Por Melvyn Arce Ruiz

Resulta difícil de imaginarlo ahora, pero en 1997 todos apostaban a que “Titanic” sería un fracaso. No eran tiempos tan digitalizados como los actuales, pero en los blogs y webs que ya existían y los correos electrónicos que ya se enviaban con cierta frecuencia, empezó a circular una especie de reloj con una cuenta regresiva para el hundimiento de la película del Titanic. Las razones para anunciar el inminente fiasco eran muchas: se hablaban de problemas en el set de rodaje (incluso heridos por las exigentes grabaciones), peleas entre los estudios que se asociaron para poder financiarla y postergaciones en el estreno que lo único que hacían era aumentar el presupuesto de la que por ese entonces era la película más cara jamás hecha en la historia del cine.

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