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Jorge Piqueras: un monumento a la libertad
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Jorge Piqueras: un monumento a la libertad

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Piezas fundamentales de su obra fueron una serie de esculturas que representaban hombres intentando trepar una pared con el claro propósito de huir. En alguna entrevista, el artista reveló que estas figuras se inspiraron en una situación fundamental en su vida: su paso por la cárcel en Francia. El artista recordaba que allí sufrió vejámenes de los guardias, que bajó 7 kilos aquel mes en que estuvo preso por un accidente de tránsito. Él había bebido. No demasiado, pero sí lo suficiente para llevarlo a la cárcel. En el choque murió una chica en el otro vehículo. Recordaba que eran ocho personas, todos extranjeros, compartiendo la misma celda de cuatro metros de largo por dos de ancho. Nunca olvidó el maltrato de la policía francesa, la sensación del encierro. En el calabozo sin luz, se puso a hacer ejercicios. Para contrarrestar la inmundicia, se puso a dibujar personajes prendidos de los barrotes. Unos tienen la cabeza gacha, otros levantan la frente. Fueron los bocetos de lo que más tarde fue su serie de esculturas tituladas “Monumento a la Libertad”. En la celda, él soñaba que estaba afuera. Y cuando salió, soñaba que continuaba dentro.

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Ajochar la memoria

“Ajochar” es una palabra añeja, pasada de moda, que significa presionar, perseguir, asediar. El pintor Jorge Piqueras la utilizaba como título para varias de sus obras. Le resultaba un verbo ideal para comprender su arte: enfocar un centro en las dos dimensiones de un plano, advertir la presencia de elementos que quieren intervenir dinámicamente y constreñirlos con la geometría. En palabras del crítico Jorge Villacorta, sus obras eran “combustiones, bifurcaciones y encrucijadas en el plano del lienzo”. En nuestra última entrevista con el artista, le pedimos que comentara la definición de Villacorta y, aunque satisfecho con los calificativos, prefirió matizar: “Sé que mi obra parece un estallido, pero no lo es. La verdad es que son mis tripas. Es una pulsión visceral”, señaló entonces.

Nacido en Lima en 1925, hijo del arquitecto y escultor español Manuel Piqueras Cotolí, el inquieto maestro se interesó por la escultura, la pintura y la fotografía. En 1949, viajó a Europa gracias a una beca del Instituto de Cultura Hispánica de Madrid y en 1951 realizó sus primeras exposiciones individuales en Roma, Florencia y París. Junto a Jorge Eduardo Eielson, Alberto Guzmán, Benjamín Moncloa, Emilio Rodríguez Larraín, Joaquín Roca Rey y Fernando de Szyszlo, Piqueras formó parte de una de las generaciones más notables de la plástica peruana. Sin embargo, fue con su colega y amigo Rodríguez Larraín con quien formó una dupla sumamente interesante, departiendo ambos con figuras como Marcel Duchamp y Salvador Dalí.

En los años setenta se hartó de su carrera de artista plástico. Se había aburrido de las galerías y de los marchantes explotadores, así que se dedicó a la fotografía, trabajando en las revistas europeas más importantes. Luego de una larga residencia en el Viejo Continente, Piqueras regresó al Perú en 1987 como invitado especial de la III Bienal de Trujillo, y fijó su residencia durante seis años en Lima. Resulta curioso que ofreciera su primera muestra individual en su ciudad natal a los 62 años. Volvió a Roma en 1993 para regresar al país cinco años después. En 2008 eligió París para radicar hasta sus últimos años, trabajando en su taller ubicado en el céntrico barrio de Beaubourg. Aquellos años, según palabras del propio artista, fueron de concentración, de silencio, de una vida casi monacal, “rociada con un poco de vino”, decía.

Una de las características más celebradas del maestro fue su decisión de jamás repetirse. Nunca repitió el mismo cuadro, nunca se quedó en la contemplación del anterior. Para él, esta no era una decisión voluntaria. Era su forma de producir, pensando siempre en el instante, advirtiendo la presencia de elementos que intervenían en el proceso de creación con diversa intención dinámica. En algunas de sus piezas aparecía, como marca atávica, el diseño orgánico de la caracola. Para Piqueras, era una forma de sintonizar con el arte rupestre y Matisse. “Pintar es una manera de vivir, de comportarse, más que fabricar un producto. Hoy, todo se parece a todo”, decía.