Yo no estaba preparando una carrera perfecta, estaba preparando un comeback. No me alcanzarían los dedos para contar cuántas veces mi cabeza me dijo que quizás era mejor esperar: regresar más fuerte, tener más tiempo, probarle al resto que podía hacerlo increíble.
Un momento: ¿probarle al resto? ¿En serio?
¿Iba a dedicar meses, cansancio, dudas, sudor y la uña de mi dedo gordo… al resto?
De ninguna manera.
El miedo no siempre es una señal para parar. Muchas veces es la señal de que algo realmente te importa. El problema es el ruido: las redes, los PR, las comparaciones, las expectativas.
Y nuestra necesidad de tener todo bajo control.
Cuando no podemos controlar el escenario, muchas veces intentamos controlar nuestra exposición al escenario: no voy, no participo, espero a estar mejor preparada.
Parece prudencia. A veces es miedo perfectamente disfrazado.
Y esto no pasa solo en el deporte. ¿Cuántas veces dejamos de hacer algo increíble porque no sabemos cómo va a salir? ¿Cuántas oportunidades dejamos pasar esperando sentirnos listos? Queremos controlar el resultado antes de empezar y convertimos nuestras expectativas en requisitos para disfrutar.
Entonces, ¿qué hice?
Fui. Me presenté.
Y pasó la parte más difícil: LLEGAR A LA PARTIDA. Porque una vez que estás ahí, lo que toca es avanzar.
Los primeros 13 kilómetros eran de bajada. Mi estrategia: controlar, esperar, confiar.
Hasta el 18 apareció mi fortaleza: subir. Donde otros paraban, yo avanzaba al mismo ritmo, al mío.
Los últimos tres fueron rienda suelta.
¿De velocidad? ¡No!
De mi fiesta.
De observar, soltar y estar presente porque ya sabía que, a mi manera, lo había logrado.
¿Me creerían si les digo que gané la carrera?
Lo hice.
No gané mi categoría ni hice el tiempo con el que había fantaseado. Gané algo bastante más difícil para mí: logré que mis expectativas no me quitaran la experiencia.
Esta no es una columna de running.
Porque afuera hacemos exactamente lo mismo: postergamos, nos comparamos, tememos hacerlo mediocremente y dejamos que nuestros propios estándares nos alejen de cosas que, en el fondo, nos hacen felices.
Eso es lo que el deporte me sigue enseñando: siempre habrá alguien mejor que tú. Nunca te vas a arrepentir de enfrentar un miedo. Y querer hacerlo mejor nunca debería convertirse en una razón para no hacerlo.
Prepárate. Persigue tus tiempos. Intenta ser mejor.
Pero cuando llegue el momento, preséntate.
Porque al final hay una regla todavía más importante:
Estamos aquí para pasarla bonito.
Contenido GEC
Contenido GEC
Contenido GEC