Mi madre atendía con mi padre el negocio familiar y no cocinaba en casa, de eso se encargaban las buenas mujeres que llegaban a impregnar el aire con aderezos. Fue cuando mi padre vendió su farmacia que mi madre reveló en casa la sabiduría culinaria que ocultaba.
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Mi madre cuenta que a los siete años su abuela Rosario la enviaba a escoger la gallina que iba a ser sacrificada para preparar los juanes. Para entonces, mi madre ya sabía diferenciar a las ponedoras de las que irían a ser cocinadas. Mi bisabuela le había enseñado a meterles el dedo por la cloaca la noche anterior: si su uñita se topaba con una dureza, era porque un huevo venía en camino. Ya desde entonces, mi madre sabía de huevos más que mi padre, y vaya si no sabía mucho más. Sabía que para hacer masato no era necesario escupirle a la yuca: su abuela le había mostrado que con unas galletas de soda se llegaba al mismo brebaje. Sabía también cómo preparar la mishkina que, como todo aderezo, es el secreto del sabor futuro, y sabía cómo colocar un ají entero en el hervor para que las sopas tuvieran más carácter. Si mi madre es una gran cocinera es porque quería aprender para luego compartir su cariño. ¿No está en el amor, ese ingrediente invisible, la diferencia entre un plato cumplidor y uno que se recordará siempre? ¿No fue aquel amor entre nieta y abuela la chispa de lo que explotó después? Mi bisabuela Rosario fue la cocinera más requerida en la Iquitos posterior al caucho. Las casonas enriquecidas por aquella leche vegetal se peleaban sus servicios cuando había que hacer banquetes y mi madre, desde niña, supo tomar nota. A veces fantaseo con la imagen de ambas, codo a codo, cocinándome un plato en mi cumpleaños en un universo que no tiene las reglas de este. ¡Qué Adriá, ni qué Bocuse! Si tuviera que optar entre un chef que acapara portadas y esa cocinera anónima cuya motivación no estaba en el brillo sino en la entrega, se adivinará mi elección.
Hoy, que descubro en mi mano el olor a ajo antes de dormir, puedo decir que lo mejor que me ha ocurrido en esta pandemia ha sido haber aprendido a cocinar. ¡Cómo no lo hice antes! A la admiración que sentía por mi padre por su oficio se le ha sumado una nueva complicidad con mi madre.
Es injusto que, aunque ambos preparaban recetas con maestría, la sociedad no los aquilatara por igual.
A mí me toca nivelarlos en mi propia balanza.