
Con la llegada de “Las Muertas” a Netflix, una ola de espectadores en México se enfrenta a una versión renovada y crudeza renovada de la historia de las hermanas Valenzuela —conocidas popularmente como “Las Poquianchis”— ahora retratada como las hermanas Baladro. Bajo la mirada de Luis Estrada, la miniserie trae a la pantalla un relato que no busca suavizar nada: violencia contra la mujer, desaparición forzada y trata de blancas se presentan con un elenco nuevo y escenarios que remiten sin ambages a los años 50 y 60.
Paulina Gaitán y Arcelia Ramírez encarnan a las hermanas Baladro con intensidad; su ascenso a través de cantinas y redes de prostitución conforma el núcleo dramático de los seis episodios. A su lado, figuras como Alfonso Herrera y Joaquín Cosío completan el cuadro: son personajes secundarios, sí, pero con relevancia decisiva en la vida y el destino de las mujeres que llevan la historia.
La serie no se regodea en el morbo; más bien, dibuja la maquinaria social que permitió que tales horrores prosperaran. Los crímenes que nacen del imperio de las cantinas y los tugurios se muestran como síntomas de una red más amplia, donde la ganancia económica y la indiferencia ciudadana se mezclan hasta volverse cómplices.

ESTO ES LO MÁS PERTURBADOR EN LA HISTORIA DE LA SERIE SEGÚN JOAQUÍN COSÍO
Joaquín Cosío, en su papel y en palabras recogidas por Sensacine México, señaló lo siguiente: “Ocurrió en tres ciudades, se levantaron imperios económicos, cantinas y tugurios en donde existían todas las fuerzas vivas y nadie se dio cuenta de que eran negocios ilícitos”. Esa frase apunta a la complicidad silenciosa que sostiene el crimen.
Para Cosío, lo más atroz no son solo los homicidios o la violencia explícita, sino el mutismo de quienes sabían. “Hay una doble moral, [porque] se permite el latrocinio y la corrupción, en tanto nosotros podamos disfrutar de ella”, comentó el actor, señalando cómo el entretenimiento y el beneficio pueden ocultar una verdad mucho más oscura.

Esa acusación al silencio y a la doble moral se convierte en una lectura amarga pero necesaria: “Las Muertas” no es únicamente una reconstrucción histórica, sino una advertencia sobre cómo la corrupción y la impunidad pueden enquistarse en la vida social.
Cosío lo conecta con el presente cuando afirma que esa dinámica “se repite en todas las instancias del poder, y el poder permite lo que le beneficia”.
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