Un distrito regido por el crimen, por Raúl Castro
Un distrito regido por el crimen, por Raúl Castro
Redacción EC

Si bien la tasa de homicidios es el indicador universal del y criminalidad que existe en un territorio, lo que sucede en el distrito de no se agota en esa cifra.

El distrito más grande y poblado de Lima, con más de un millón de personas viviendo en él, registró el año pasado 32 denuncias de según la Policía Nacional, lo cual determina una tasa de 3,05 asesinatos por cada 100 mil habitantes.

Como reporta la organización Lima Cómo Vamos, San Juan de Lurigancho fue en el 2013 el cuarto distrito con la tasa más alta de muertes deliberadas, después de Comas, Chorrillos y Los Olivos.

Si bien estas no son tasas alarmantes como las hay en otras zonas del país donde la violencia ya es epidémica, en grados cercanos a los que de-sangran Venezuela o Centroamérica, en este distrito, como en toda la ciudad, la incipiente presencia del sicariato y su tendencia a crecer en número y ferocidad ya están causando indiscutibles climas de terror.

En efecto, en los últimos meses este pujante distrito del cono este, a la par de tener ejemplares historias de emergencia y éxito empresarial, ha sufrido también el embate de crudas formas de violencia social que no necesariamente han decantado en víctimas mortales pero que ponen en evidencia el despliegue de otras peligrosas actividades criminales.

Tres son los campos en los que estas actividades se ejercen crecientemente: la invasión y posterior tráfico de tierras, la imposición de cupos a obreros y constructoras en el sector inmobiliario, y la extorsión a empresarios para que puedan operar bajo su “reglaje”.

En este Diario hemos ido informando sobre las amenazas y atentados concretos que han recibido los vecinos de esta zona en relación a estos poderes paralelos que se mueven ahí con total libertad.

Un caso paradigmático ha sido el de la corporación “El Padrino”: el dueño de un conjunto de pequeños y medianos negocios denunció en setiembre que soporta desde hace cinco años extorsiones de todo tipo para que pueda operar. Solo en este año informamos que una granada tipo piña cayó sin detonar en una de sus propiedades, y que en otra, meses antes, un explosivo le causó severos daños materiales.

Esta situación en San Juan de Lurigancho nos hace pensar que si bien las tasas de homicidio no grafican una situación apocalíptica, el ascenso de las hasta ahora pequeñas mafias está consiguiendo que estas controlen la economía local y dicten las normas de convivencia, en este caso, regidas por el miedo.

Las actividades productivas más prósperas en la zona tienen un ‘impuesto no oficial’, pero real y doloroso, que es pagado  a estos poderes ilegales. Comercios, construcciones y titulación de tierras son los rubros de sus negocios.

La criminalidad organizada se instala ahí donde los organismos del Estado que deben vigilar la vida en común no tienen voluntad ni inteligencia para combartirla. Lamentablemente este parece ser el caso de este distrito emblema de la nueva gran Lima.