"La puñalada es el apéndice de una disfunción mental: reclama una retribución emocional a través del daño", escribe el autor.
"La puñalada es el apéndice de una disfunción mental: reclama una retribución emocional a través del daño", escribe el autor.
Jaime Bedoya

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¿Por qué traiciona el traidor? La pregunta se balancea como el cuerpo de Judas, eternamente colgando de un árbol. La gratificación de una deslealtad no se agota en las bíblicas treinta monedas, metal que suele acabar siendo más caro que la recompensa por ser culebra.

Judas quiso devolver el dinero al darse cuenta del verdadero precio de su acción. Demasiado tarde. La felonía devalúa la remuneración a su mínima expresión. Esto hace necesario encontrarle otro motivo no tangible a la infamia. Pero este no siempre aparece.

Su motivo real queda oculto entre pliegues de carencias y resentimientos no resueltos. El apóstol traidor enfrentó el tema con una cuerda y un árbol que se conoce como árbol del amor. La metáfora cierra el círculo de orfandad afectiva que embarga al traidor. El departamento de defensa norteamericano luego confirmaría la sugerencia bíblica.

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En una investigación llamada Proyecto Sombra que abarcó desde la segunda guerra mundial hasta comienzos de los 90, se investigó el porqué los traidores traicionaban. En efecto, el dinero no era el único motor de una doblez despreciable.

La traición era el último acto de una honda crisis emocional. Una que arrastra en su camino cuentas pendientes de venganza y necesidad de reconocimiento. La puñalada es el apéndice de una disfunción mental: reclama una retribución emocional a través del daño.

Una comunidad histórica la acompaña. Esta estirpe presumiblemente se funda con Felipillo y tiene notables integrantes contemporáneos como doña Matilde Pinchi Pinchi.

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Felipillo, según investigaciones, tenía un interés romántico – y corpóreo- en una de las concubinas de Atahualpa. Razón que inclinaba su colaboracionismo en desmedro del Inca, un rival antes que un compatriota.

La señora , por su parte, era la única autorizada a maniobrar el complicado peinado de Vladimiro Montesinos, obra maestra del camuflaje capilar. Esta tarea heroíca, peinar a un calvo, le valía un afecto resumido en cómo el asesor se refería a ella: la Pollito. Esta ave se hizo traicionera y de rapiña al ser desplazada por doña Jacqueline Beltrán, voluptuosa secretaria del Servicio de Inteligencia Nacional.

Karem Roca apuñaló a su jefe con un arma afilada por forajidos. El resultado fue un presidente balbuceante, atrapado entre presuntas aventurillas que en su desliz arrastraron credibilidad y credenciales democráticas hacia la incertidumbre de una matriz en Piedras Gordas. Todo por no poder decir honestamente cuantas veces ingresó a Palacio de Gobierno un cantautor cuyo cabello cambia de tonalidad cada semana y cuya necesidad de atención equivale a dos agujeros negros. Así es mi Perú.

Pero como todo artista, Richard Cisneros solo era capaz de guardar lealtad hacia sí mismo. Por eso una de sus primeras víctimas fue , a quien el mismo confesó haber matado con dos estacas como a un rey vampiro. Cisneros traicionó a la traición, sumiéndola en el ridículo.

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Hasta donde se sepa, aparte posiblemente de una grabadora nueva, la ex asistenta palaciega Karem Roca no recibió nada por clavarle un puñal a su jefe. Mientras iba hundiendo el acero decía que seguía considerándolo un padre. Cabe preguntarse si una palabra oportuna, algo de afecto paternal, no hubiera evitado el doblez de una hija postiza, traición que expuso la vulnerabilidad de un padre con un concepto elástico de la verdad.

Lo otro es volver al proverbial antídoto contra la traición: la desconfianza. Es feo vivir así, como si fuéramos todos escorpiones. //

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