Por Carlos Batalla

Eran las tres de la tarde del miércoles 4 de abril de 1962, cuando un grupo de avezados delincuentes entraron sigilosamente en una joyería de la cuadra tres del jirón Camaná, en el centro de Lima, y sorprendieron a la propietaria, una mujer de origen alemán, nacionalizada peruana. Robaron joyas de su almacén por un valor de “un millón doscientos mil soles” de esos años. Las investigaciones policiales se volvieron complejas, pero finalmente se descubrió que los rateros integraban una banda de extranjeros que había planificado al milímetro el silencioso y espectacular asalto.

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