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Gisèle Pelicot publica “Un himno a la vida”: lee un extracto del libro sobre el caso que estremeció al mundo

Escritas conjuntamente con la periodista y novelista Judith Perrignon, las memorias de Gisèle Pelicot llegan esta semana a librerías peruanas. Su caso conmovió al mundo cuando, en 2024, un total de 51 hombres (entre ellos, su esposo) fueron sentenciados como responsables de uno de los casos de abuso sexual más terroríficos de la historia.
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Gisèle Pelicot publicó su libro de memorias. / CHRISTOPHE SIMON

Gisèle Pelicot

28/2/2026 09H30 - ACTUALIZADO A 28/2/2026 09H30

En 2024, la francesa Gisèle Pelicot sacudió al planeta con una denuncia pública: durante años, su esposo la había drogado, dejado inconsciente y permitido que más de 50 hombres abusaran sexualmente de ella. El terrible caso la convirtió en un ícono de la lucha feminista, y de eso da cuenta Pelicot en su libro “Un himno a la vida”, del que presentamos un extracto.

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Ese día, cuanto más caminaba, más aumentaban mis dudas. Si Dominique fuera a estar solo en el banquillo, yo querría un juicio a puerta cerrada, seguro, pero ¿ahora? Una avalancha de preguntas me saturaba la mente, una extraña mezcla de ansiedad, ira y confianza en mí misma. Ahora yo era más fuerte, ya no era la mujer que lo había perdido todo. Vivía con Jean-Loup, y el recorrido de mi paseo me llevaría de vuelta a su casa, que ahora era la nuestra. Unos meses antes todavía me escabullía, conocía a sus hijos, pero desaparecía y no me quedaba mucho tiempo cuando venían. El día que su hijo cumplió treinta años, yo me había retirado a mi casita. Victor me llamó, quería que estuviera allí. Y sobre todo yo tenía a mis hijos. El verano que habíamos pasado juntos y después el fin de año parecían haber suavizado nuestra relación. Mi familia se recomponía. Me alegraba que habláramos más a menudo, que me contaran cómo les iba, y volvía a oír las voces de mis nietos, a los que echaba mucho de menos. Creía que por fin nos estábamos recuperando. Cada uno instruía el proceso del padre y del marido a su manera y en privado, pero iríamos juntos al juicio y buscaríamos, si no un sentido a todo lo que nos había pasado, al menos una forma de concluirlo.

Había llegado a la playa. El aire del mar se vuelve más intenso al instante, te llega a lo más profundo de los pulmones, te expone a los elementos y te hace sentir pequeño pero vivo. Sentí físicamente que necesitaba al resto del mundo. Ya no quería estar sola. Muchos desconocidos me habían hecho bien y me habían acogido cuando no me quedaba nada. Ya no temía las miradas, no temía que se supiera. «La vergüenza debe cambiar de bando». Estas palabras, que llevaban más de diez años acompañando a las mujeres víctimas de violación y violencia, y que había oído, se instalaron en mi mente como un estribillo, como si de repente pequeñas cuchillas afilaran mis pensamientos. Todo el mundo tenía que ver a los cincuenta y un violadores. Eran ellos los que tenían que agachar la cabeza. No yo. Subí la duna, que termina en un pequeño promontorio, y luego la costa es más accidentada, ahí termina el paseo y hay que tomar el camino hacia la casa de Jean-Loup. Pero me quedé un momento en lo alto de la arena, con la mirada perdida en esa línea donde se encuentran el cielo y el mar, y supe que tenía que abrir la puerta del juicio.

Cuando volví, Jean-Loup estaba poniendo la mesa. Le dije que había decidido no celebrar el juicio a puerta cerrada, como la ley me proponía. Me contestó en tono muy tranquilo que la decisión era mía y que me apoyaba. Como si lo hubiera visto venir.

Después de comer llamé a Stéphane. «¿Está segura, Gisèle?», me preguntó, sorprendido por mi cambio de opinión.

Me llamó más tarde con Antoine, y los dos me pidieron que me lo pensara. Me dieron una semana. Pero mi decisión estaba tomada. Me liberaba. Se la confirmé al día siguiente. Llamé a Caroline de inmediato. Se quedó encantada, ella no había olvidado esta posibilidad, que nuestra primera abogada había planteado años antes. David y Florian también estuvieron de acuerdo. No imaginábamos la tormenta que se avecinaba, por supuesto, era imposible preverla. Además, yo no la quería. Decidimos que yo me quedaría en la audiencia durante las dos primeras semanas, y que a partir de entonces solo hablarían mis abogados y sus colaboradores. Era a esos cerdos a los que quería poner en el foco, no a mí. Cuando no estoy bien, me escondo.

Hoy, cuando pienso en el momento en que tomé esta decisión, me digo que si hubiera tenido veinte años menos, quizá no me habría atrevido a abrir la puerta. Habría temido las miradas, esas malditas miradas con las que una mujer de mi generación siempre ha tenido que lidiar, esas malditas miradas que por la mañana te hacen dudar entre un pantalón y un vestido, que te siguen o te ignoran, que te halagan y te avergüenzan, esas malditas miradas que se supone que te dicen quién eres, lo que vales, y que a medida que envejeces te abandonan. Era exactamente la fibra que tocaba Dominique cuando me decía que debería alegrarme de que mi marido siguiera deseándome cuando me hacía fotos saliendo del baño. Sin duda yo era un poco sensible a eso. Es una tontería, pero éramos así, personas más libres, mujeres más autónomas, pero que siempre temían que las abandonaran o necesitaban que las salvaran. Quizá la vergüenza desaparece con más facilidad cuando tienes setenta años y ya nadie se fija en ti. No lo sé. No me daban miedo mis arrugas ni mi cuerpo. Yo amaba y Jean-Loup me amaba. Mi felicidad también influyó.//

“Un himno a la vida” (Lumen) puede adquirirse en librerías locales desde esta semana.
Además…
A saber

El caso de Gisèle Pelicot (73) se destapó cuando la policía detuvo a su esposo en un supermercado mientras grababa por debajo de la falda a varias mujeres. Al intervenirlo y luego revisar su computador, encontraron las pruebas de los sistemáticos y brutales abusos contra su esposa.


Este libro, escrito junto a la periodista y novelista Judith Perrignon, constituye un franco y estremecedor testimonio de vida. Unas memorias en las que Pelicot repasa las complejidades de su infancia, su carrera, el matrimonio, la maternidad, y el atroz descubrimiento del crimen que la convirtió en víctima y que, sin embargo, no la derrotó.


“Un himno a la vida” (Lumen) puede adquirirse en librerías locales desde esta semana.

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