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Game of Thrones 8x06: las lecciones que nos deja el final de la serie más vista de la televisión

Game of Thrones culminó este domingo con el final de tono agridulce tantas veces prometido. Un sino de tragedia se les reservó a Daenerys Targaryen y Jon Snow, en un destino sin vencedores que pone lápida a la gran historia de fantasía que nos fue contada esta década.

Habría que recordar un dicho de Cersei Lannister para empezar a desmadejar el final a fuego lento, polarizante, que nos regaló Game of Thrones. Fue una clausura con la triste cadencia de una balada que amarga la boca, como amarga fue también la fantasía de 73 capítulos que le tocó cerrar. “Cuando juegas al juego de los tronos, ganas o mueres. No hay punto medio”. Ayer quedó eso clarísimo. La única victoria para el bando vencedor de esta historia fue salir vivos de ella, con la cabeza sobre sus hombros. Aunque un aire de derrota se respirase en cada primer plano que la cámara les regalaba.

En la final de Game of Thrones vimos que la paz y la guerra eran solo dos estadios que se suceden en un continuo mucho mayor: la lucha por el poder absoluto. Daenerys Targaryen (Emilia Clarke) cumple su amenaza de conquistar King´s Landing a sangre y fuego, y arenga a su ejército como lo harían los grandes tiranos de la historia, con megalomanía y mesianismo. Al mismo tiempo, promete dar el mismo tratamiento a todos los reinos de Westeros. En ese panorama, un Tyrion Lannister (Peter Dinklage) reflexivo se da cuenta de su error: Daenerys no estaba loca, pero fueron ellos, sus consejeros, los que crearon al monstruo al alimentar su crueldad, su superioridad moral y su noción de creerse en lo correcto.

Toca entonces a las personas que la rodean ensuciarse las manos para empezar a hacer lo correcto, aunque eso revele las paradojas que tal concepto encierra. “¿Qué hay de los demás que creen saber lo que es bueno para ellos mismos?”, le pregunta Jon Snow (Kit Harington) a su reina asesina, en un último intento por darle el beneficio de la duda o quizá disiparse las nubes de la cabeza. La respuesta confirma sus peores temores. “Yo se lo que es bueno. A ellos no les toca elegir”, le dice ella, imperturbable, bella y mas peligrosa que nunca con el trono de hierro a sus espaldas.

Jon Snow discrepa. Con dolor le da un beso y acaba con su amante de un puñalazo en el vientre, antes de que su sentido de "lo correcto" se siga extendiendo en los siete reinos. La construcción de la escena es poderosa, como sacada de una tragedia, a la que, sin embargo, pudo dársele una motivación mayor, más personal, si es que Daenerys le pedía en ese momento la cabeza de su hermana Sansa, su gran rival. La figura hubiera guardado exacta simetría con el final de su padre, el Rey Loco, quien murió en ese mismo lugar luego de pedirle algo parecido a Jaime Lannister, que resultó su asesino.

La grisura moral del acto de Snow nunca le dará paz. Luego de ser apresado por regicida, le pregunta a Tyrion, volviendo al gran tema del capítulo, si lo que hicieron ambos fue bueno. “Entonces ¿por qué no se siente correcto?”, le dice, atormentado. Solo faltaba que un coro griego le responda. Menos dudas tuvo el dragón de Daenerys, que al ver el cadáver de su ama en el suelo hizo justicia con el culpable de su debacle: el trono de hierro que la tentó desde niña y marcó su senda auto destructiva. Con su aliento de fuego, Drogon convirtió en 48 segundos el objeto en metal fundido. Luego se llevó el cuerpo de Daenerys más allá del mar, con rumbo desconocido. La gran aventura de los hijos de Aerys II llegaba a su final. 

-La historia es la única reina-
La última media hora del show fue las más problemática y se centró en la elección del nuevo rey. En un tono mas sereno, los lores de Westeros se reúnen en King´s Landing para la novedad de tener que escoger por primera vez a su futuro gobernante. Luego de descartar entre carcajadas la propuesta de instalar un régimen democrático, el elegido resulta siendo el más improbable, Bran Stark (Isaac Hempstead-Wright), quien por lo visto estaba muy seguro de su posición al final de la historia. Se rompe así la tradición dinástica de los reyes con derecho de nacimiento, una de las grandes causantes de la guerra. Era la verdadera rueda que se debía romper.

La elección, sin embargo, no termina de satisfacer, puesto que el mismo personaje de Bran Stark se encargó de dejar en claro en varias oportunidades no ser quién los demás dicen que es. Y nunca se le había visto ni remotamente interesado en tener un desempeño tan mundano como gobernar, dado su origen místico. ¿Quién es la entidad que está sentada en el nuevo trono? ¿Quién era al final El Cuervo de Tres Ojos que vivió por siglos más allá del muro? La decisión de los guionistas deja más sospechas que certezas, y mucha intranquilidad. Es el final que proponen pero no se siente natural.

Todo final de ficción, a fin de cuentas, es una convención que no imita a la vida, pues la vida no tiene finales. Incluso la muerte de uno es un capítulo en el viaje de otras personas. Así, vemos a Arya Stark (Maise Williams) embarcarse en un viaje a lo desconocido. A Jon Snow haciendo lo mismo, pero más allá del muro. Sansa Stark (Sophie Turner) es coronada Reina en el Norte, pero está sola, sin familia o apoyos. Son finales abiertos, que no aspiran a la pretensión aristotélica de querer atar cabos, una dinámica por la que han fracasado tantas grandes ficciones en el pasado, desde Lost a Battlestar Galactica. La incertidumbre en el rostro de Jon Snow, condenado a vivir bajo el exilio, es la misma que sentimos delante de la pantalla.

Game of Thrones 8x06 se despide dejando un par de reflexiones que se saborean mejor cuando la emoción por la conclusión se disipa. La más obvia, casi metatextual, es lo que dice Tyrion sobre el poder de las buenas historias, pues parece hacer referencia a la misma serie, que nos tuvo a todos alrededor del televisor durante ocho años. ”¿Qué une a las personas? ¿Los ejércitos? ¿El oro? ¿Las banderas? Son las historias. Nadie, ni los enemigos, las pueden parar”. Con sus aciertos y defectos , con un tramo final que nunca debió apresurarse, la de Game of Thrones ha sido la gran historia de fantasía que nos convocó a todos en esta década. Hicimos de su discusión, teorías y hasta de la contención de spoilers, una tradición que dejará un vacío enorme en la TV ahora que ya no está.

La otra reflexión que nos regala la serie es la relativa a la Historia, con mayúscula. Quién la escribe, desde qué punto de vista y, sobre todo, qué es lo que quiere contar. Brienne de Tarth corrige la historia de Jaime Lannister, de cuya honorabilidad solo ella pudo dar fe. Y Tyrion Lannister se sorprende cuando se entera que su nombre no figura en el libro que se ha escrito sobre la Guerra de los Cinco Reyes. Un libro que, además, lleva por título el mismo nombre de la saga literaria de George R. R. Martin, para seguir con el tono metatextual.

Es un final sugerente que recuerda a El Señor de los Anillos, aunque pulse notas distintas. Se entiende que los relatos escritos, con sus omisiones, son los que  prevalecerán sobre las leyendas que se vayan a contar de esos tiempos míticos. Sobrevivirán, con correcciones, cuando los cánticos y las épicas de los héroes que conocimos se pierdan en el tiempo, irremediablemente. //

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