la nueva forma de producir sentido en el mundo entre las nuevas generaciones. (Images: Getty Images)

“Los millennials son narcisistas flojos que todavía viven con sus padres”, rezaba una polémica portada de la revista Time de hace tres años sobre una generación que llegaba a la adultez. Ya se reclamaba entonces a las nuevas generaciones su poco respeto hacia la autoridad, su falta de concentración, su obsesión por los smartphones siempre conectados a Internet, y las “deformaciones” en su escritura, producto de tipear tanto (“textear”). Estos reclamos, por supuesto, vienen de las generaciones anteriores, horrorizadas ante el cambio y la “degradación”. Apocalípticos, los llamaría Umberto Eco. Felizmente, en el Perú dos lingüistas y semiólogos integrados, Juan Biondi y Eduardo Zapata, han decidido estudiar qué hay detrás de estos cambios, con más interés que preocupación. Y encontraron una nueva forma no solo de hablar, sino de procesar información, con el cambio de valores que eso implica: la “electronalidad”.

En Nómades electronales, un libro corto pero ambicioso en que explican, de paso, el desgaste de la idea conservadora de familia, la afición peruana por el chifa y los problemas de nuestra institucionalidad estatal, estos investigadores han explicitado la relación entre el aparente caos de los tiempos contemporáneos, las actitudes de las nuevas generaciones, y esa escritura millennial que, con el uso de emojis y la supresión d ltrs x economía lingüística, se vuelve cada vez más icónica, escapando de la rígida relación entre sonido y alfabeto que pretende la escritura fonética.

“Cuando uno mira la escritura de la electronalidad, esta en que aparecen los emojis y los memes, uno ve un proceso acelerado de ‘desalfabetización’, lo que abre el camino a lo que se llama posverdad. Y que, sencillamente, abre el camino para que el yo individual marque cada uno de sus mensajes, y no haya más la verdad universal inmutable”, dice Eduardo Zapata. Aunque la idea de la “desalfabetización” y la apertura a la posverdad inviten a pensar en un retroceso, Nómades electronales es enfático en no dar una valoración moral. Procura, más bien, entender no solo la escritura, sino la forma de ver el mundo de las nuevas generaciones, a partir de tres características.


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La primera es que los electronales entienden el mundo desde un “ello subjetivado” (definen los objetos siempre desde una perspectiva del “yo” o del “tú”, evitando las definiciones universales), lo que ha sido confundido con narcisismo, y por lo que las viejas generaciones les reclaman su incapacidad de “ser objetivos”.

La segunda característica es que producen sentido por metonimia (asociando las cosas que están próximas unas de otras) en lugar de por metáforas (los “escribales” —aquellos que nacieron y se criaron con el libro— buscan más bien las cosas semejantes a otras): esta sería una de las razones por las cuales las luchas sociales, que antes buscaban la igualdad, ahora buscan el respeto a la diferencia.

La tercera es que los jóvenes producen más oraciones yuxtapuestas que subordinadas. Piensan con “y”, hilando ideas próximas, en lugar de construir largas oraciones para llegar a un punto. Subjetividad, individualismo y dispersión, los tres “males” del pensamiento de las nuevas generaciones, son más bien una nueva forma de producir sentido en el mundo, consecuencia de la conectividad constante y simultánea con la aldea global del Internet.

“Todo lo que la neurociencia dice avala lo que estamos afirmando”, sostiene Zapata, citando cómo el uso de smartphones y la conexión a Internet influencian no solo nuestro comportamiento, sino nuestra estructura cerebral, preparándonos para hacer más conexiones de forma más rápida, pero afectando nuestra memoria a largo plazo. Sin embargo, hay resistencia a siquiera aceptar estas propuestas: “Todo ese mundo ya cayó; lo que pasa es que muchos no lo quieren aceptar”, dice Zapata, refiriéndose al tiempo del libro como lugar seguro, de verdades absolutas y estables. ¿Quiénes no lo quieren aceptar? En un país como el nuestro, en el que la escribalidad nunca se impuso del todo y la oralidad es la principal forma de producir sentido, el lugar de la academia siempre se ha tambaleado. Esta es la estocada final. La electronalidad es más cercana en sus características a la oralidad que a la escribalidad: produce sentido en diálogo en lugar de recibirlo de la autoridad del escritor.

Habría que dejar, entonces, de llamar “subjetivos, individualistas y dispersos” a nuestros nómades electronales y comenzar a entenderlos como lo que son: relativistas, inclusivos y creativos. En general, moldeados por y preparados para habitar la realidad virtualizada en que vivimos.

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