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Combis en el cielo, una crónica de Fernando Vivas

La campaña municipal ha adaptado al caos limeño mitos universales sobre las urbes desorbitadas y la naturaleza contaminada

Combi

Ilustración: Giovanni Tazza

Giovanna Tazza

Son mitos universales pero nos cogen aquí y ahora, Lima 2018, adaptados (a veces plagiados) a la ‘fantaciencia’ de una veintena de candidatos que brincan para empinarse sobre la indiferencia, que es, hasta hoy, según las encuestas, el candidato favorito.

—¡Mamá, el teleférico!—
Cada cabina es más enana que una combi. O sea, se va al tacho toda la cháchara de economía de transporte que pide meter mucha gente en pocos y grandes vehículos; pero ahí están los teleféricos, invocados en los planes de Juan Carlos Zurek, Humberto Lay, Jorge Muñoz o Roberto Gómez Baca. No hay ninguna ciudad importante en el Primer Mundo cuyo principal medio de transporte masivo sean los teleféricos. Si los hay, es con fines turísticos en zonas no urbanas o periurbanas. Ah, pero en Sudamérica hay una gran excepción que llevó a otra, mucho más grande. En el 2004, Medellín inauguró la primera de cuatro líneas de teleférico que llevan pasajeros desde estaciones del metro hacia barrios altos. Y en el 2014, Evo Morales lanzó una red de cinco líneas de teleféricos que descienden desde los 4 m.s.n.m. a La Paz. Caso único, adaptable a una ciudad de paisaje vertical y de voluntad igual (todas las cabinas llevan el rostro de Evo). O sea, mito moderno y mesiánico de inclusión por los cielos y para los cerros (no populismo ‘low cost’ como las escaleritas de Castañeda). Candidatos que no llegan a las nubes, pues no las divisamos, sino a la gris panza del burro.

—Gran hermano—
No me refiero al ‘Hermanón’ Belmont, que ese candidato no destaca por invocar mitos de moda sino miedos primordiales (a los extranjeros, por ejemplo); ni a los ‘hermanitos’ de los audios. Me refiero a la idea orwelliana del ‘gran hermano’, que ya perdió su talante de pesadilla futurista, para ser ordinario mito de moda cuando se lo invoca, en casi todos los planes de gobierno, como ‘red integrada’ de cámaras para combatir la inseguridad callejera. Desde hace buen tiempo, el monitoreo de la ciudad a través de lentes estratégicamente ubicados ha permitido resolver casos policiales y hacer intervenciones rápidas. Tiene, además, un efecto disuasivo. Pero los candidatos que enfatizan la necesidad de la ‘red integrada’ de todas las cámaras, no solo las municipales, no atinan a explicar cómo resolverá eso la escalada del crimen. Un gratuito y casi inútil ‘gran hermano’, al que los raqueteros se le pasearán, con pasamontañas, por sus narices. Un recurso complementario a otros, pero no la panacea. Y, para remate, ni siquiera serán el alcalde y sus serenos los titulares de la lucha contra el crimen, sino la PNP. Al menos, este mito se actualiza junto a la tecnología y es más inocuo que otro mito, primordial, que es sacar al ejército a las calles como sugiere el puntero en las encuestas Renzo Reggiardo. También es mejor que el mito del ‘helicóptero’ que lo ve todo, que dio corta fama al ex candidato Álex Gonzales ‘Toco Toco’. Ah, y también están los drones. Estamos vigilados...

—Miraflores, ¿y?—
Muñoz no es el primero en invocar el mito de Miraflores como el distrito de vanguardia que prepara –le sucedió a Alberto Andrade– para llegar al sillón metropolitano. Con más candor que osadía, hasta le ha puesto nombre: ‘Limaflores’. Por supuesto, hay otros criterios (tamaño, población, diversidad, mezcla de problemas y emprendimientos) que hacen iguales o más emblemáticos a otros distritos. San Juan de Lurigancho, el más populoso, bien podría ser el más invocado por todos los candidatos, o La Victoria, que contiene a Gamarra y a la vez resume todos los retos de la informalidad, o el propio Cercado, que será el único dominio territorial exclusivo; pero dale con mentar a Miraflores como emblema de una diversidad que no cabe allí.

—Mi abuelita en bicicleta—
En parapente y con ‘selfie stick’ volando sobre ‘Limaflores’ se la vería más mona, pero para el propósito de los candidatos verdes, como Velarde, basta montar a la abuela en bicicleta. La idea de poner a todos y todas, sin distinción de raza, clase o arruga, pedaleando en ciclovías, ahorrando energía y quemando grasa, es tan vieja como el ‘sex appeal’ de Ámsterdam en el milenio pasado. Y allí están, en San Isidro y otros distritos, ciclovías poco transitadas por ciclistas que, en su mayoría, pedalean con más propósito recreativo que necesidad de transporte. El sueño de la sostenibilidad, sostenido –perdonen la redundancia– en lo ecológico y saludable, dejando intactos males que nos hacen insostenibles, es uno de los mitos y entreverados razonamientos que más confunden el voto en esta campaña que está tan fría.

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