La nueva variante del coronavirus, detectada en el Reino Unido en setiembre, ha encendido las alarmas de Europa y de todo el mundo.  (Foto: EFE/EPA/Facundo Arrizabalaga).
La nueva variante del coronavirus, detectada en el Reino Unido en setiembre, ha encendido las alarmas de Europa y de todo el mundo. (Foto: EFE/EPA/Facundo Arrizabalaga).
Editorial El Comercio

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Se llama . Se sabe que fue detectado por primera vez en setiembre, en Inglaterra, que presenta una veintena de mutaciones diferentes en su secuencia genética y que se ha expandido rápidamente por algunas zonas de las islas británicas, como Londres (, en noviembre, alrededor del 25% de los casos detectados en la capital inglesa pertenecían a esta nueva variante; para mediados de diciembre, sin embargo, el porcentaje llegaba hasta el 60%). Se sabe, además, que ha arribado también a Dinamarca, Países Bajos y Australia (una variante similar fue detectada también en Sudáfrica y, , ha sido encontrada en el 90% de las muestras analizadas en el país austral desde mediados de noviembre, pero no se ha confirmado que esté relacionada con la versión británica).

Lo anterior es todo lo que sabemos hasta ahora con relativa certeza sobre la nueva variante del coronavirus que ha prendido las alarmas del mundo y que ha convertido al Reino Unido, en cuestión de días, en un . Lo más importante (el comportamiento mismo del VUI-202012/01) es todavía materia de análisis, por lo que cabe ser cautos con la información que llega desde Europa.

Se sospecha, por ejemplo, que no es más letal que el coronavirus que conocemos y que tampoco produciría síntomas más agudos. Se cree, eso sí, que se contagia más rápido (“aunque hay una incertidumbre considerable, puede ser que la variante anterior de la enfermedad”, ha afirmado, por ejemplo, el primer ministro británico Boris Johnson), lo que, como es evidente, podría poner en serios aprietos a sistemas de salud tan febles y con una capacidad tan limitada como el nuestro. Se sospecha, finalmente, que no afectaría a las vacunas más desarrolladas hasta ahora –y que ya se vienen suministrando en algunos países–, como la de Pfizer/BioNTech, Moderna y Oxford/AstraZeneca. Y en el peor escenario (este es, que el virus mute de manera considerable), parece que las vacunas con las que contamos son fáciles de modificar para adaptarlas a los cambios del patógeno.

De cualquier manera, la noticia, que ha caído como un balde de agua fría, es un buen recordatorio de por qué no podemos dar la lucha contra el por ganada, a pesar de que varios países ya han a grandes porcentajes de su población (Estados Unidos y el Reino Unido ya empezaron a vacunar a sus ciudadanos, y la Unión Europea después de Navidad). Pero, en el otro extremo, y por lo que señalamos antes, tampoco hay razones para caer en un pesimismo absoluto.

Los virus, como ha explicado Pablo Tsukuyama, investigador de la Universidad Cayetano Heredia, mutan constantemente (de hecho, el coronavirus que salió de Wuhan, en enero, no es el mismo que se encuentra hoy en la mayor parte del globo). Sin embargo, esta situación sí nos debe llevar a reflexionar en dos frentes.

El primero, como ciudadanos, sobre la importancia de que sigamos cuidándonos entre nosotros, cumpliendo con las medidas sanitarias que todos conocemos desde marzo: el distanciamiento social, el uso de la mascarilla y de los protectores faciales, y el lavado constante de manos. Una receta que debemos tener presente con mayor razón ahora que se acercan fechas festivas.

El segundo, al Gobierno, sobre lo vital que resulta responder rápido ante los nuevos escenarios (como hizo acertadamente ) y que podría aprovechar esta coyuntura para desplegar una campaña de comunicación que nos recuerde que la emergencia todavía no ha terminado y que no debemos bajar la guardia.

Como escribió hoy el científico , “la moraleja es que lo que debemos hacer con el VUI es lo mismo que ya teníamos que hacer con el virus anterior: evitar que se propague”. Y esta es una responsabilidad que compartimos cada uno de nosotros.